Mea culpa

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Por Jorge Zepeda Paterson

Los medios tendremos que asumir la irresponsable obsesión por el morbo y la trivialidad de Trump

En la resaca que nos ha dejado el triunfo de Trump, los medios de comunicación, periodistas y comentaristas tendríamos también que hacer un mea culpa.

Si bien es cierto que los grandes medios de comunicación en Estados Unidos se pronunciaron de una u otra manera en contra del extravagante empresario, el resultado no deja de ser irónico. El rechazo fue absoluto por parte de los estudios de Hollywood y sus artistas iconos, en el Valle del Silicón o en la prensa del Este en la costa opuesta del país, pasando por cadenas televisivas y líderes de opinión de toda índole. Lo cual deja una enorme interrogante en el aire: ¿tienen un peso mucho menor del que les habíamos atribuido en la definición de la opinión pública?

En realidad me parece que la respuesta está en otro lado. En efecto, muchos de los medios se pronunciaron en contra del candidato republicano, dieron cuenta de la falacia de sus argumentos y no escatimaron espacio para exhibir sus deslices y exabruptos. Y justamente creo que aquí reside la paradoja, porque al hacerlo terminamos ofreciendo, sin proponérnoslo, una desproporcionada exposición a Trump.

Trump gozó de un despliegue masivo en los medios de comunicación

Sin el apoyo del establishment, al menos no el mayoritario, y con presupuestos de campaña bastante inferiores a los recaudados por sus rivales, Trump gozó de un despliegue masivo en los medios de comunicación que fácilmente superó al de su competencia. Justamente gracias a sus bufonadas, a las acusaciones exageradas, a los epítetos en contra de las minorías.

Sus rivales por la candidatura republicana no tuvieron ninguna oportunidad. Jeff Bush, Marco Rubio o Ted Cruz bien podrían haberse desgañitado ofreciendo planes y proyectos para mejorar la vida de los electores. La prensa les concedió un espacio discreto comparado con el extravagante candidato. Cualquier cosa resultaba aburrida frente a las frases escandalizadoras, las bravuconerías y las incorrecciones políticas de Trump.

La prensa fue incapaz de resistir el morbo casi magnético que provocaba el show montado por Trump

Poco importaba que los editoriales del New York Times reprobaran los improperios o la ignorancia del candidato; o que los analistas más prestigiados de radio y televisión mostraran los desatinos del empresario inmobiliario. Lo cierto es que su figura y su retórica llenaron las páginas de los diarios y los espacios de la televisión obsesivamente a lo largo de muchos meses hasta convertirlo en una celebridad mediática.

Hace unos meses leí un reporte sobre las mujeres con mayores ingresos anuales en Estados Unidos. Aparecían cantantes, artistas de cine, atletas, empresarias… y Kim Kardashian. Su profesión: celebridad. En estricto sentido carecía de oficio, lo suyo simplemente era ser famosa y lo era gracias al seguimiento obsesivo de la prensa a todas sus actividades. ¿Y por qué la seguía la prensa? Porque es famosa (desde luego, a partir de su celebridad luego se ha montado una industria para rentabilizarla su fama en productos y apariciones públicas pagadas, pero la fuente inicial reside en su celebridad).

El argumento es tautológico, la serpiente que se muerde su propia cola: ¿por qué es famosa Kim Kardashian? Porque atrae la atención obsesiva de los medios de comunicación. ¿Y por qué esa obsesión? Porque es una celebridad.

De igual forma, la prensa fue incapaz de resistir el morbo casi magnético que provocaba el show montado por Trump. Kardashian no baila, canta, actúa o goza de algún talento atlético (y si bien podría decirse que sus atributos físicos posteriores son notorios, en la web pueden encontrarse centenares de imágenes de mujeres con proporciones similares o más sobresalientes). Trump no es un estratega, desconoce de geopolítica, ignora los rudimentos de la administración pública y carece de habilidades para cautivar y conservar aliados poderosos (algo fundamental en el oficio político). Pero es una celebridad mediática como nunca lo fueron sus adversarios. Los medios lo convertimos en una figura obsesivamente emblemática. Nunca por sus méritos políticos o profesionales, sino simplemente por su capacidad para atraer la atención del público.

Desde luego, hay un puñado de razones para intentar explicar a posteriori el triunfo inesperado de Trump. La incertidumbre de la mayoría blanca, el miedo a las minorías, la necesidad del cambio frente a los políticos profesionales, el simplismo y el revanchismo de sus propuestas, los imponderables inesperados (la acusación del FBI a Hillary Clinton, la invitación de Peña Nieto a Los Pinos) y un largo etcétera. Pero en esta lista, en algún lugar, los medios tendremos que asumir la irresponsable obsesión por el morbo, la trivialidad y las provocaciones que terminaron ofreciéndole la cobertura más intensa de la que haya podido gozar un candidato en campaña. Un mal signo de los tiempos.

@jorgezepedap

Fuente: El País

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