¿Por qué no hay un “destapado” priísta?

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Por Fernando Dworak

El final de las elecciones intermedias dio el banderazo para la sucesión presidencial. Al día de hoy ya confirmaron sus ambiciones Andrés Manuel López Obrador, Miguel Ángel Mancera, Marcelo Ebrard y Margarita Zavala. Y al parecer tienen interés por lo menos Rafael Moreno Valle y Gustavo Madero.

Sin embargo hay demasiada especulación en la cancha priísta. Se dice que podría interesarse Manlio Fabio Beltrones, Miguel Osorio Chong, Luis Videgaray y Eruviel Ávila. Sin embargo ninguno deja ver su ambición. ¿A qué se debe?

En todos los países es normal que los políticos tengan ambiciones y lo muestren. De hecho se espera que trabajen constantemente para lograr lo que desean. Sin embargo se nos ha hecho creer que un hombre público debería mostrar un amor a la patria que mueva sus acciones, y tal vez que mire al cielo y se toque el corazón al declararlo. Tan cursi es nuestra mentalidad que llegamos a creer que tan sólo la alta investidura que tienen en ese momento basta y sobra. Ese tipo de ideas nos han malformado culturalmente y sólo llevan a que nuestros gobernantes simulen que les preocupamos.

A eso le sumamos una ley electoral que divide artificialmente los tiempos para “trabajar” de aquellos presuntamente destinados a competir. Semejante arsenal de ideas se gestó durante los años de hegemonía del PRI. En los años cuarenta del siglo pasado el sistema se hizo para que un grupo de personas rotasen de puestos bajo la tutela de una persona que coordinaba la maquinaria política: el presidente.

En ese entorno la sucesión era un proceso frágil, toda vez que las lealtades cambiaban súbitamente cuando se definía quién sería el titular de la coalición en el sexenio siguiente. A final de cuentas, en un país sin reelección inmediata, él repartía los cargos. De ahí la máxima de quien se mueve no sale en la foto.

Naturalmente este sistema cayó a pedazos con un poco de competencia, aunque los priístas todavía no lo saben después de décadas de aprender a ser leales a ultranza. Incluso Roberto Madrazo perdió la candidatura a la presidencia en 2000 cuando, al tratar de mostrar liderazgo autónomo, dijo que él no era el candidato de Zedillo. Su partido tomó esto como la señal de que Labastida era el ungido.

A partir de ahí el PRI ha pasado por procesos lentos para definir a sus candidatos. En 2006 se operó con tanta torpeza que dio lugar a una fractura y a que quedasen en tercer lugar. Y para 2012 se posicionó desde el inicio del sexenio de Felipe Calderón la precandidatura de Peña Nieto, la cual también paso por un largo proceso de consenso dentro del tricolor.

¿Pueden operar las viejas reglas? Desde luego que no. Es más: entre más tiempo dejen pasar menos posibilidades tendrán de posicionar una candidatura sólida. Sin embargo, dar juego a alguien puede hacer que pierda el presidente capacidades de maniobra para la segunda parte de su sexenio. Y el PRI es un partido mucho más descentralizado que antes para no generar divisiones.

En este aspecto el PRI está atrapado en sus atavismos.

Fuente: Sin Embargo

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