Aire fúnebre y segunda democracia mexicana

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Por Gibrán Ramírez Reyes

Aquí más que demolición hay un vívido debate en las instituciones, que están para procesar los diferendos y que no se había visto en mucho tiempo

Por lo menos en la discusión publicada, la algidez del diferendo tiene algo de generacional. La gran mayoría de los comentaristas se asume como defensores y constructores de la democracia que tenemos –una democracia de elites, diría Bachrach, o un pluralismo autoritario, como a mí me gusta llamarle. Se asumen, casi todos, padres de los avances en materia de transparencia, creación de órganos autónomos –del INE, Inai, INEE–, de las reglas que nos hemos dado –reglas es la palabra clave. Creo que es correcto, es un legado de muchas generaciones que no por ello debe dejar de cuestionarse. Ahora que se cuestiona, muchos se llaman a alarma, sorpresa, indignación.

Dista mucho de ser un fenómeno mexicano. Es, más bien, una pesadez internacional que viene en buena medida de la ciencia política dominante, que en muchos sentidos se constituyó como la ciencia de la democracia a la estadunidense. El How Democracies Die, de Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, es quizás el lamento más nítido de ese tipo. No critico el libro, porque amerita tiento y matiz. Sólo destaco que ha sido un verdadero boom entre los transitólogos y politólogos mexicanos, sobre todo los que tienen ganas de leer Andrés Manuel López Obrador donde los autores dicen Donald Trump. El libro comienza con los autores diciendo que jamás pensaron preguntarse si la democracia estadunidense estaría en peligro, con un aire de derrota que no ocultan ante la victoria de Trump. Termina lamentando que Estados Unidos no sea ya un modelo de democracia, como imaginan que era, como se construyó teóricamente. Llama la atención, del tono del libro, que se queja de los males que la afectividad ha traído a las democracias.

Menor fortuna entre los opinadores han tenido otros libros, también interesantes, que comparten ese aura fúnebre de los politólogos. Me viene a la mente el Vida y muerte de la democracia de John Keane, un libro mucho más complejo y más sosegado, pero con iguales alusiones a la muerte de la democracia, que cifra en componentes como la política de las celebridades, el debilitamiento de los partidos, de los parlamentos, la complicación de los meandros institucionales y otros, como el nacionalismo, relacionados también con los afectos y –en el fondo– con el componente plebeyo, popular, que la democracia de élites siempre quiere mantener a raya.

En su conjunto, estos lamentos son un réquiem generacional por el ocaso de algunas certezas abrazadas antes con verdadera fe; por ejemplo, la de que el diseño institucional abstracto moldearía a sus modos a la política, que las reglas sólo tenían que “implementarse” en lugar de construir grandes voluntades colectivas, que éstas se construyen sólo mediante el voto cada cierto tiempo, que la democracia es un sistema electoral y no implica la igualdad y el bienestar social –que ya llegaría–, y que la respuesta a los problemas sociales es el triángulo virtuoso que hay entre democracia electoral con transparencia, libre mercado y Estado de derecho.

La verdad es que quien lo ha hecho con mayor lucidez y sinceridad es Héctor Aguilar Camín en su Nocturno de la democracia mexicana. “México está lejos de ser el país próspero, equitativo y democrático que soñó mi generación. Hemos corrompido la democracia, multiplicado la inseguridad, precarizado los salarios, profundizado las desigualdades”. “El país que mi generación heredará es inferior al que soñó y al que hubiera podido construir equivocándose menos”.

Esas certezas han caducado en buena parte del mundo –para empezar, en el paradigmático Estados Unidos–, y en México a su manera. Entiendo bien que los que fueron activistas y promotores de un proyecto se sientan decepcionados. Pero no creo, tampoco, que el aire fúnebre, aunque esté en ese espíritu generacional, se justifique del todo. Quizá después del lamento venga un renacimiento de su curiosidad, les llegue la fascinación por el movimiento de su materia de estudio, su reconfiguración, intenten explicaciones nuevas para los fenómenos, naveguen sobre ellos para acercarlos a sus convicciones democráticas. Después de todo, aquí más que demolición hay un vívido debate en las instituciones, que están para procesar los diferendos y que no se había visto en mucho tiempo. Es, como dijo el mismo Aguilar, una segunda democracia mexicana, que está por definir sus contornos, pero que acaso sea también una nueva oportunidad para recomponer el camino, reconstruir la seguridad, el poder del salario, cerrar un poco algunas brechas.

Fuente: SurAcapulco

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