El otro grito

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Por Epigmenio Ibarra

Un grito tumultuario y silencioso que nace de las entrañas de la sociedad. Un clamor de justicia plasmado en firmas que voluntarias y voluntarios recogieron en las ciudades, barrios y pueblos de nuestro país y que a veces en torrente y otras de gota en gota se fueron sumando.

Un “Ya basta” a la corrupción e impunidad que gritan más de dos millones de ciudadanas y ciudadanos conscientes y convencidos de que llevar a juicio a los expresidentes es, con el fin del fuero presidencial y la revocación de mandato, la única manera de darle sustancia real a la democracia y consolidarla.

Porque eso es lo que está en juego: la democracia por la que tanto se ha luchado, que tantas vidas ha costado.

La democracia, hasta ahora arrebatada por unos cuantos, pervertida por la impunidad de quienes usándola como coartada se instalaron en el pasado en el poder y en su nombre desataron la masacre y el saqueo.

La democracia contenida, reprimida por lo que fue una perversa institución, quizás la más sólida de entre las instituciones mexicanas, la que resistió décadas a distintos embates: la del poder transexenal de los expresidentes.

La de esos “intocables”, como los llama Omar García, sobreviviente de Ayotzinapa. Él y Ariadna Bahena, estudiante guerrerense desplazada por la violencia, hicieron la petición formal al Senado de la República, formularon la pregunta que se sometió a consideración de la ciudadanía y convocaron a la población a participar en la demanda de juicio a esos intocables.

Intocables con pretensiones de seguir mandando tras bambalinas, como Carlos Salinas de Gortari; de volver al poder con proyectos simulados de reelección y en el camino apostar a la desestabilización del gobierno democrático, como Felipe Calderón Hinojosa; de seguir haciendo negocios y colocando alfiles en los distintos órdenes de gobierno, como Enrique Peña Nieto.

Intocables con las manos manchadas de sangre y los bolsillos llenos de dinero del pueblo.

Intocables con importantes cuotas de influencia y que se creen capaces de imponer su poder de veto al gobierno de Andrés Manuel López Obrador y frustrar la aspiración colectiva de transformar al país.

Intocables que confían en los medios a los que dominaron aplicando una versión suave de la ley de plata o plomo, la de compra o coacción, rendición o censura.

Intocables que, con dinero del erario compraron a intelectuales, columnistas, presentadores de noticias de radio y TV (éstos que hoy sueñan que son la cabeza de una oposición descabezada cuando, en realidad, son solo peones al servicio del viejo régimen).

Intocables atrincherados tras las fortunas de quienes fueron sus contratistas de cabecera, sus “socios” en el “negocio” de gobernar este país.

Intocables que entre sí se cubrieron las espaldas y que acordaron mantener -con el PRI o con el PAN- el mismo modelo depredador.

Intocables… hasta ahora que se encuentran sitiados.

Hasta ahora que desde las calles, ciudadanas y ciudadanos alzan la voz y exigen que, como a cualquier ciudadano que comete un delito, se les juzgue también a ellos, a esos a los que desde el poder López Obrador ha puesto contra la pared.

Intocables hasta ahora, que parte de su pandilla está en manos de la justicia; hasta ahora que Genaro García Luna, Emilio Lozoya, Rosario Robles, Juan Collado, Tomás Zerón y los que se vayan sumando a la lista se enfrentan a la encrucijada: callan y pagan severas penas de prisión o entregan a sus cómplices y a sus jefes.

La consulta para llevar a juicio a los expresidentes va. Este otro grito que con millones de firmas reclama justicia, expresión inédita de la democracia participativa, la hará posible. Es una victoria ciudadana, son “los vientos del pueblo” de los que habla el poeta Miguel Hernández.

@epigmenioibarra

Fuente: Milenio

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