Peña y Trump, el repudio impostado

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Por Alejandro Saldívar

“¿Dónde venden los boletos para la marcha VIP?”, pregunta por el altavoz un hombre. Afuera del Auditorio Nacional 80 policías impiden el paso de un autobús con bocinas. Su frente chorrea gotas de sudor. “Tenemos que dar la lucha contra la plutocracia. ¡Fuera Peña!” grita. Sus compañeros entonan mexicanos al grito de guerra para avanzar, pero las botas de los granaderos son inamovibles.

La marcha de blanco avanza sobre Reforma. La música del organillero se mezcla con el silencio de los manifestantes. “Esta es una marcha a favor de México y de las instituciones”, dice un hombre con un sombrero para evitar la insolación. Detrás de él marcha su esposa y sus hijos con un blanco aséptico. Aquello es un paseo dominical, una impostación de la disidencia.

“Esta no es la misma gente que siempre protesta”, cuenta Óscar Domínguez, un vendedor de banderas negras. Está en la retaguardia de la marcha y sólo ha vendido poco más de cien banderines. “México siempre va a ser el títere de Estados Unidos y Trump nada más anda meneando a Peña”, dice el hombre de 46 años que regularmente vende 500 banderas en una marcha.

En un carrito de Walmart, una figura de Trump avanza entre la gente. “Abran paso al fascista, abran paso al racista, abran paso al ignorante, abran paso al misógino”, gritan los jóvenes del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE) mientras empujan el carrito de supermercado decorado con un muro de unicel.

Su forma ideológica es la del multiculturalismo, “migrante aguanta, el pueblo se levanta”, pregonan como una forma inconfesada del racismo para mantener los privilegios de la tecnocracia ilustrada. “No a las marchas ambiguas, definamos objetivos”, les grita en su cara un solitario manifestante.

Estudiantes del CIDE protestan en avenida Reforma. Foto: Eduardo Miranda

Estudiantes del CIDE protestan en avenida Reforma. Foto: Eduardo Miranda

Los de blanco tiene un complejo dilema moral: no hay que ser solidario con los desposeídos, sólo hay que tolerar la forma en cómo los campesinos chupan una naranja frente a ellos. En la Estela de Luz, un grupo de jóvenes en patines esquivan conitos anaranjados. Ellos sólo quieren sentir el vértigo del viento.

Alrededor del Ángel, Fidel Delgado, de 57 años, flota con globos una manta con la leyenda “Fuera Peña”. “Estamos aquí para abrir conciencia de que el enemigo está adentro, Peña aniquiló nuestras esperanzas”, cuenta mientras recibe reclamos de las mujeres de blanco: “Te equivocaste de marcha”.

La glorieta del Ángel es una kermés. Evencio Montiel, un vendedor de tacos de suadero, analiza a los impolutos manifestantes. “Esta gente es de otra clase, no come tacos de tripa”, asegura. Frente a su puesto ambulante, una mujer de cabello rubio se tapa la nariz con una bandera mientras un niño los anima a gritar Mé-xi-co.

Para los manifestantes en el Ángel, marchar es un doloroso sacrificio por el bien de la nación. Las mujeres con copetes estilizados no tienen reivindaciones específicas (no protestan contra el capitalismo, ni exigen la libertad de los presos políticos), sólo saben gritar México y vibrar con el olor de los tacos de longaniza.

Fuente: Proceso

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