2018: Empresarios y poder

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Por Jaime García Chávez

“…lo único que tenemos que temer es al temor mismo…”

-F.D. Roosevelt

Cómo me gustaría que los grandes empresarios mexicanos leyeran los discursos de campaña de Roosevelt y, en especial, con el que inauguró su administración.

A medida que se aproxima la elección presidencial y del Congreso general, se van produciendo los alineamientos políticos propios de toda disputa de este tipo, y más en un proceso en el que se juegan no pocas cosas de extraordinaria importancia para el país. No exagero si afirmo que el precario sistema democrático mexicano está en riesgo por una polarización que se agudiza a la vista de la derrota inevitable del viejo partido del régimen autoritario que, con todo y la reestructuración de su liderazgo, no se advierte que pueda recuperarse de la adversidad que lo amenaza con un derrumbe, quizá completo, como nunca antes. Ya no estamos en el año 2000, cuando la seductora propuesta de sacar al PRI del Palacio Nacional movía muchas voluntades ciudadanas. Este partido ya experimentó la derrota capital, su regreso al poder público y el abatimiento ineludible de sus posibilidades.

El riesgo tiene que ver con la estrechez con la que se ha creado el sistema democrático en el país, sus rupturas esenciales de 1988, 1997 y la del año 2000 a la hora del triunfo electoral de Vicente Fox, que dejó al PRI rezagado en un segundo lugar y a la entonces promesa del PRD en un porcentaje electoral que lo ponía distante de una competitividad real que solo apareció en el año 2006, con el apretado triunfo de Felipe Calderón (“haiga sido como haiga sido”) de medio punto porcentual. De entonces data la idea de que solo hay democracia cuando gana una de las partes y carencia de la misma en el sentir de los que reciben la lesión política de la derrota.

Esa historia tiene que ver con la tercera búsqueda de la Presidencia de la República por el tabasqueño Andrés Manuel López Obrador. Muchas cosas han cambiado en 12 años. El PAN dejó de ser un partido ubicado en la brega de eternidad, para adentrarse en el pragmatismo como base para la construcción de alianzas y la pavimentación de rutas al poder, practicando la cultura del autoritarismo ramplón; el PRI, que regresó al amparo del grupo Atlatomulco del Estado de México, se ha hundido en un desprestigio descomunal, centralmente por la corrupción política que lo afecta desde su cima hasta su base; y el PRD, que surgió para ser un instrumento de los ciudadanos para la conquista de la transición y consolidación democrática, entró en una fase terminal, de descomposición y deslave ideológico, que ahora lo ubica a la cola de la candidatura de Ricardo Anaya Cortés.

Sostengo de tiempo atrás que la decadencia del PRD –paradójicamente- parte de la presidencia de Andrés Manuel López Obrador, cuando se logran importantes triunfos electorales en varias regiones del país, al alimón de desnaturalizar al partido, trocándolo en movimiento, que es una cosa bien diversa y, además, riesgosa a efectos del afincamiento del sistema de partidos y la consolidación democrática que entre nosotros no se ha dado.

López Obrador, ya afuera del partido que lo hizo crecer, creó el propio (cuando digo propio hablo de la propiedad casi total), reivindicando precisamente la calidad de movimiento y mezclando la práctica de la democracia liberal como el puente hacia una “cuarta transformación” revolucionaria del país, lo que hace de su gran influencia de puntero en las preferencias electorales un motivo de enorme preocupación para el rumbo que el país pueda tomar.

En la visión de Morena no estamos en presencia de un proceso electoral en tiempos de normalidad, sino en el arranque de grandes transformaciones telúricas que cimbrarán al país, lo que propicia que se le vea tanto al líder como a su partido practicando una política de adversarios que solo se puede dirimir con la destrucción completa del rival. Visualizando esto, es normal que en los sectores de gran privilegio económico haya preocupación por la salvaguarda de sus negocios y sus capitales.

En ese contexto, y si revisamos la historia de las últimas décadas del país, vamos a poder visualizar los rumbos que el mismo ha tomado. Daniel Cosío Villegas, cuando publicó La crisis de México, allá por el año de 1947, veía en Acción Nacional un aparato con tres fuentes únicas de sustentación: la Iglesia católica, la nueva plutocracia y el desprestigio de los regímenes, entonces llamados revolucionarios. Se puede discrepar de este enfoque, pero lo cierto es que cincuenta años después de las palabras del maestro, las dos primeras no dudaron en apoltronarse en la comodidad que les brindó el autoritarismo priista, que les permitió un hartazgo de riquezas, negocios y capitales. Empero, el desprestigio del priismo siguió creciendo exponencialmente: en los años ochenta hizo crisis porque se demostró que la democracia era una retórica que solo servía para justificar los triunfos que el PRI no obtenía en las urnas, o que estaban en medio del descrédito o del desdén ciudadano, como lo atestiguamos en 1976.

En este contexto, tiene sentido hablar de la existencia del PRIAN, porque ambos partidos tienen más convergencias esenciales que diferencias a la hora de soportar en sus columnas un modelo económico que no deja lugar a duda de que está fincado en el privilegio de unos cuantos y en la exclusión de millones de mexicanos, muchos de ellos en una pobreza extrema inconcebible.

De ahí que hablar de una “cuarta transformación”, solventada por una Presidencia casi mágica, caiga en tierra fértil y tenga preocupado precisamente a ese sector de grandes capitalistas que recientemente se han pronunciado de manera enérgica. Pongo tres ejemplos: Carlos Slim, defendiendo la construcción del aeropuerto; el reciente pronunciamiento del Consejo Mexicano de Negocios, que se siente ofendido por lo que considera ataques personales que el candidato presidencial de Morena les endilgó en la sierra de Zongolica. Los miembros de este Consejo -sin un ápice de crítica- se autoconciben como los únicos autores de la construcción económica nacional y su proyección en el mundo. Presumen que un millón y medio de familias viven de los millones de dólares que ellos invierten y, reivindicando, que nueve de cada diez empleos formales se deben exclusivamente a ellos.

Esa es la historia en boca de autistas, pero es una historia parcial: atrás está la pobreza, un régimen salarial de hambre, un sistema absolutamente deteriorado de seguridad social, las cárceles sociales del corporativismo, con el que bien se entienden y una fiscalidad estatal contrahecha, que limita al Estado y los hace crecer de manera paradisiaca.

En realidad, los empresarios siguen en el mismo espíritu porfiriano: quieren menos política y más administración y, de esa manera, su concepción de la democracia se restringe a mantener el status quo, pero las cosas no paran ahí.

Estamos en presencia, en todo el país, de un Ricardo Anaya desconfiando de su partido y más de la entelequia del PRD, que está nombrando coordinadores empresariales de su campaña en los estados de la República. Aquí en Chihuahua recibió el encargo Víctor Almeida García, el presidente de Interceramic, que dejará sus principales ocupaciones para -en mangas de camisa- mover la campaña y ganarle votos interesados al proyecto del candidato queretano. Tienen derecho, pero el hecho tiene el significado de que en “su” democracia los votos se pesan, no nada más se cuentan.

Cuando vi la presentación del señor Almeida ante la prensa, advertí a un hombre adusto y elitista, pero en el semblante de los candidatos y líderes partidarios una especie de regusto porque ya llegó el que sabe hacer las cosas, mandar y, sobre todo, poner ingentes recursos en manos del PAN.

Almeida es de los empresarios que observaron a Duarte y callaron, le vieron posibilidades a la insurgencia cívica antirianía y anticorrupción y la desdeñaron; luego le apostaron a un hombre sin honor, como José Luis Barraza, empleado para golpear todo lo que signifique llevar a México por un rumbo distinto. Le pagaron con munificencia. Esto significa que está en marcha una iniciativa que quiere conjuntar, en unas solas manos, el poder de la bolsa y el capital con el cetro y la corona del poder. Por si faltaba un complemento al discurso de López Obrador, ahí está la pieza para integrar su rompecabezas.

Me cuento entre los ciudadanos, preocupados por el proyecto democrático en México, su extravío y porque más allá de una polarización de coyuntura, asoma su rostro el desastre que representa no entender que un triunfo electoral es eso y no el inicio de un ciclo de desgarramiento entre adversarios que se tiran a vencer o morir. El costo de esa visión ya lo vimos en otras partes como para repetirlo irresponsablemente.

Los empresarios mexicanos desean que jamás se les toque. Roosevelt, en su tiempo, propuso algo radical: separar los negocios del gobierno de los negocios privados. Pero no solo, también les dijo a los magnates, cuando asumió la Presidencia en momentos de enorme crisis: “Despojados del cebo de la utilidad, por el cual inducen a nuestro pueblo a seguir su falsa orientación, han recurrido a ruegos, suplicando lastimosamente que se restablezca la confianza. Lo único que conocen son las reglas de una generación de egoístas”.

Esto es hablar fuerte, palabras que han de acompañarse de una democracia profunda, una constitucionalidad y un Estado de Derecho completo y el funcionamiento de las instituciones para el bien público. Nadie por encima de México.

Fuente: El Diario

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