Leyes secundarias y regresión de México

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Por Víctor Flores Olea

Varios periódicos en su primera plana han informado de la integración de un Frente por la Comunicación Democrática (encabezado por Cuauhtémoc Cárdenas y el senador Javier Corral, del PAN, rara avis lúcida y sin duda demócrata de ese partido) que se opone firmemente al albazo planeado por el equipo de Peña Nieto para seguir manteniendo el doble monopolio televisivo de Televisa y Tv Azteca, y que es una de las credenciales más abrumadoras que hay en el país de la ausencia de democracia y de la ausencia de todo interés del gobierno federal por avanzar aunque sea por el camino de las comunicaciones hacia un régimen político y social de genuina democracia. Ya forman parte de tal frente diversas personalidades y voluntades relevantes en el país.

Por cantidad de razones me ha sido imposible asistir a las manifestaciones de distinta índole a que ha convocado ese frente, aun cuando con mi voluntad y convicciones he estado junto a esa ciudadanía y lo seguiré estando. La cuestión de fondo es que a un compromiso original de Peña Nieto de realizar lo conducente para desmantelar (o ir desmantelando) el duopolio televisivo de las comunicaciones en México, tan degradante y vergonzoso, que en un inicio parecía tener una base relativamente consistente, siguió muy pronto su verdadera intención, al proponerse unas leyes reglamentarias o secundarias que refuerzan el poder de los monopolios en este campo fundamental de la organización pública, de la educación y de la vigencia y realidad de la democracia. Y no sólo eso: con monopolios en la comunicación, en una sociedad subordinada a los poderes del dinero (a los llamados poderes fácticos) y con el poder de decidir los contenidos sin ningún género de restricción, la omnipotencia del dinero y de los monopolios se hace irresistible.

En más de un sentido aquí reside la verdadera reforma educativa de Enrique Peña Nieto.

Pero algunos han llegado a decir que, en el fondo, se descubre la verdadera vocación autoritaria de Peña Nieto, sobre todo si a esto agregamos las leyes reglamentarias de la reforma energética y de otras reformas estructurales básicas en marcha, que confirmarían una vuelta del PRI absolutamente regresiva. Tal sería el verdadero horizonte del país en este momento.

Denisse Dresser, la estudiosa y aguda comentarista de cuestiones políticas, expresó recientemente en una entrevista: Estamos ante la claudicación de Peña Nieto ante las televisoras y ante el espíritu que empujó estas reformas. Se da la espalda al Pacto por México. Se traicionan las expectativas de que con la reforma en telecomunicaciones se iba a reordenar y a regular el poder y la actividad de las televisoras en este país. Además, no podemos olvidar que el presidente Enrique Peña Nieto llegó a la Presidencia de la República gracias a su complicidad con la televisión, aseguró en la mesa política de MVS.

Respecto de las leyes secundarias en materia de comunicaciones, tanto Cuauhtémoc Cárdenas como Javier Corral sostuvieron el 26 de abril que “se va en contra de la reforma constitucional; de aprobarse las leyes secundarias tal como están, estaríamos quebrando el orden legal y estará violándose nuestra Constitución y estaremos regidos por leyes anticonstitucionales… Con estas leyes se busca defender a los monopolios y amordazar la libertad de expresión…”

En realidad, al gobierno de la República se le hizo bolas el engrudo en prácticamente todo el capítulo de las leyes secundarias, después del aparente consenso que parecía logrado en las reformas constitucionales. En mi opinión, además de los muy discutibles fundamentos del Pacto por México, la pronta aparición de otras intenciones (negativas y regresivas) en las leyes secundarias, promovidas por los bajos fondos del PRI, pero que por lo visto son plenamente aceptadas y toleradas, incluso avaladas, por Enrique Peña Nieto, está en el origen de este desastre legislativo que coloca al país al borde de un serio retroceso antidemocrático y al gobierno de Peña Nieto en una situación ya visible y compartida por la opinión, de retórica barata y negativa, y de la destrucción de las instituciones del país. Como decíamos en un artículo anterior: “para este Presidente, todo para los ricos y nada para los pobres…” Seguramente esta será la frase que caracterice históricamente a su régimen.

El escándalo también se ha hecho monumental por el anuncio de las leyes secundarias que completarían la reforma energética, y que en verdad rematarían una reforma energética antinacional y entreguista. En adelante, un manejo de los energéticos que hipotéticamente había sido en beneficio del país (y lo fue durante muchos años, a pesar de las innumerables latrocinios que se cometieron en ese terreno), que por desgracia estuvo lejos de ser el factor principal del crecimiento y del desarrollo nacional, sino casi siempre fuente casi ilimitada del enriquecimiento privado, incluso por supuesto de los llamados líderes del sindicato respectivo.

El problema es que Peña Nieto, en lugar de concluir la reforma nacional de Lázaro Cárdenas, con una limpieza contundente de la corrupción en este campo, decidió confiar más en las trasnacionales y poner en sus manos la riqueza de los hidrocarburos, que obviamente harán todo lo posible por saquear el país como lo han hecho en muchos otros. Para tener relevancia histórica positiva Enrique Peña Nieto ha optado por el peor de los caminos, aquel que necesariamente lo definirá en nuestra historia como el presidente de la entrega. Si a esto juntamos la negación a lo que se supone que era su idea original de combatir los monopolios en comunicaciones, nos encontramos con una Presidencia que pasará a la memoria profunda de los mexicanos como antinacional, entreguista y unilateralmente favorable al gran capital: tal es la definición que en este campo encontrarán a la larga nuestros hijos y nietos en los libros de historia de México, a propósito del régimen de Enrique Peña Nieto.

Probablemente en lo muy abstracto yescondido su intención fue otra, pero en el terreno real y práctico será tal como aquí lo decimos.

Fuente: La Jornada

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