Historia a modo, cosecha de rating

0

Por Rolando Cordera Campos

Una posdata al espléndido artículo de Adolfo Sánchez Rebolledo del jueves: a la aguda pregunta lanzada por nuestra querida Alejandra Moreno Toscano a sus colegas: ¿historia para qué?, podemos hoy responder: para abusar de ella, no tanto para rescribirla o profundizarla, sino para confundir la opinión presente, ofuscar el debate, opacar las verdaderas opciones sobre cuya pertinencia la historia siempre puede ilustrarnos. Pero este es, como subproducto infame de esta temporada bochornosa, el estado del arte en lo tocante a la cuestión petrolera, para no hablar del conjunto de la energía, sometido al más implacable de los desfiguros, el soslayo, la mentira aviesa y abierta, desparpajada.

No ha estado mal la cosecha de falacias que, por lo visto, nunca se acaba. Con la antelación debida, orondos masters of the universedevenidos zares de la opinión publicada, radiada o televisada, anunciaron que con la reforma el país podría crear no decenas, sino cientos de miles de nuevos empleos, hasta que los iracundos popes de la competitividad cómodamente alojados en el IMCO nos asestaron la cifra redonda: trescientos, trescientos cincuenta mil empleos adicionales, una vez que la figura del presidente Cárdenas acabe de ser puesta de cabeza por exégetas e iconoclastas que cual talibán al servicio del negocio arramblan hoy contra lo que nos quede de memoria histórica y registro racional e ilustrado del pasado.

¿Historia para qué? Para engañar con ella, demoler el juicio basado en el estudio del contexto y la época, ¡para ser modernos!, dirá sin más el ayatola en turno de nuestra puesta al día, para dejar de ser como Corea del Norte o el Brasil del nunca jamás o la Colombia posmacondiana de la astucia hidrocarbúrica.

No hay en el panorama maneras ciertas para acercarse a la deliberación sin incurrir en malas maneras. Esperemos a ver si este lunes el PRD y Cuauhtémoc Cárdenas, a quien le debemos pertinentes apuntes memoriosos sobre el tema, nos ofrecen métodos y razones para empezar a sacar este buey de la barranca de la crispación y la disonancia cognoscitiva, donde hoy está la reflexión nacional sobre las posibilidades y formas de usar sus activos naturales que, en el caso del petróleo, sin duda guardan todavía una auténtica grandeza mexicana. Pero por lo pronto, en la continuidad opresiva de este presente continuo que sólo se altera por la fútil propaganda oficial sobre el tema, dan ganas de decir como dicen que dijo don José Alvarado después de la infame represión desatada contra los profesores othonistas: Más vale hablar del crepúsculo.

No es verdad, aunque de eso se trate parte de la alharaca instrumentada en los medios de comunicación masiva, que la alternativa esté definida hoy por los polos del dogma y la tradición, por un lado y, por otro, los de la modernidad entendida como eficiencia y libertad de elegir y actuar. Eso, de haber existido, quedó atrás cuando en 1968 se dio por terminado el último contrato de riesgo y poco después el Estado se decidió a construir unas capacidades productivas y de inserción en el mundo inimaginables por entonces.

De esa decisión tomada en una coyuntura turbulenta como fuera la de la expropiación de 1938, surgió el nuevo complejo petrolero, cuyo despliegue ha sostenido por más de tres décadas el funcionamiento del Estado nacional, sin que sus respectivos gobiernos tuvieran que abocarse a hacer lo que deberían haber hecho precisamente a partir de entonces: convertir al Estado mexicano en un verdadero Estado fiscal, basado en finanzas públicas dinámicas y flexibles y en una capacidad efectiva de gastar productivamente para la seguridad y el bienestar de la sociedad.

Cuando alguien se pregunta qué significa eso de que el petróleo es nuestro, habría que referirlo a los impuestos que no ha tenido que pagar para vivir en las condiciones actuales, defectuosas y sin duda, hasta insufribles, pero mucho menos peores que las que privarían sin el concurso de la renta petrolera y con el inicuo régimen fiscal e impositivo que nos caracteriza. La discusión, así, tiene que inscribirse por un lado en los usos de la renta de aquí en adelante y, por otro, en lo que hay que hacer para poner un alto al salvaje desperdicio de los frutos de unos recursos no renovables que se terminarán o verán perder su valor actual con el paso de los años y la irrupción de las innovaciones, que en materia energética están en el horno de las economías más avanzadas o más dinámicas y ambiciosas del planeta.

Cómo volver altamente productivo el uso de una renta con perspectivas todavía de crecer. Cómo habilitar al Estado para que sirva al bienestar sin atentar contra dicha renta, como lo ha hecho hasta el día de hoy. Cómo ofrecer a la ciudadanía democrática que emerge, a pesar de las trapacerías de sus mandatarios, caminos ciertos de intervención y control de una riqueza que se asegura es de ella, porque es originariamente de la nación. Estas y otras son cuestiones que los senadores tendrán que responder con claridad y humildad, porque si algo sufre de alta incertidumbre es el mundo del petróleo y la energía.

Para hacerlo tienen que ponerse a estudiar y construir una base de información que pueda ser común a todos: sin excesos de ingenio u obsecuencia, como esos de que estamos a las puertas de un nuevo paradigma o que Pemex ¡está en quiebra!, cuando lo que sus cifras nos dicen es que se trata, en todo caso, de un portento para la teoría y la historia: un monopolio filantrópico que alimenta pillos y corruptos, abusivos gerentes sindicales, contratismo infame y, luego de todo esto, financia entre 30 y 40 por ciento de todo el gasto público, además de las garrulerías de los gobernadores maleducados en la pax foxiana.

Para nada de esto es preciso renegar de la patria y su difícil historia, mucho menos insultar la memoria de los hombres que la hicieron posible. Deturpar la gesta y la conducta del general Cárdenas, llamándolo profeta o inventándole posturas que nunca tuvo, con el fin de apuntarse un triunfo en el juego de ingenios de la venta de garaje, no nos llevará a ningún lado. La historia tiene sentido si la razonamos, discernimos contextos y detalles, nos asomamos al juego de qué hubiera ocurrido, siempre reprobado por los buenos historiadores pero siempre tentador y desafiante.

No se ha hecho así y los usos se han vuelto abusos. Cuando el engrudo que nos mantiene unidos es ligero y frágil, sobrexplotar la historia para ganar lo inmediato puede llevarnos a que, ligero y frágil, este engrudo se nos haga, y nos haga bolas.

Fuente: La Jornada

Comments are closed.