Exiguas palabras para dibujar un Naranjo

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Por Rafael Vargas*

¿Quién es Rogelio Naranjo? ¿Qué clase de persona es ese artista plástico que desde hace casi cincuenta años saca a pasear todas las mañanas una línea –como diría Paul Klee– y al final de la jornada vuelve con un detalladísimo mapa (o, si se prefiere, un elaborado retrato) de nuestra vida política, social y cultural? ¿Quién es ese hombre que ha trazado durante tantas y tantas horas tantas y tantas “rayitas” que si se unieran linealmente podrían dar vueltas al planeta hasta convertirlo en una inmensa pelota de beisbol? ¿Gracias a qué virtudes ha logrado llevar algo de suyo modesto –un cartón periodístico, cuya vida se espera tan efímera como el propio ejemplar del periódico en el que aparece– a un plano de calidad excepcional y, por ello, perdurable?

Naranjo es un hombre sencillo que gusta de trabajar con inflexible disciplina una considerable cantidad de tiempo, dentro de horarios muy regulares, con una enorme exigencia hacia sí mismo y una paciencia también enorme para lograr lo que se propone. Es probable que su principal virtud sea esa tenacidad, aunque hay muchas otras que también deben tenerse en cuenta cuando se trata de comprender la naturaleza de su trabajo.

Pero precisamente por sencillo, por dedicarse con tanto ahínco a su trabajo y hacer poca “vida social” es a la vez un personaje misterioso a quien la mayoría de sus admiradores (es decir, los admiradores de su trabajo, precisión que a él mismo le gusta establecer) apenas conocemos.

Por supuesto, Naranjo ya dice mucho acerca de sí mismo con cada uno de sus extraordinarios dibujos: puntuales y punzantes comentarios a una realidad política que todos los mexicanos compartimos y de la que no podemos escapar, pero sí reírnos (es decir, entender con dosis indispensables de crítica, sorna e ironía), lo mismo que finísimas y concisas descripciones de grandes figuras de la cultura nacional e internacional.

A través de ellos es muy fácil colegir que su autor es un hombre con una afilada percepción histórica y social, un ciudadano con una clara idea de la justicia y de la moral republicana, un lector voraz con intereses en muchos campos y, desde luego, un gran conocedor de pintura.

Pero si bien sus dibujos han llegado a formar parte de nuestra conciencia colectiva gracias a su asombrosa capacidad de trabajo –se calcula que ha producido casi veinte mil piezas–, que se traduce en una presencia tan extendida y prolífera que prácticamente cualquier persona puede identificar a golpe de vista un “Naranjo”, él se sustrae a la curiosidad del público por su persona y prefiere diluir sus rasgos en la tupida trama de trazos que caracteriza su obra.

En realidad, en el caso de Rogelio Naranjo, vida y obra se confunden de manera inevitable. Quien se acerque a sus dibujos con la atención que merecen (idealmente tan minuciosa como el achurado que los distingue) comprenderá que al inusual esfuerzo físico necesario para hacerlos corresponde una personalidad igualmente inusual.

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Rogelio Naranjo Ureño nació el 3 de diciembre de 1937 en Peribán, un pequeño pueblo al oeste de Michoacán (entre el vecino municipio de Uruapan y el estado de Jalisco), fundado hacia 1541 y cuyo nombre significa “hilar” o “donde hilan”. Es hijo de un hombre trabajador y lleno de ingenio a quien recuerda como el hombre orquesta del pueblo (“lo mismo era tendero que panadero, y cuando se necesitaba decorar la iglesia él se encargaba desde la pintura hasta los modelados en yeso dorados con hoja de oro”) y de una mujer muy religiosa que lo educó en un catolicismo que él abandonó hace mucho tiempo, aunque cabe suponer que los valores que esa fe predica contribuyeron a forjar en su infancia los principios éticos que lo llevan a reprobar y combatir la injusticia, la deshonestidad, el latrocinio y otras formas de crimen y corrupción que han caracterizado a los gobiernos de nuestro país en los últimos setenta años.

El talento de su padre para el dibujo –aun sin estudios formales en la materia era capaz de hacer acabados planos arquitectónicos– indujo a Naranjo por el camino de las artes plásticas y lo decidió a estudiar pintura en la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, aunque su vocación no era propiamente la de ser pintor, sino dibujante.

–Hice caricatura desde niño –le contó a uno de sus jóvenes colegas: Antonio Helguera–. ¡Me encantaba el género!

–Pero tú estudiaste pintura.

–Sí, porque no había escuelas para caricaturistas. Estudié pintura porque no me hacía daño para dibujar. 1

Naranjo pintó durante algún tiempo, y aunque fue claramente reconocido como un buen pintor –en 1967 ganó el Premio de Arte Joven, conferido por el estado de Aguascalientes– nunca llegó a sentirse plenamente satisfecho con lo que hacía. (Uno, que siente entusiasmo por su trabajo, no puede evitar pensar en que el joven Naranjo pecaba de excesiva autocrítica.) Un buen día le pidió a un carpintero que viniera a su casa y le encargó reducir a tiras, con segueta, una serie de grandes tablas de fibracel que había en uno de los cuartos. Eran sus cuadros. Sólo conservó uno, que tiene para él un significado muy especial. Abandonó para siempre la pintura. No es, sin embargo, un pintor frustrado. En el dibujo ha vertido toda su energía creativa. Aunque poco antes de dedicarse de lleno al dibujo y a la caricatura en periódicos y revistas Naranjo todavía intentó otros medios para ganarse la vida e hizo escultura, grabado, joyería, diseños en plata, y trabajó pintando mapas murales (como el de la sala de Orígenes) para el entonces recién inaugurado Museo Nacional de Antropología e Historia.

Naranjo comienza su vida como dibujante y caricaturista profesional en 1965 colaborando con una serie de publicaciones tan diversas como El Gallo Ilustrado (suplemento cultural dominical del diario El Día), el semanario Sucesos para todos, y el semanario Cine Mundial. En 1969 es invitado a trabajar en el diario El Universal y así se convierte en un prolífico y certero comentarista gráfico del sistema político mexicano encarnado en un vasto elenco de funcionarios y ricachones de toda laya que serían perfectamente olvidables si no fuera por el daño que han causado al país.

Yo tenía 14 años de edad cuando mi hermano comenzó a llevar a la casa la revista La Garrapata. El azote de los bueyes, que Naranjo fundó y codirigió con Emilio Abdalá (AB), Helioflores y Rius, entre el 8 de noviembre de 1968 y el 13 de febrero de 1970. En su primer número leí sus “Crónicas de Nanylko-Tatanilko” (la única historieta que Naranjo ha publicado) y quedé impresionado por el evidente esmero que había en cada recuadro. (No sólo dibujístico, por cierto, sino también verbal.) Introduzco esta pequeña impresión en primera persona no por la muy dudosa importancia que pueda tener el testigo sino sólo para ilustrar cómo era claro, aún para un absoluto neófito, que había en el dibujo de Naranjo una calidad que lo distinguía incluso entre caricaturistas tan distinguidos como Rius (ya celebérrimo por sus espléndidos Supermachos), el fantástico Helioflores y el divertidísimo AB.

Pero aun cuando se trataba de un trabajo muy fino, era menos complejo y laborioso que los hermosos dibujos que empezó a publicar en La Cultura en México (suplemento cultural de la revista Siempre!) desde finales de 1969, cuando Carlos Monsiváis le pidió que colaborase semanalmente con caricaturas de artistas y escritores mexicanos e hispanoamericanos, similares a las que hacía David Levine sobre autores norteamericanos y europeos para The New York Review of Books.

A partir de ese momento Naranjo comenzó a trabajar con un ritmo que es fácil calificar como extenuante, pues durante un largo periodo se multiplicó para colaborar regularmente, de manera simultánea, en La Cultura en México, en las páginas editoriales de El Universal y de su edición vespertina, El Gráfico (lo que significaba realizar dos caricaturas en un mismo día), y en La Garrapata.

Para sostener ese paso se permitía consumir ingentes cantidades de café y de cigarrillos que le parecían una suerte de combustible indispensable, aunque lo indispensable era, en realidad, algo con lo que ya contaba: mucha disciplina para dedicar muchas horas al trabajo. Sus barrocos dibujos siempre han estado reñidos con la prisa y la realización de uno solo puede exigir a su autor diez o más horas –otros lo harían en el curso de varios días.

Lógicamente, desde hace muchos años Naranjo lleva una vida que en más de una ocasión se ha calificado de monacal: se levanta muy temprano, atiende asuntos domésticos y, en cuanto le es posible, comienza a trabajar. Se detiene hacia las dos de la tarde para comer. Al poco rato retoma la tarea, en la que se enfrasca hasta las ocho de la noche. Sólo entonces se permite descansar y hacer vida social.

Es obvio que semejante concentración implica un aislamiento tremendo, pero Naranjo disfruta de la soledad. Parece haber hecho suyas las palabras que Rainer Maria Rilke le escribe a Franz Xavier Kappus en julio de 1903: “Aprenda usted a amar su soledad […] porque ella le será sostén y hogar; y desde ella encontrará usted todos sus caminos”.

En medio de esa soledad dedica horas a pensar en lo que va a dibujar. Pocas veces hace bocetos. Compone mentalmente la imagen, se plantea sus posibles variantes, calcula el espacio. Sólo entonces toma el manguillo y comienza a trazar líneas. Le gusta escuchar música mientras trabaja. La música ensancha su mundo interior. Jamás se aburre. Suele soñar que dibuja. A veces, al despertar, intenta trasladar al papel la idea que el inconsciente le señala. Pero es mucho más difícil plasmar algo que, en realidad, apenas se vislumbra.

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Lógicamente, Naranjo se ha convertido en un hombre muy metódico, de hábitos muy fuertes. No le gusta que se le interrumpa cuando trabaja. Si alguien llega de manera inesperada a su casa lo perturba. Y él, a pesar de la cortesía que caracteriza su trato, puede ser capaz de despedir a la esporádica visita inoportuna de la manera más cortante.

A diferencia de tantos artistas plásticos que trabajan por impulso, a cualquier hora, a él le gusta cumplir con una rutina, trabajar dentro de los mismos horarios. La reiteración le ayuda a cumplir con la puntualidad que el periodismo le exige. Y esa reiteración se advierte en su vida cotidiana. Una vez que encontró su lugar en el espacio cotidiano le gusta conservarlo. En un restaurante, vuelve a la misma mesa; en un estacionamiento, al mismo espacio. Así era el filósofo austriaco Ludwig Wittgenstein: le gustaba que lo atendiera la misma mesera, que le sirviera siempre su omelette y su café sin tener que cruzar una palabra. ¿Podría trabajar Naranjo de otra manera? Hay obras que, sencillamente, no se pueden hacer sin un estricto principio de orden.

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Quien mira a Rogelio Naranjo (alto, corpulento, bien plantado, dueño de una voz grave, de una mirada franca, de una mano cordial) y sabe de la valentía con que siempre ha hecho su trabajo –baste con señalar que cuando contribuyó a la fundación de La Garrapata, a un mes de la matanza de Tlatelolco, satirizar al diazordacismo era peligroso–, difícilmente puede imaginarlo como un niño tímido. Sin embargo, él mismo dice que lo fue, y parecería que algo de esa timidez se conserva cada vez que comienza a tratar a alguien, si bien es claro que se desvanece en la medida en que se siente a gusto con quien conversa.

Pero quizá no se trata de timidez (palabra que significa, etimológicamente, ser temeroso), sino de ganas de estar a solas y en paz, de no perder el tiempo, de no tener que mostrarse, explicar quién es uno, sobre todo cuando –como en su caso– está a la vista de todo el mundo. Yo no creo que el mundo intimide a Naranjo. Creo que, más bien, él prefiere mantener su distancia. El mundo, tal como es, no le gusta. Y, como todos los críticos que lo son por vocación, tiende a ser un solitario –pienso en el francés Saint-Beuve y, más cerca, en el crítico literario chileno Hernán Díaz Arrieta, quien eligió el pseudónimo de Alone (solitario) porque, como él decía, un verdadero crítico no debería tener amigos.

Pero Alone se equivocaba: un crítico verdadero no puede dejar de tener amigos. Es para ellos para quienes trabaja. Quizá no los conocerá nunca. Pero ellos sí que lo reconocerán a él.

Eso es lo que le pasa hoy a Rogelio Naranjo. A lo largo de cinco décadas ha cultivado una multitud de amigos que lo admiran (la admiración es indesligable de la amistad, y muchas veces su sinónimo) y saben apreciar el enorme valor de su trabajo. Ellos son quienes saben ver que el tímido lo es en realidad: es un sabio.

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Naranjo ha dejado de pintar pero la pintura le apasiona. Visita museos cada vez que tiene oportunidad de hacerlo. Los libros de arte abundan en su biblioteca. Y en lo que respecta al dibujo y la caricatura se preocupa siempre por conocer el trabajo no sólo de los artistas del pasado, sino de sus contemporáneos en todas partes del mundo. Es, por supuesto, un gran lector. Desde joven, cuando acudía a las bibliotecas públicas en Morelia, impulsado por la curiosidad, empezó a leer mucho sobre historia –en especial, sobre la historia de México–. Le interesaba mucho confrontar las diferentes versiones de los hechos. “Aprendí –ha dicho, a propósito de sus años como estudiante– que nunca tenemos una idea realmente exacta de cómo fueron las cosas, y que hay libros que se acercan más a la verdad que otros.” Es probable que una buena parte de sus cartones no existiría si Naranjo no contara con ese notable bagaje historiográfico. Y es también un gran lector de literatura. Los retratos de poetas y narradores que durante años enriquecieron las páginas de La Cultura en México y de Diorama de la Cultura (el suplemento dominical de Excélsior) muestran no sólo una gran destreza para captar los rasgos físicos de cada uno de ellos sino también los rasgos esenciales de su personalidad y de sus obras.

Otra de sus pasiones es el cine. Gran cinéfilo en su juventud, en los últimos años ha descubierto –de la mano de su compañera, la pintora Erika Martínez– y se ha dejado fascinar por la obra de cineastas que no conocía, como el griego Theo Angelópoulos, o el ruso Iván Tarkovski.

Naranjo es un hombre intelectualmente muy refinado. El conjunto de su obra así lo indica. Y si se mira ésta en secuencia cronológica es posible observar cómo ésta se vuelve mejor y más compleja puesto que él no deja de crecer y cultivarse. “Desde joven supe que podía llegar a tener todas las habilidades del mundo para dibujar pero, si no me educaba, no me iban a servir para nada.”

Como persona pensante, que aprendió a ejercer su criterio desde que era un muchacho, y que ha visto la inmensa cantidad de trapacerías que se cometen al amparo de la religión y la política, no tardó en convertirse en un hombre muy crítico, y en un activo combatiente en la vida política mexicana. La caricatura, en México y en todo el mundo, ha sido siempre una herramienta contundente en la lucha social.

En esa lucha, en la que él participa desde hace por lo menos cuarenta y cuatro años (“El 68 me llenó de indignación y fuerza; sentía que había que poner a los responsables de la represión en su lugar”), y que lo condujo naturalmente a militar en el Partido Mexicano de los Trabajadores, al lado de uno de sus más entrañables amigos, Heberto Castillo, el humor ha sido un arma constante.

Su humor –ya se ha escrito muchas veces– no es “chistoso”. Sus dibujos no quieren cosechar risotadas ni suelen agotarse en una anécdota. El suyo es un humor ácido, negro, que se vale más bien de la ironía y solicita la cavilación, la degustación lenta, diríase que directamente proporcional al tiempo que a él le toma realizar cada dibujo. Por lo mismo, su efecto es mucho más prolongado. Es un sentido del humor, importa mucho subrayarlo, que él aplica en primer lugar en contra suya. Su capacidad para burlarse de sí mismo es increíble. Nunca acepta un elogio y ante toda comparación que lo favorece siempre le gusta decir que sale mal parado.

Desde hace mucho tiempo, Naranjo es un maestro que no se reconoce como tal. En 1983, cuando ya se habían publicado varios libros en los que se reproducían sus dibujos y diversos escritores encomiaban su trabajo, le dijo a Elvira García:

“…yo no siento que mi estilo esté ya bien firme. Confío en que voy sobre un camino que me llevará, tarde o temprano, a un buen hallazgo.” 2

No hay en su actitud falsa modestia. (“La falsa modestia –la frase es suya– es peor que la vanidad.”) Hay un deseo de perfección que es imposible cumplir.

De Rogelio Naranjo puede decirse lo que Charles Baudelaire, rey de los poetas, escribió acerca del más grande caricaturista francés:

“Daumier ha llevado su arte muy lejos, lo ha convertido en un arte serio; es un gran caricaturista. Para apreciarlo dignamente, hay que analizarlo desde el punto de vista del artista y desde el punto de vista moral. Como artista, lo que distingue a Daumier es la seguridad. Dibuja como los grandes maestros. […] En cuanto a lo moral, Daumier tiene algunas afinidades con Molière. Como él, va derecho a su objeto. La idea se desprende del conjunto. Uno mira y comprende. Las leyendas escritas al pie de sus dibujos no sirven de gran cosa, pues lo mismo podrían no existir.” 3

A lo largo de medio siglo Naranjo ha crecido hasta convertirse en una referencia imprescindible en el paisaje mexicano. Sus frutos han sido múltiples y óptimos. Lo mejor, para todos los que lo apreciamos, es que cabe esperar muchos más. l

1 Conversación con el dibujante Antonio Helguera, de María Rivera: “Ahora es ‘casi total’ la libertad: Naranjo”, La Jornada, 20 de octubre de 1998, p. 43

2 Elvira García, entrevista con Rogelio Naranjo recogida en La caricatura en seis trazos, Universidad Autónoma Metropolitana–Iztapalapa; México, 1984, pp. 37-56.

3 Charles Baudelaire, “Algunos caricaturistas franceses”, en Obras, traducción de Nydia Lamarque, Editorial Aguilar, 2ª. Edición; México, 1963, pp. 609-622.

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* Texto escrito para el catálogo de la exposición Vivir en la raya. El arte de Rogelio Naranjo, inaugurada el jueves 24 de enero de 2013 en el Centro Cultural Universitario Tlatelolco de la UNAM. El volumen apareció en abril.

Fuente: Proceso

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