La bicicleta de Peña Nieto

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Por Jorge Zepeda Paterson

Para poner a prueba la lealtad de un militante comunista le preguntaron: ¿Si usted tuviera una residencia en la playa, la cedería a la revolución para que la disfrutara el pueblo? Desde luego, respondió él. ¿Y si tuviera una camioneta, la entregaría? Sin pensarlo dos veces, afirmó el buen militante. ¿Y un barco? Si yo tuviera un barco entregaría las llaves ahora mismo. ¿Y si tuviera una bicicleta? Ah no, una bicicleta no, porque eso sí tengo. Hace unos días cuando escuché el relato, yo pensé en Pemex y su corrupción.

Todos queremos que se acabe el desaseo en las empresas públicas o las licitaciones amañadas, pero agradecemos el boleto en la reventa para asistir a un espectáculo, compramos alguna película pirata o acudimos a un compadre bien colocado para ahorrarnos un trámite enojoso (aunque eso implique adelantarnos a los que hacen fila en la cola por no tener a un amigo influyente). En otras palabras, como el militante comunista estamos de acuerdo en que la corrupción es inadmisible y debe desaparecer, excepto cuando se trata de “nuestra” corrupción, esa que nos beneficia en una determinada coyuntura.

El tema es pertinente porque el éxito o el fracaso de la reforma energética de Enrique Peña Nieto está vinculado en buena medida a la capacidad que tenga su administración para hacer de Pemex una empresa sana y competitiva. Y eso implica sacarla de la corrupción en la que ha estado sumida durante décadas. Lo que ha sucedido en la paraestatal es no sólo una sangría económica permanente de carácter ilegal, sino también la corrupción política de un sindicato leal al PRI pero profundamente tóxico para los procesos industriales y administrativos de la empresa.

Y no es poco lo que los que los priistas se están jugando en esta apuesta. La energética es la única de las reformas que realmente puede impulsar de manera significativa la economía mexicana. Si el país no crece a tasas por encima del 4% anual (Peña Nieto ha prometido más del 5%) el PRI pone en riesgo su aspiración de reelegirse en 2018.

Desde luego que se puede organizar la intervención extranjera para explotar el gas y el petróleo sin limpiar las entrañas de Pemex, pero eso limitaría enormemente la derrama y los efectos multiplicadores de las inversiones que se esperan. La producción de plátano en las repúblicas bananeras o la operación del Canal de Panamá fue muy eficiente durante décadas, pero con escaso impacto en el bienestar de la población local.

La pregunta entonces es si el Gobierno de Peña Nieto puede hacer de Pemex una isla eficaz, competitiva y sana en un archipiélago caracterizado por la corrupción y la ausencia del estado de derecho. El reto entraña dos problemas. Primero, saber si la élite política y empresarial está realmente dispuesta a hacerlo. No son pocos los frenos y obstáculos que surgen del propio grupo político que impulsa esta apertura. Una y otra vez se ha señalado la profunda simbiosis que existe entre el corporativismo y el PRI. Incluso el grupo político mexiquense al que pertenece el presidente debe su existencia y su reproducción a estructuras clientelares y aprovechamientos patrimoniales fincados en el pasado.

Segundo, asumiendo (sin conceder) que la administración de Peña Nieto esté dispuesta a llevar hasta sus últimas consecuencias el saneamiento de la paraestatal, pese a los costos políticos, habría que ver si tal proeza es posible. Lo cual nos regresa al tema de la bicicleta que no queremos entregar.

¿Es la corrupción un asunto endémico, incrustado en la cultura popular y un ingrediente inextirpable del ADN del mexicano? Yo personalmente no lo creo. O por lo menos, no del todo. Las personas delinquen donde se puede y lo evitan donde no se puede. El Canal de Panamá constituye un ejemplo palpable: las autoridades locales recibieron una administración eficaz y muy auditada de parte de los estadounidenses y han logrado mantenerla como tal. El paso de los buques arroja un ingreso promedio de seis millones de dólares diarios y las tarifas varían enormemente en función del tamaño del barco y la prisa que tengan por pasar. Es decir, un incentivo perfecto para generar un mercado negro de turnos y de tráfico de influencias. Y sin embargo la operación del Canal es limpia. Mientras tanto, el resto de la vida pública, las actividades empresariales y el ejercicio del presupuesto operan con enormes dosis de corrupción. En otras palabras el fenómeno de la corrupción está incrustado en la vida panameña tanto o más que en la mexicana, excepto en los temas vinculados al Canal.

¿Sería posible hacer de Pemex nuestra zona limpia? ¿O habrá que esperar a introducir el Estado de derecho y erradicar la impunidad en la sociedad mexicana antes de pensar en un islote sin contaminación? Llegó el momento en que Peña Nieto entregue su bicicleta ¿Lo hará? ¿Usted qué cree?

Fuente: El País

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