Carta abierta a Enrique Peña Nieto

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Por Javier Sicilia

Querido Enrique, no así, querido presidente. Hay, me afano aún en creerlo, una distancia entre el hombre que usted es y el que se expresa en el cargo que detenta. No digo con ello que no haya mucho de Enrique Peña Nieto en las acciones y los discursos del presidente. Digo que usted, en tanto ser humano, es más que esa parte de sí que, en su actuar como representante del Ejecutivo, tiene sumido al país en un horror más profundo que el que heredó de la administración pasada. Quiero, en este sentido, apelar al corazón que me dijo poseer cuando le reclamé lo contrario en nuestro diálogo en el Alcázar del Castillo de Chapultepec, el 28 de mayo de 2012. Si es así, será capaz de comprender mi crítica y darnos una respuesta en el sentido del corazón, cuyas razones, decía Pascal, la razón –que muchas veces es inhumana– desconoce.

El 28 de noviembre, durante la inau­guración de la Semana Nacional de Transparencia, usted, como presidente de la República, dijo algo terrible parafraseando equívocamente un pasaje del Evangelio. Algo que, por desgracia, resume la absurda manera con la que su política y las de las partidocracias han abordado la inseguridad y la violencia. Algo que, lejos de caminar en el sentido del perdón al que se refiere el Evangelio, camina en el de la justificación de la violencia, el crimen y su encubrimiento: “El tema de la corrupción –dijo usted– lo está en todos los órdenes de la sociedad y en todos los ámbitos. No hay nadie que pueda atreverse a arrojar la primera piedra, todos han sido parte de un modelo que hoy estamos desterrando y queriendo cambiar, que tenemos que modificar para beneficio de una sociedad más exigente y que se impone nuevos paradigmas”.

Estas palabras, llenas de simplificaciones groseras, deberían avergonzarle el corazón. El que la clase política –que construyó su partido– sea corrupta y haya destruido una buena parte del esqueleto político-moral del país; el que el presidente traiga tras de sí graves corrupciones que ha querido ocultar castigando a quienes las revelaron (sé que recuerda el asunto de Carmen Aristegui); y el que su partido haya construido a lo largo de más de 70 años eso que usted mal llama “modelo” (la corrupción, le recuerdo, no es un “paradigma”, y los eufemismos no sólo maltratan el lenguaje, sino que ocultan la verdad), es, por el contrario, un acto de perversidad política condenable en todo sentido.

El que el presidente viva y respire en ese mundo no es extensible a toda la nación. Hay grandes sectores ciudadanos honestos, sectores que son “la reserva moral del país”, sectores que luchan para detener la corrupción y la violencia que, larvadas en las partidocracias y el Estado, tienen destrozada a la nación. Esos grupos no quieren arrojar la primera piedra, una lógica de venganza contra la que Jesús formuló su palabra. Quieren, como claman los padres de Ayotzinapa, justicia: una justicia para la que han hecho un sinnúmero de propuestas y sin la cual no puede haber perdón. Revise solamente las de los zapatistas, las que el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad dirigió a la clase política en sus discursos, los documentos y trabajos del equipo de don Raúl Vera para construir un constituyente ciudadano popular y la tarea que la Universidad Autónoma del Estado de Morelos emprendió en defensa de los derechos humanos.

La reserva moral del país no ha dejado de manifestarse y de proponer. Son el presidente y las partidocracias los que, sumidos en la corrupción, no quieren escuchar. El discurso al que me refiero es, en su grosera simplificación, la muestra de esa sordera. La corrupción, Enrique, no se combate con buenas intenciones y nuevos paradigmas que sólo sirven para encubrir el crimen. Se combate con actos de justicia tan viejos como el mar. Cuando no se realizan, se termina en la impunidad que alienta y perpetúa el crimen. No llamar, bajo el pretexto de no arrojar piedras, a comparecer ante la justicia a gobernadores y funcionarios corruptos, como Javier Duarte o Graco Ramírez, es consentirlo. Detrás de la impunidad con la que se les ha protegido están cientos de fosas clandestinas, de desapariciones forzadas, de asesinados, de dinero mal habido, de sufrimiento y de hartazgo ciudadano. Y ¿qué decir del encubrimiento y de la impunidad que rodean el caso Ayotzinapa?

Escuche su corazón, Enrique. Y no a la corrupción, que la grosera simplificación del discurso presidencial quiere exculpar ofendiendo de manera innoble a la reserva moral del país. Haga y obligue a hacer justicia, empezando por la que el presidente le debe a la nación en el caso de la “Casa Blanca”, Higa y Carmen Aristegui. Haga dos cosas más: vuelva el trabajo de las exhumaciones de las fosas clandestinas de Tetelcingo una política de Estado y llame al sector salud a que, junto con las tareas que realiza en los prostíbulos para cuidar la salud de las mujeres que trabajan en ellos, les practiquen pruebas de ADN. Ambas acciones de justicia contribuirían enormemente a resolver el problema de los desaparecidos. Aún es tiempo, Enrique, de que su corazón obligue al presidente y a la clase política a hacer justicia. Haga que me haya equivocado cuando en el Alcázar del Castillo de Chapultepec le dije que no tenía corazón.

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a José Manuel Mireles, a sus autodefensas y a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia, juzgar a gobernadores y funcionarios criminales, boicotear las elecciones, devolverle su programa a Carmen Aristegui y abrir las fosas de Jojutla.

Fuente: Proceso

1 Comment

  1. Es lamentable gastar palabras en una persona que teniendo en sus manos la responsabilidad de una Grandiosa Nación, no tenga la virtud de saber escuchar, de tomar sabias decisiones, y de aplicar la justica en beneficio de una Nación que ha sido afectada en sus raíces, Las grandiosas palabras de este hombre que pide al Sr. Presidente que tome la rienda de su responsabilidad, oremos para que no caigan en el vació
    o debemos aplicar el mensaje del grandioso guerrero piedra de nuestra Revolución
    SI NO HAY JUSTICIA PARA EL PUEBLO, QUE NO HAYA PAZ PARA EL GOBIERNO, Emiliano Zapata.
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