Cuando un 1-0 vale más que un 6-0

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Por Pineda Jaimes

El futbol es lo más parecido a la vida.

Se sufre intensamente y de vez en cuando se tienen grandes satisfacciones y cuando suceden, ¡qué caray, hay que disfrutarlas al máximo!

Después de ver jugar así a México como lo hizo ayer, uno termina preguntándose: ¿por qué carajos no juegan siempre así? Los más puristas dirán que en el futbol no siempre se puede jugar con la misma intensidad, pero bueno, de que se puede, se puede. Si no, pregúntenle a Maradona quien se chuta tremendo Cohiba en pleno estadio, valiéndole un sorbete una pantalla del tamaño de un estadio que le indica que está prohíbo fumar.

La selección ha dado una de las más grandes alegrías que el pueblo mexicano anhelaba desde hace ya mucho, mucho tiempo. En un país donde el sufrimiento es parte de nuestra idiosincrasia, ver que 11 guerreros salen a partirse el alma contra uno de los más poderosos equipo en la historia de los mundiales de futbol, debe ser motivo de una infinita alegría. Sin duda.

A lo largo de mi vida, al igual que muchos compatriotas, he llorado humillantes derrotas. Me emocionado con brillantes actuaciones de nuestros guerreros aztecas que terminan en contundentes descalabros. He sido parte de la legión más numerosa de nuestro país, mejor conocida como la #YaMerito. He pasado del contagioso ¡sí se puede…sí se puede!, al ¡ni modo, no se pudo! He escuchado a nuestros ínclitos narradores hacer piruetas para explicar a un desilusionado pueblo mexicano que jugamos como ¡nunca!, pero ¡perdimos como siempre!

Y como a todos, a todas me dolió hasta el alma el ya mítico: ¡#NoEraPenal! de hace cuatro años.

Mi paso por los Mundiales de Futbol es bastante tormentoso. El primero que recuerdo bien fue un golpe durísimo para mi inocencia futbolística. Argentina 78. Ya antes había tenido un acercamiento con el de 74, justamente en Alemania al que por cierto no fuimos, pues nos eliminaron en el hexagonal de Haití, sí, señor, aunque usted no lo crea. Y digo acercamiento, pues recuerdo vagamente haber visto algunos juegos que “narraba” magistralmente –para mí, claro- mi hermano Ricardo, quien era algo así para nosotros como nuestro Martinoli familiar, pues le daba por narrar las “cascaritas” que nos recetábamos al término de cada juego.

En el 78 yo no sabía nada de lo que hacían los militares en esos momentos en Argentina. Lo sabría años más tarde. Yo solo sabía que mis ilusiones estaban con ese equipo que dirigía José Antonio Roca y del que me llamaba mucho la atención lo que para mí, era un bello uniforme tricolor. Todo blanco con los colores nacionales en tres franjas verticales a la mitad, en pleno pecho. Ver el pelo afro de Leo Cuéllar y saber que estaría Hugo Sánchez al que le seguía los pasos desde su paso por el torneo de Esperanzas de Toulon, me ilusionaba. Ya desde esos años nuestra ínclita prensa dominaba muy bien el arte de hacernos soñar y ocultarnos la verdad. Las cuentas no podían fallar, nos decían: “Le ganamos a Túnez, sacamos un empate con Polonia y ya con que Alemania no nos gane por goleada, estamos del otro lado”. Ese era el plan. La realidad fue otra. Nos medio-golearon los africanos 3-1 y ahí todo se fue al carajo. Luego nos pasó por encima la aplanadora alemana quien nos recetó un inmisericorde 6-0 que lloré como un río y ya de plano a la José Alfredo, Polonia nos empacó otros 3 contra 1 de nosotros y de regreso a casa en un dos por tres. Y así comenzó mi idilio con el TRI. Con un 6-0 a favor de Alemania. Luego sabría que ese era algo así como nuestro karma. Sufrir y sufrir con el TRI. Igualito que con el país. Como diría Colosio, soy producto de la cultura del esfuerzo y pertenezco a la generación de las crisis económicas de nuestro país. Nunca he visto la bonanza económica que vieron mis padres con el llamado “Milagro Mexicano”. Así que el que México perdiera en un Mundial contra Alemania es algo que ya estaba en mi ADN deportivo, pues por más bien que jugáramos, siempre en algún momento de ese tránsito mundialista, invariablemente nos tenemos que enfrentar a los alemanes y hasta ahí llega la cosa. Nos pasó en 1986 en Monterrey y le podemos seguir si ustedes quieren.

Por eso es que he disfrutado como loco este triunfo. Tenía esperanza, tenía ilusión, pero en el fondo sabía que solo eran buenos deseos. Y el milagro no ocurriría. En ese sentido, diría mi madre, soy un hombre de poca fe. Pero cuando vi que nuestro Huitzilopochtli colombiano, Juan Carlos Osorio no metió a los Dos Santos, supe que ese par de loquillos darían el mejor partido de su vida. Al menos seríamos 11 contra 11, me dije. Al ver a Vela jugar así en la cancha, no me cupo la menor duda que le había apagado la tele en la noche y no pudo ver ningún juego de la NBA y para fortuna de nosotros, a los alemanes nunca se les ocurrió encarar a Memo Ochoa, quien una vez más demostró que como los toros, se crece al castigo.

Ahí está, una selección que ¡jugó como nunca y ganó como nunca! ¿Se romperá el embrujo?

Y si por lo de 1994 don Miguel Mejía Barón tendrá que cargar toda su vida con el estigma de los cambios que se quedaron guardados en la banca y que nos costó quedar eliminados, hoy a nuestro técnico nacional, se le ha bautizado ya como Juan “Cambios” Osorio, justamente para dar cuenta que en el futbol cuentan y cuentan mucho y más cuando se hacen en el momento y tiempo oportuno. Ni antes, ni después.

Y es que el futbol, como la vida, también da revanchas.

Hace cuatro años, toda una nación lloraba por un penal. Hoy, cuatro años después, los holandeses ven el Mundial por la tele, mientras que 11 pelados mexicanos nos una de las más grandes alegrías deportivas, que en mi caso, recordaré por el resto de mi vida. 40 años después, la deuda está saldada: Hay 1-0 que valen más que un 6-0.

Gracias muchachos por hacer soñar a un pueblo.

Porque ellos creyeron, como bien lo decía el legendario Dr. Rivas, aquel célebre sicólogo que fue toda una institución en Pumas: “Creer es convertir en posible, hasta lo imposible”, como nos recuerda hoy su hija, la Mtra. Claudia Rivas en su cuenta de Twitter @psicotips. Así sea.

¡Que los espíritus del maese Zague y Huitzilopochtli nos sigan iluminando!

Sigamos soñando, pues.

Así en gerundio.

Buen día y buena suerte.

 

 

 

 

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