Los dos cuerpos del Rey Juan Carlos

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La teoría que gloso se basa en la idea de que los reyes tienen un doble cuerpo: uno natural, sujeto a la enfermedad, la edad y la muerte, y otro abstracto, político, inmortal, que se transmite por las leyes jurídicas de la sucesión.

Por Manuel Alcaraz Ramos

Desde que en 1957 E.H. Kantorowicz publicó su monumental obra “Los dos cuerpos del rey”, disponemos de un ineludible instrumento analítico para entender cómo se conformó, en la Edad Media, la mística de las monarquías, que, lejos de ser mero adorno, sirvió para asegurar su permanencia multisecular. Diríase que hoy, en todo caso, aquellas teorías son meras antiguallas que han cedido su poder a la racionalidad estricta de los textos constitucionales, que han reducido la Corona a una mera institución con funciones tasadas y subordinada a la razón de la soberanía popular.

No en vano el mismo Kantorowicz comienza la Introducción de su obra afirmando: “El misticismo, al ser trasplantado desde la cálida luz del mito y de la ficción a la fría e inquisitiva luz de los hechos y de la razón, pierde por lo general buena parte de su poder persuasivo (…). En particular, la mística política está más expuesta al peligro de perder su poder de encantamiento o vaciarse de sentido común cuando se le sustrae de su entorno natural, de su tiempo y de su espacio”. Pero si creyéramos que la mística regia se ha extinguido estaríamos equivocados: al menos existe para dar coherencia a las familias reinantes, y a esa luz podemos entender las extrañas formas de comportamiento y justificación de algunos monarcas contemporáneos, comenzando por el nuestro, que, por encima de cualquier otra consideración –pese a olvidos coyunturales-, ponen por delante la permanencia en el poder de la dinastía, aun con circunloquios incapaces de ser comprendidos por la mayoría de sus súbditos.

La teoría que gloso se basa en la idea de que los reyes tienen un doble cuerpo: uno natural, sujeto a la enfermedad, la edad y la muerte, y otro abstracto, político, inmortal, que se transmite por las leyes jurídicas de la sucesión. Desde esta visión adquiere plena comprensibilidad el grito de “¡el rey a muerto, viva el rey!”, porque el rey, tras su fallecimiento, está, a la vez, vivo y muerto. Que nadie se apresure a situar esto en el pasado: ¿no es acaso la estabilidad en la Jefatura del Estado, asegurada mediante esta ficción, el argumento favorito de los monárquicos más consecuentes?

Y en ese punto, a la vez, es donde se produce la principal contradicción entre democracia y monarquía, pues, como ha recordado Ramoneda siguiendo a Lefort, en la democracia el poder político “no se tiene, se ejerce”; por eso el poder es un “espacio vacío”, y el palacio un “lugar de paso”, mientras que en las monarquías el palacio nunca está vacío: a rey muerto, rey puesto. Todo esto ha podido ser arrinconado al olvido teórico mientras las cosas iban bien, pero no ahora, cuando la crisis coincide, no casualmente, con las dificultades de una Casa Real entendida, a la vez, como gran empresa de publicidad y clave de bóveda de un sistema político autoalimentado, inmutable y que contentaba las expectativas básicas de una gran mayoría.

En ese marco las redundantes enfermedades han convertido a Don Juan Carlos en ecce homo de la crisis. Pero es incapaz de levantar las oleadas de solidaridad que su salud despertaba antaño. Y con eso se muestran las incongruencias de su empeño en aferrarse al cargo, que sólo desgasta a la institución. No debe ignorar las voces que demandan que Don Felipe acceda a la Corona, siquiera sea provisionalmente a través de la regencia. Y debe recordar lo que a él mismo le sucedió en su llamamiento a la Jefatura estatal en 1974, con la primera enfermedad de Franco, y su casi inmediata desposesión que le sumió en el ridículo; y cómo no aceptó asumir de nuevo el poder hasta que médicos y ministros, en una siniestra escena, le aseguraron que “esa vez” Franco, agonizante, ya no volvería a poder desempeñar su caudillaje.

Tampoco debe ignorar que se dice y repite que, por encima de todo, Don Felipe ama a su padre y que le obedecerá siempre… exactamente lo mismo que se dijo de él respecto de Don Juan hasta que, contra la opinión expresa de éste, aceptó escamotear la línea dinástica para ser él, Don Juan Carlos, el rey. Detrás de todo ello está la mística regia: no se trata de actuar con una inmoralidad manifiesta desde los parámetros normales, sino de situar su moralidad al margen de la virtud común. Y lo ético, para él, no era amar y obedecer a su padre, sino asegurar que alguien de sus genes sería rey. Él, sin ir más lejos.

Empeñado, quizá, en ser un Juan Pablo II de la monarquía –aunque al Papa no se le conocen cacerías y otros asuntos del cuerpo muy físico- y dar ejemplo -¿a quién?- con su dolor, quizá piense, en esta retorcida mística medieval, que el cuerpo abstracto, imperecedero, de la monarquía, sale beneficiado al asumir en público el padecimiento que nadie le pide. Igual que nadie sensato puede quitarle algunos relevantes méritos a su reinado, nadie con algo de espíritu crítico puede ahora dejar de sentir un poco de vergüenza ajena ante tanto vaivén, ante tanto espectáculo mal dirigido como está ofreciendo la casa regia. Los ejemplos se acumulan: todo el mundo tiene derecho a ser operado sin aguantar el sufrimiento suplementario de las listas de espera, siempre y cuando, claro, se lo pueda pagar.

¿Pero esa persona, tiene luego crédito moral para visitar oficialmente centros públicos de salud o glosar las virtudes de la medicina comunitaria? Es sólo un ejemplo, repito, pero revelador de que cuando, llegada la crisis, avasallados los más débiles, quizá algunos esperaron consuelo de reyes y príncipes, lo que encuentran es una fe loca en la continuidad eterna de una monarquía postdemocrática que no se atiene a ninguna ética. Del huevo de la mística nacieron pesadillas de elefantes, osos, barcos, desamores y princesas y duques falsarios y malversadores. Un mal cuento: medieval, pero de miedo.

Que se mejore, majestad.

Fuente: Nueva Tribuna

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