La visita secreta de Picasso a Juárez

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(De cómo, y con quién, Pablo Picasso visitó Ciudad Juárez en 1954)

Por Miguel Ángel Chávez Díaz De León/ Crónicas descarriadas

Picasso fue conocido por su genialidad y sus mujeres. Su relación con ellas era la de un minotauro que las devoraba.

Fracosie Gilot, amante de Picasso una década completa, de 1943 a 1953, dijo en una entrevista: “Soy la única mujer que dejó a Picasso, la única que no se sacrificó al monstruo sagrado. Soy la única que aún está viva para contarlo. Después de todo, mire lo que les ocurrió a las otras. Tanto Marie-Thérèse como Jacqueline se suicidaron (la primera se ahorcó; la segunda se pegó un tiro), Olga se volvió histérica y casi loca. Dora Maar enloqueció”.

Las amaba, las pintaba, las consumía. Eran sus objetos del deseo. Eran una pieza más de cerámica.

A finales del 53, Gilot abandonó al minotauro desatando su ira. El pintor Malagueño se refugió en la campiña francesa, luego en su estudio de París en la 7 Rue des Grands Augustins.

En enero de 1954, una acaudalada mujer mexicana, que vivía en un pomposo departamento en Montmartre. Barrio de pintores, narradores y bohemios poetas. Era la zona de los cabarés y los espectáculos. Los parisinos de alta alcurnia de principios del siglo XX lo calificaban como el ‘barrio de la depravación’. Estudiaba Historia del Arte en la Sorbona. Y visitó la casa-estudio de Picasso con la intención de adquirir una de sus piezas de cerámica. La quería, para enviársela a su madre, hasta Ciudad Juárez, por su cumpleaños.

Delfina Zaragoza se llamaba. Tenía 25 años cuando conoció a Pablo. Su familia cien por ciento juarense había hecho su fortuna invirtiendo en el petróleo y sus derivados en Texas y especulando con la compra y venta de grandes extensiones de tierra, la mayoría, eran campos agrícolas ubicados al oriente de la ciudad y los linderos del poblado de Senecú.

A Delfina, desde adolescente, le gustó viajar por el mundo. Renegaba de la riqueza de su familia y la vida provinciana y lacia de Ciudad Juárez. Era una especie de hija descarriada, franca y muy atractiva.

Cuando ella visitó por primera vez el estudio de Picasso quedó deslumbrada con las creaciones y las poderosas ansias del artista, que se reflejaban en su gran producción. También él se deslumbró por las caderas sensuales de aquella mexicana.

Pablo y Delfina primero se hicieron muy amigos. Ella todas las tardes pasaba por la calle 7 de los Grandes Agustinos a charlar con el minotauro, que había encontrado confort en ella. Se complementaban.

En abril de ese año el genio y la mexicana se hicieron amantes. Pablo seguía refugiado, pero pintando y deleitándose con aquella sirena del norte de México. Su relación amorosa se guardó en secreto. Solo André Breton, el surrealista, supo de ese amor oculto.

En esa época Breton y Picasso, hermanados por las ideas del comunismo, pasaban las tardes platicando sobre México y su magia. Las preguntas, sobre la cultura y las costumbres mexicanas, que Pablo le hacía al poeta, se respondieron con botellas de vino y largas charlas aderezadas con la belleza de Delfina.

Breton en 1938 había estado en México y había realizado un viaje en ferrocarril de la Ciudad de México hasta Ciudad Juárez atraído por el territorio del norte, sus desiertos y soledades. Y Picasso lo cuestionaba sobre las tradiciones del país y sobre todo por el comportamiento de las mujeres mexicanas.

Breton una tarde le dijo: ‘’Cuando hice ese viaje en tren, México era otro. Ciudad Juárez era un poblado pequeño. Hoy debe ser diferente. Deberías de ir. Sal de París. Vete a descansar. A olvidar a Francoise y dile a Delfina que te guié’’.

La idea de viajar a Ciudad Juárez le hizo mucho ruido a Picasso que aún estaba dañado por el abandono de la que fue su amante de 1945 a 1953. Delfina lo sabía y no le importaba. Le fascinaba estar cerca del corazón y la ira del pintor. Delfina también lo usaba, no lo amaba. El imán de Picasso, para ella, era una aventura más.

Lo cierto es que Pablo Picasso necesitaba descansar. Estaba aturdido, alterado, no había parado de crear desde 1909. Su cabeza era un nido de serpientes que tenía que drenar.

En octubre de 1954 Picasso y Zaragoza llegaron a Ciudad Juárez, en absoluto secreto. Después de un viaje tortuoso en aviones y escalas.

Solo la familia de ella lo supo. Para el mundo del arte, Picasso seguía lamiéndose las heridas en París enclaustrado en su estudio y pintando como obseso.

De la pista del pequeño aeropuerto de Juárez se trasladaron a una finca a las afueras de la ciudad, a espaldas de la Misión de Senecú. Era la casa de campo de la familia Zaragoza, que ya habían comprado las extensas tierras de labranza tupidas de algodonales de los alrededores.

Un refugio ideal para Pablo Picasso que huía de la agitación de París y la vieja Europa. La estancia de Picasso en Senecú y en Juárez se mantuvo en secreto… hasta hoy.

Picasso solo una vez se paseó por las calles de Ciudad Juárez. Asistió a una función del Barnum & Bailey Circus que se había instalado en unos terrenos, cercas a la estación de ferrocarril.

Nadie se dio cuenta que entre el público asistente estaba el creador del cubismo.

Al terminar la función. Le pidió a Delfina que le mostrara un poco la ciudad. En menos de 30 minutos la recorrieron en un Ford azul cielo modelo 1950, automóvil que aún se conserva impecable a la entrada de la residencia de la familia Zaragoza. Y Picasso quedó muy desilusionado. La ciudad le pareció insípida y gris. Le dijo a Delfina: ‘’¡Esto es tu Ciudad Juárez! Ya comprendo porque huiste de esta tierra y te fuiste a refugiar a Europa. Cualquier pueblo de España la rebasa’’.

‘’¿Ahora entiendes porque me alejo de mi familia?’’ y Delfina agarro camino a Senecú en el Ford azul.

Todo octubre y noviembre de 1953 estuvo Picasso en Senecú y sus alrededores. Le gustaba salir muy temprano y recorrer los sembradíos y las riveras del rio. No volvió jamás el pueblo grande.

Delfina, Pablo y un séquito de trabajadores de la finca acamparon varias veces en el Valle de Juárez y pasaron dos días en las Dunas de Samalayuca. Con esos arenales del desierto chihuahuense Picasso fue conquistado. Fue entonces que entendió por qué a muchos les hechizaba Ciudad Juárez. ‘’El desierto es su muralla natural’’, dijo Picasso.

El 3 de diciembre salieron huyendo del frio atroz en un avión. Para el 6 de diciembre de 1953 ya estaban, Delfina y Pablo, en su París eterno.

Picasso perdió interés en el sexo de Delfina y muy pronto ya estaba alternando con el círculo habitual de artistas, escritores y mujeres que se peleaban por sus atenciones.

Ella siguió repartiendo su amor por toda Europa. Hasta que murió ahogada en un accidente: cayó con todo y automóvil a las aguas del río Moldaba en Praga.

A sus 30 años Delfina Zaragoza llegó en un ataúd suntuoso de nuevo a Ciudad Juárez. Fue sepultada en una cripta adentro del Templo de Senecú. Nadie lo sabe, solo una pieza de cerámica, elaborada y firmada por Pablo Picasso, ubicada en el altar, es testigo de su visita y de los encuentros amorosos que Pablo y Delfina tuvieron en la finca de San Antonio de Senecú.

Nota: Foto tomada del folleto “Picasso amaba a las mujeres”

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