En Chihuahua no hay favorito para ganar

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Por Luis Javier Valero Flores

Pocas veces el escribiente había constatado que un político mintiera tan abiertamente a la sociedad.  Es un descaro.

El sábado anterior, en el debate de los candidatos al gobierno de Chihuahua, el candidato independiente, Jose Luis “Chacho” Barraza, mostró un papel al tiempo que declaraba que ya había cumplido con la presentación 3 de 3, y que esa era su declaración patrimonial.

El papel mostrado por Barraza es una carta firmada por él en la que anuncia su decisión de hacer pública su declaración de bienes y propiedades, pero hasta que sea elegido gobernador de Chihuahua!

Cada asistente, escucha o televidente tiene su opinión sobre el debate y habrá llegado a la conclusión de quien, o quienes fueron, los ganadores del mismo.

Más allá de las filias y las fobias, la percepción generalizada fue que salió mejor librado el candidato del PAN, Javier Corral, quien logró ¡Por fin! hacer que el candidato del PRI, Enrique Serrano, saliera a defender la obra de gobierno de César Duarte, lo que fortaleció el eje estratégico de la campaña de Corral, empeñado en hacer que el electorado identifique al candidato del PRI como el de la continuidad.

Ese evento, y muchos otros a lo largo de la campaña, y de los efectos de ella en el electorado, así como las distintas mediciones –unas más creíbles que otras– las conversaciones con distintos actores políticos y con ciudadanos de todo tipo, nos llevan a la conclusión que no puede señalarse un ganador.

Poca gente, imparcial, neutral, podría aventurarse a hacerlo.

Sin duda que al descrédito al que cayeron las empresas encuestadoras después de las elecciones presidenciales del 2006 y 2012, y a los factores realmente existentes, (por ejemplo, la muy extendida convicción de un buen número de electores que algo o alguien los puede estar observando en la emisión de preferencias o del voto) arrostran el problema de que un número significativo de personas, o mienten, o enmascaran sus verdaderas simpatías, (que no desaparecen con el uso de urnas simuladas) lo que lleva a que en la mayor parte de los resultados de las encuestas se “castigue” más a las fuerzas y candidatos opositoras, que a los partidos gobernantes, dependiendo del ámbito de la elección.

El año pasado, Jaime Rodríguez, El Bronco, ganó las elecciones de Nuevo León con 48.82% de la votación; a su vez, Ivonne Álvarez, del PRI, obtuvo el 23.85% y Felipe Cantú, del PAN, el 22.32%.

El 7 de mayo de 2015, la encuesta de Reforma reportó que El Bronco encabezaba las preferencias electorales con un 29% y la candidata priista, Ivonne Alvarez, 27%; y ubicaba a Felipe Cantú, del PAN, en el tercer lugar con el 22%.

Luego, a cuatro días de la elección, El Bronco, en otra encuesta del mismo periódico, obtenía el 42% de la votación, por el 29 de la priista Álvarez y el 24 del panista Cantú.

Cosa peor ocurrió con las encuestas realizadas por el periódico El Universal.  Lo publicamos en la semana. A 6 días de las elecciones, reportó un empate técnico.

Hace seis años, a unos días de las elecciones, la empresa Confirme, contratada por El Diario, le achacó al candidato del PRI, César Duarte, el 41.8% de las preferencias y al candidato del PAN, Carlos Borruel, el 22.1%.

El resultado de las elecciones mostró que una parte importante del electorado esconde sus verdaderas intenciones de voto, cuando es encuestado, pues Duarte obtuvo el 55.49% de los votos, en tanto que Borruel consiguió el 39.13%.

Es decir, que, en tanto que para el candidato oficialista la diferencia fue de 12 puntos menos, para el de oposición fue de 17 puntos. Por tanto, la encuesta le restó 5% al de oposición, en relación a los resultados de la elección.

No es el único caso, ya en abril, ante los resultados de las encuestas realizadas por la misma Confirme, comparados con los resultados electorales, mostramos que ocurrió cosa semejante.

La encuesta de Reforma-El Diario, publicada el viernes, le atribuye a Serrano el 40% de las preferencias electorales; a Corral, el 33, y a Chacho Barraza el 17%.

Si le aplicamos –arbitrariamente– 12 más a Serrano, y 17 más a Corral, estaríamos frente a un empate “técnico”.

Todo el alegato anterior –ustedes disculpen la abundancia de números– sirvió para tratar de demostrar que, hasta en las encuestas que muestran como claro favorito a Enrique Serrano, se encuentran los datos que nos llevan a la conclusión primaria de este día, de encontrarnos ante una competencia extremadamente pareja.

Aún más, y es en donde, probablemente, se resuelva la elección, el crecimiento del denominado “voto útil”, puede determinar el ganador.

Si hacemos caso a los números de las encuestas de El Universal y Reforma-El Diario que le otorgan, respectivamente, 12.8% y 17% al independiente Chacho Barraza, es altamente probable que una parte de esos electores resuelvan no votar por éste y hacerlo por el candidato de oposición que aparezca con mayores probabilidades de vencer.

Bastaría que la tercera parte de ellos, en el caso de Reforma-El Diario, para que, con esos mismos números, la elección se empate 40-39% y que, si es cierto lo que aquí hemos comentado, el candidato del PAN, Corral, aventaje por uno o dos puntos al priista, Serrano.

Lo que explica, aún más, la insistencia del panismo en presionar, ya no a Barraza, sino a sus votantes, en pedirles que cambien su voto. No es una cosa absurda, el perfil de la mayoría absoluta de éstos lo justifica.  Son personas de las capas medias, medias altas y altas, que frecuentemente han votado por el PAN, que se pronuncian en contra de la corrupción y los partidos políticos y que razona más su voto.

Pero la operación electoral del PRI le reditúa, al mediodía del día de las elecciones, entre 2 y 3 puntos, pues echa a andar toda una vasta operación para detectar a los empleados de gobierno –de todos los niveles y de todos los ámbitos– que no hubiesen votado y a conminarlos a que no vayan solos, que lleven a amigos, vecinos y familiares que se encontraren en ese caso.

Y no todo es coser y cantar para el priismo. Un porcentaje importante de esos “activistas” electorales ahora no actuarán igual que en el pasado, existe, ahí también, una parte que se encuentra resentida con la actual administración estatal.

Los ecos de su resentimiento se escuchan hasta en los actos oficiales. En ellos, empleados, maestros y funcionarios cruzan comentarios desfavorables al actual grupo gobernante.

A tales factores debemos sumar uno en la capital del estado. En plena campaña electoral, los concesionarios y choferes del transporte urbano –quienes siempre fueron activistas del PRI– hicieron toda suerte de maniobras para disminuir el número de unidades en activo, lo que ha generado otra oleada de inconformidad entre los usuarios.

Basta con subirse a un camión de las rutas alimentadoras para encontrarse con la indignación, el enojo de un pueblo, harto de ese mal servicio.

Ante este panorama, se entiende de mejor manera la decisión presidencial de postular en Chihuahua a Lucy Chavira –del grupo de Marco Quezada y Reyes Baeza– y a Teto Murguía en Juárez.

En la capital, aparentemente, la priista lleva una ligera ventaja sobre la panista Maru Campos, a quien le pesó sobremanera el episodio de sus votos aprobatorios en el tema de la deuda, el Vive Bus y las fotomultas.

Además, luego de algunos días de un muy tenso impasse, roto a partir del primer acto público del candidato Serrano con la candidata a la alcaldía y todos los candidatos a las diputaciones –un desayuno– las campañas de todos se sincronizaron.

No ocurrió lo mismo en el caso de Juárez.

Armando Cabada logró sumar a su causa a no pocos operadores y militantes del PRI y convertirse en el receptor de la inconformidad de un buen número de priistas a los que no les gustó la tercera nominación de Murguía al mismo puesto y, porque, además, fue tomado por éste y su equipo como un mero requisito para buscar, nuevamente, la candidatura al gobierno de Chihuahua. Cosa que fue ratificada, para beneplácito de los fiscalizadores de la picaresca mexicana, por el mismo Teto con la frase de “chi…. a mi madre si no soy gobernador”.

Los resultados están a la vista, la encuesta publicada ayer por El Diario-Reforma reporta un empate entre Cabada y Teto en el 39% de las simpatías y de seguir el hilo de las deducciones anteriores, concluiríamos que en realidad Cabada lleva ventaja en la parte final de la campaña.

Pero nada está dicho, si la operación del PRI, en cualquier lugar del estado, le reporta grandes dividendos a partir de las 2 de la tarde del día de las elecciones, en Juárez puede reportarle aún más pues sus grandes reservas electorales se encuentran, por puritita casualidad, en los sectores más pobres y marginados de la ciudad.

Otra cosa serán los resultados de la elección de diputados en Juárez.

La caída de la campaña a la alcaldía y el surgimiento de la de Cabada, además del crecimiento de Morena y la distribución irregular de las candidaturas de la coalición del PRI, podrían llevarlos a obtener, por lo menos, 8 de los distritos.

Pueden asegurarle la mayoría en el Congreso, más allá de quien gane la gubernatura.

Varias monedas están en el aire.

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