Crimea define el nuevo orden mundial

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Hace apenas unas semanas, Crimea era para la mayoría de la gente un remoto lugar, conocido por los historiadores como el escenario de una guerra de mediados del siglo XIX. Hasta que de pronto, en forma casi brutal, ese apéndice de Ucrania se trasformó en uno de los puntos geopolíticos más calientes del planeta, un conflicto entre Rusia y Occidente que parece haber salido directamente de un libro sobre la Guerra Fría.

En todo caso, cualquiera que sea la evolución de la grave crisis que vive el mundo desde que Rusia decidió invadir esa península de 27.000 km2 que se interna en el Mar Negro, lo que está en juego en este momento no es sólo la integridad territorial de Ucrania o el porvenir de una región del mundo: el actual conflicto está decidiendo el nuevo orden internacional.

Todavía no está muy claro si el presidente ruso, Vladimir Putin, ve a Crimea como un objetivo final o como el primer paso que podría terminar con la anexión del sur y el este de Ucrania. Tampoco se sabe muy bien qué harán Estados Unidos y la Unión Europea (UE) ante lo que, con toda evidencia, es un gesto de agresión que viola todas las reglas de la convivencia internacional.

Si Estados Unidos y la UE aceptan la ofensiva rusa, estarán debilitando las bases de ese orden internacional, nacido de las cenizas de la Segunda Guerra Mundial y santuarizado por la Carta de Naciones Unidas. En ese tácito equilibrio precario, los Estados poderosos no pueden establecer impunemente condiciones que convengan a sus propios intereses, mientras los más débiles están obligados a aceptar.

La Carta de la ONU establece que un Estado no puede invadir a otro sin haber sido agredido, sin tener mandato específico y un apoyo explícito de la comunidad internacional (como la responsabilidad de proteger poblaciones).

Pero eso es en el papel. En la realidad, todos saben que las cosas suelen ser diferentes y que suele imponerse la ley del más fuerte.

Aun así, tal vez se arriesgan demasiado quienes afirman que el mundo está a las puertas de entrar en una nueva Guerra Fría.

“La Guerra Fría reposaba sobre cuatro pilares: la existencia de dos superpotencias que dominaban el planeta, el reconocimiento mutuo del statu quo en Europa, una competencia ideológica entre dos modelos y una rivalidad a escala mundial”, enumera el francés Bruno Tertrais, director de la Fundación de Investigación Estratégica.

Ese tiempo, en efecto, pasó. El diferencial de poderío económico y militar entre Washington y Moscú es muy superior al de aquella época. Y la distribución del poder a escala planetaria, mucho más ambigua: “Nos hallamos -según se prefiera- en un mundo multipolar o bien apolar”, prosigue Tertrais.

Además, todos los grandes Estados -de Europa, por ejemplo- están insertos en una red de cooperaciones: Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE), Consejo de Europa, Consejo OTAN-Rusia, Asociación para la Paz. La democracia y la economía de mercado se han impuesto en todas partes, a escala planetaria.

El problema es que la crisis actual parece poner término a esa suerte de asociación y cooperación entre Occidente y Rusia que prevaleció durante un cuarto de siglo después de la Guerra Fría. En ese sentido, es verdad que la post-Guerra Fría bien podría ser considerada ahora un período de inter-Guerra Fría.

Durante esa época, se produjo una masiva reducción del poder y la influencia de Rusia en Europa y Eurasia, y la irrupción de gran cantidad de nuevos Estados, en su mayoría nacidos del estallido del imperio soviético. Estados Unidos se transformó en la potencia dominante y la UE en un imán económico para sus vecinos del Este. La Federación Rusa, núcleo del ex imperio soviético, quedó prácticamente fuera del sistema, sumergida en una relación cada vez más incómoda con Occidente.

Gracias a esa remake de “coexistencia pacífica”, durante ese período, y sobre todo desde el 11 de Septiembre de 2001, los occidentales -y en especial Estados Unidos- pudieron consagrarse a la guerra contra el terrorismo. Pero esa frágil situación acaba de desmoronarse, avasallada por las fuerzas rusas en Crimea. Si bien el peligro Al-Qaeda sigue existiendo e Irán no abandonó su voluntad de obtener armas nucleares, esas amenazas parecen menores comparadas con la desafiante actitud de Rusia en Ucrania.

Cambio de actitud

Lo más importante de la actual crisis es, justamente, que parece marcar el fin de la pasividad de la Rusia postsoviética.

“Que nadie se equivoque. La acción de Putin en Crimea y los poderes que recibió del Parlamento ruso, autorizándolo a utilizar la fuerza militar, acaban de reinstalar a Moscú como un actor proactivo en Europa por primera vez desde 1989”, analiza François Heisbourg, director del International Institute for Strategic Studies (IISS).

Desde que llegó al poder, hace 14 años, Putin ya invadió a dos de sus vecinos en un intento de detener el avance occidental sobre el territorio de la antigua URSS: Georgia en 2008 y ahora Ucrania, sin contar la feroz intervención en las dos guerras de Chechenia.

El problema es que, mientras mayor es su agresividad, más desespera a los pueblos de la región y, tal vez, a otras ex repúblicas soviéticas que intentarán, como Ucrania, estrechar lazos económicos y militares con Europa y Estados Unidos.

“Grandes sectores del ex imperio soviético constituyen hoy una zona gris donde la competencia entre Rusia y Occidente puede alimentar feudos diplomáticos, sanciones económicas e incluso guerras por procuración”, señala Ulrich Speck, profesor en el think tank Carnegie Europe.

Para definir lo que sucederá de aquí en adelante, los analistas utilizan el eufemístico término de “interesante”. Diplomáticos y expertos prefieren reconocer que será un período “cargado de amenazas”. Lo cierto es que nada será igual, porque después de este enfrentamiento, los vínculos entre Occidente y Rusia quedarán marcados durante años por una profunda desconfianza.

Ruptura

En ese contexto, es muy probable que las relaciones entre Washington y Moscú pierdan la escasa calidez que todavía conservaban. Si bien no habrá un retorno a las extremas tensiones de la Guerra Fría, los contactos entre ambas capitales podrían ser incluso más distantes. En consecuencia, acciones conjuntas -como en el caso de Irán, Afganistán o Siria- serán prácticamente imposibles.

Es fácil también imaginar una multiplicación de los bloqueos en el seno del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, mientras que el comercio y las inversiones entre bloques también disminuirán sensiblemente o atravesarán períodos de extrema tensión, como resultado de las sanciones decididas por Estados Unidos y la UE contra Rusia.

“Estados Unidos podría utilizar sanciones económicas contra Rusia en un intento, como hizo con Irán, de dividir las elites rusas y provocar el resentimiento del pueblo ruso contra su gobierno”, señala Speck.

Nadie espera una confrontación militar entre Washington y Moscú. La política de la disuasión nuclear, por su parte, debería persistir, así como la competencia en el terreno estratégico, que podría extenderse a otros sectores, desde el ciberespacio hasta los sistemas convencionales de intervención.

El mundo está, en resumen, en las puertas de una nueva era. Como sucedió con las dos guerras mundiales, la incapacidad para integrar a uno de los antagonistas en el nuevo orden internacional terminó por provocar un nuevo conflicto. Éste será, sin duda, menos violento que durante la Guerra Fría, entre 1947 y 1989; probablemente dure menos tiempo, y no sea recordado como la crisis que marcó la historia del siglo.

No obstante, será real. Mantener la paz en el mundo en este incierto período será para cada uno de esos actores un desafío mucho más difícil de que lo que todos pensaban hace apenas dos semanas.

Fuente: La Nación

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