Se ha ido un hombre en verdad grande

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Por Víctor Flores Olea

Imaginemos por un instante a un joven de 20 años lanzado de pronto a la Plaza de la Revolución en La Habana, donde se reunían millón y medio o 2 millones de campesinos cubanos con armas o sin ellas, escuchando las palabras de un hombre que podía haber sido un dios griego o un gigante semidivino, que pronunciaba palabras acerca del futuro de su pueblo y sobre el futuro de todos los pueblos del mundo, a quienes tenía muy cerca. El joven mexicano, aún conmocionado por la lectura de los clásicos en la preparatoria, buscaba saber cuál Dios o semidiós tenía enfrente, pronunciando aquel extraordinario discurso. ¿Se trataba de Demóstenes o de Alcibíades, en que se juntaban la fuerza de una inteligencia excepcional con el poder de una naturaleza con decisiones y valentías que iría a comprobar en el futuro próximo?

¿El nombre de ese discurso? Esta es la democracia de la Revolución Cubana, pronunciado por Fidel Castro en los años de 1960 o 1961, cuya versión grabada conservé por largo tiempo en primer lugar como memoria de aquellos momentos prodigiosos, pero también por la sustancia que contenía, radicalmente opuesta a la noción de democracia que circulaba en libros y hombres de la política de aquel tiempo, sobre todo en Occidente. La novedad fundamental era que afloraba ya ahí, con toda su fuerza, un avance efectivo de la democracia directa, que había sido durante siglos el sueño de los teóricos de la política, desde luego desde Platón y Aristóteles, más allá de los matices que pudiera conferirle cada uno.

Se había iniciado poco tiempo antes la Revolución Cubana, causando admiración entre muchos en América Latina y en otras partes del mundo, y naturalmente, también, por su radicalismo objetivo y porque había convulsionado varios dogmas que parecían inamovibles. Por ejemplo, fue una revolución no construida exclusivamente por la clase obrera y por un partido comunista, sino más bien por un movimiento social más amplio de fuerzas políticas (el Movimiento 26 de Julio), en Cuba, aunque, es justo decirlo, muy pronto ese movimiento se convirtió en el Partido Comunista de Cuba, con gran influencia soviética por la razón principal del acercamiento cubano a la URSS, ya que en ese país encontraron los revolucionarios cubanos protección y ayuda frente a Estados Unidos, que esperaba la primera oportunidad para deshacer la joven revolución.

Es bien conocido, pero no puede dejar de mencionarse en ocasión de la muerte de Fidel, el enfrentamiento de los misiles en 1962, que llevó al mundo a casi el holocausto nuclear, que se evitó por la buena manopolítica de Nikita Jrushchov y de John Kennedy, aunque probablemente ese lance costó después la vida a Kennedy y su puesto de dirigente supremo del Partido Comunista de la URSS a Jrushchov.

Entre muchas otras virtudes que deben mencionarse de Fidel Castro estuvo sin duda su intervención en Namibia, para la liberación anticolonial de ese país y de Angola, y la participación del comandante y de las tropas cubanas en una derrota a las fuerzas militares de Sudáfrica, que abrieron las puertas al final del apartheid y las de la prisión a Nelson Mandela, después de 37 años de cárcel impuestos por ese régimen ­despiadado.

Naturalmente, entre otras virtudes indudables del régimen revolucionario, de las cuales fue motor personal Fidel Castro, estuvieron sus éxitos en la generalización del sistema educativo en todos los niveles, y de manera destacada en la medicina, instrumentos con los cuales ayudó muy eficazmente a gran número de países latinoamericanos y africanos. Estos éxitos educativos del régimen cubano de Fidel Castro han sido reconocidos mundialmente por los principales organismos internacionales del caso, la ONU y la Unesco, principalmente.

Seguramente no puede decirse lo mismo en el plano económico y mucho menos en materia de derechos humanos, en lo cual han insistido muy repetidamente también un sinfín de organismos internacionales. La discusión sobre Cuba es apasionada y apasionante y, por supuesto, los argumentos que se repiten en su favor, con una buena dosis de razón, se concentran en el bloqueo económico de Estados Unidos a la isla, todavía sin solución, y en la inagotable y salvaje presión militar y política de Estados Unidos sobre Cuba a lo largo de más de 50 años de Revolución. Fidel Castro fue la figura central en estos hechos y ahora que ha desaparecido físicamente deben recordarse, ojalá que cada vez con mayor profundidad.

Tampoco debe silenciarse que el futuro próximo para Cuba, ya como cabeza del gobierno estadunidense Donald Trump, y con las riendas del poder en la mano, no parece de ninguna manera fácil para los dirigentes cubanos. Nuevamente parece de gran urgencia resistir, revivir y actualizar los apoyos que ha tenido Cuba, y desde luego el rechazo militante y efectivo que se pueda lograr para detener y contrarrestar las acciones agresivas que, no es difícil pensarlo, se cocinan ya y se desarrollarán pronto por parte de los círculos próximos a Trump. Nuevamente se pondrá a prueba la resistencia cubana, que, como siempre, necesita apoyos internos y externos en momentos de gran peligro, como los que parecen acercarse. Desde luego, parecería que uno de los objetivos de Trump presidente es actuar para echar abajo las medidas de distensión que llevó a cabo Barack Obama durante los últimos meses. Fidel Castro no estará al frente de esas batallas, pero su ejemplo será invaluable para librarlas con éxito.

Se ha ido un hombre inolvidable, sobre todo en América Latina, de la estatura de los grandes héroes de nuestros países. Es por ello que quedará para siempre su recuerdo, su ejemplo y sus enseñanzas. Seamos dignos de todo ello.

Fuente: La Jornada

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