Linchamiento y lazo social

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Por Marta Lamas

Cuando en una comunidad se lincha a dos seres humanos, cuando se les prende fuego sin siquiera dudar, ¿qué es lo que en realidad está ocurriendo? Hace más de 10 años, luego de un sangriento linchamiento en Tláhuac, Carlos Monsiváis escribió aquí en Proceso: “Los actos de barbarie extrema siempre dependen de la mezcla de la ferocidad tribal y la maldad inclemente de unos cuantos, que se convierten en voceros y líderes de la vocación de exterminio” (edición 1467 del 12 de diciembre de 2004). Esta “barbarie extrema” exhibe una desoladora visión de la condición humana expresada hace siglos por Sófocles: “Mucho es lo monstruoso, pero nada es más monstruoso que el ser humano”.

El reciente y pavoroso linchamiento en Puebla no ha sido materia de amplia reflexión y discusión pública. Como señaló en un lúcido artículo Jesús Silva-Herzog Márquez (Reforma, 26 de octubre), hay que hablar de la barbarie. Es imperativo promover una discusión pública acerca de lo que ocurrió y en seguida aventurar algunas propuestas sobre cómo fortalecer el marco de civilidad que contenga la aberrante crueldad humana.

Hace rato que sabemos que la psique está sometida a procesos de fragmentación y petrificación, y que la capacidad del ser humano de sentir (metafóricamente su corazón) se ha endurecido. Hoy en día las relaciones sociales sobreviven mediante una férrea indiferencia ante el dolor, las privaciones y los tratos brutales que sufre una parte sustantiva de la humanidad. La incapacidad para sentir el dolor de los demás indica que la dominación mercantil ha llegado a las profundidades de la persona. Y este aumento de indiferencia y crueldad, con sus profundas raíces socioeconómicas, erosiona la civilidad y viola la institucionalidad. ¿Qué hacer ante estas abominaciones? ¿Qué necesita el individuo para respetar la vida de los demás, con clara conciencia de que, ante un miedo o un conflicto, no puede “hacerse justicia por propia mano” sino recurrir a la ley?

¿Cuáles son las condiciones que alientan la violencia reactiva de un linchamiento? No se requieren sujetos que son malvados todo el tiempo, sino personas “comunes y corrientes” que dejan de sentir y que, en una acción grupal que incentiva el odio, cancelan su razonamiento y diluyen su responsabilidad. Los linchamientos tienen responsables, pero erradicarlos es algo que reclama políticas económicas, jurídicas y educativas amplias.

Ahora bien, ¿es utópica la expectativa de tener políticas públicas realmente preventivas? En un linchamiento se quiebran el lazo social y la ley, y lo trágico es que no hay forma de suturar esa herida. Erradicar la violencia, y la práctica de linchar, requieren intervenciones políticas y culturales, con marcos jurídicos eficaces, pasando por una redistribución de la riqueza que abata la relación entre injusticia social y violencia criminal.

Frente a los gravísimos problemas de hoy es necesario fortalecer el tejido social, producir una subjetividad capaz de renunciar a la violencia y optar por la pregunta, por el juicio, por la ley. Reparar el lazo social exige asumir verdaderamente el respeto hacia nuestros semejantes. La civilidad no se deriva directamente de la educación formal (¡hay inciviles con doctorado!) o del estatus social (y ricos y famosos), sino de una postura existencial de profundo respeto por los demás. La civilidad, como dijera Monsiváis, no es un sistema político, sino un orden ético.

Nuestra subjetividad está estructurada por la misma sociedad, y aceptarla como está es asumir el orden social injusto que la constituye. Acostumbrarnos a la crueldad ajena nos deshumaniza. Por eso los linchamientos cobran tal importancia, porque muestran hasta qué punto nuestra subjetividad se encuentra herida, alienada, desgarrada por la indiferencia. Aunque la barbarie responde a la descarnada monstruosidad de la condición humana, debe ser, además de repudiada, combatida y acotada.

El lazo social roto, el tejido social desgarrado y en el horizonte la falta de proyectos que den sentido a la acción colectiva (más allá de los consistentes en ir acomodando los intereses de las clientelas particulares) evidencian la ausencia de la gran tarea política de conseguir que en la práctica sean respetados los derechos humanos.

Hoy, ante la violencia cotidiana que nos azota, no debemos callar, ni pasar rápido la página, ante casos como los linchamientos. Sobre todo, no los debemos admitir como algo inevitable: “así es el México profundo”. Hay que hablar de la barbarie, debatir, discutir y reflexionar sobre cómo alentar un debate nacional acerca de los linchamientos que convoque a los habitantes de todos los municipios del país.

Fortalecer el tejido social requiere, además de la indignación moral, intervenciones pensadas y organizadas. Tal vez un aspecto clave del debate nacional sea que llegue a todos los rincones de México el mensaje de que –pase lo que pase– debe privar el respeto irrestricto a la vida de los seres humanos, junto con una indispensable búsqueda de interlocución y un eficaz cumplimiento de los procesos legales de acusación y condena.

Fuente: Proceso

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