Seguridad sanitaria, obesidad nacional

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Por María Cristina Rosas*

 

En la segunda semana de julio, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) reveló en su conocida publicación anual El estado de la alimentación y la agricultura en el mundo 2013, que México ya es el país con la mayor incidencia de obesidad en el mundo, habiendo superado, inclusive, a Estados Unidos.

Este informe, en particular fue una publicación largamente esperada, sobre todo porque a tan sólo dos años de que se cumpla el plazo acordado por la comunidad internacional para cumplir con los Objetivos de Desarrollo del Milenio (que en realidad están lejos, pero muy lejos de cumplirse), existe una creciente preocupación por la persistencia del hambre, pero también de la malnutrición, la desnutrición, la sobrealimentación y, a grandes rasgos, de la inseguridad alimentaria. Estos conceptos, aunque podrían parecer sinónimos, no lo son.

El hambre se refiere, generalmente, a un escenario en el que hay un subconsumo de alimentos de manera crónica por distintas razones. Como es sabido, el mundo es capaz de producir suficientes alimentos para dar de comer a todos los habitantes del planeta. Sin embargo, mil millones de personas padecen hambre.

La malnutrición, por su parte, se refiere a las carencias, excesos o desequilibrios en la ingesta de energía, proteínas y/u otros nutrientes. De hecho, el concepto de malnutrición incluye tanto la desnutrición como la sobrealimentación.

Así, la desnutrición es el resultado de una ingesta de alimentos que es, de manera constante, insuficiente para satisfacer las necesidades de energía alimentaria, y por lo mismo supone una absorción deficiente o bien un uso biológico no adecuado de los nutrientes consumidos que suele generar pérdida de peso corporal.

Por el contrario, la sobrealimentación se refiere a un estado crónico en el que la ingesta de alimentos es superior a las necesidades de energía alimentaria, dando lugar al sobrepeso y la obesidad.

El concepto de inseguridad alimentaria parte de la inexistencia de condiciones que la FAO considera como esenciales para que una sociedad tenga seguridad alimentaria –aunque parezca redundante. En otras palabras, hay seguridad alimentaria cuando todas las personas tienen en todo momento acceso físico y económico a suficientes alimentos inocuos y nutritivos para satisfacer sus necesidades alimenticias y sus preferencias en cuanto a los alimentos a fin de llevar una vida activa y sana.

La seguridad alimentaria engloba, por lo tanto, la disponibilidad de alimentos, el acceso a los mismos, su uso y la estabilidad, esto es, que siempre estén disponibles. La inseguridad alimentaria, desde la óptica del concepto amplio de seguridad, se vincula con otras aristas como la seguridad ambiental, la seguridad energética y, por supuesto, la seguridad sanitaria.

México padece inseguridad alimentaria, toda vez que no toda la población cuenta con los medios ni las condiciones para acceder a los alimentos que le permitan satisfacer a cabalidad sus necesidades de alimentos. Por lo tanto, en el territorio nacional hay hambre, al igual que malnutrición en sus diversas aristas, incluyendo, por supuesto, la desnutrición y la sobrealimentación.

A propósito de la sobrealimentación y sus secuelas como el sobrepeso, el panorama mundial es semejante: en todas las regiones, el sobrepeso ha aumentado respecto a 1980. El problema se acentúa en países desarrollados y en América Latina y el Caribe, según los datos de la FAO.

El sobrepeso no es sinónimo de obesidad, si bien van de la mano. De hecho la obesidad incluye al sobrepeso, pero la diferencia estriba en la cantidad de grasa acumulada en el cuerpo. En términos del índice de masa corporal (IMC), el sobrepeso en mujeres y hombres ocurre cuando se tiene un rango entre 25.8 y 27.3 y de 26.4 y 27.8 respectivamente.

La obesidad, por su parte, ocurre cuando el IMC es de 27.3 a 32.3 en mujeres y  27.8 a 31.1 en hombres. La obesidad severa se contabiliza con un IMC de 32.3 en mujeres y 31.1 en hombres o superior.

La secretaria de Salud de México, Mercedes Juan, respondió al informe de la FAO, señalando que no es verdad que México tenga la tasa de obesidad más alta del mundo, por encima de Estados Unidos. Ella argumenta que México ocupa el segundo lugar.

En conferencia de prensa donde hizo tales declaraciones, también reconoció que lo importante no es el lugar que tiene el país, sino, lo que éste debe hacer para enfrentar el problema. Las cifras, de todas maneras, son alarmantes: siete de cada 10 adultos tienen sobrepeso, en tanto tres de cada 10 niños padecen este problema.

Como es sabido, el sobrepeso y la obesidad son factores de riesgo que desencadenan una amplia variedad de enfermedades, destacando la diabetes, problemas cardiovasculares, hipertensión, depresión, baja autoestima, etcétera. Esto convierte al sobrepeso y la obesidad en un serio problema para la salud de los mexicanos, y que tiene el potencial de transformarse en una verdadera amenaza para la seguridad nacional del país.

Las complicaciones que generan en términos de tratamientos e incapacidades para quienes las padecen, obligan a una erogación presupuestal que podría colapsar al sistema de salud del país.

Para lidiar con el tema, la Secretaria de Salud señala que por tratarse de un problema multidimensional, es importante contar con una estrategia. Al respecto, Mercedes Juan insiste en que la presente administración trabaja con un enfoque de salud pública, en la prevención, la promoción, la educación y la información sobre qué hacer para evitar el riesgo; en la calidad de atención de las instituciones de salud y en la parte legal.

Sin embargo, a la fecha, el gobierno en turno no ha presentado la estrategia nacional de salud, pese a que la situación apremia.

Ya en 2009, con la epidemia de la influenza A H1N1 quedó demostrado que una enfermedad podría evolucionar hasta convertirse en amenaza a la seguridad nacional, sobre todo si se carece de una estrategia clara que enfatice la prevención, la producción de medicinas –y el acceso de las mismas a la población-, al igual que de vacunas.

Dicen que hay que aprender de las malas experiencias. La epidemia de la influenza A H1N1 contribuyó a que el gobierno de Felipe Calderón diera a conocer el Programa de seguridad nacional 2009-2012, en el cual las enfermedades epidémicas fueron incluidas en la lista de riesgos para la seguridad nacional.

Puesto que su administración se abocó primordialmente al combate del crimen organizado, tuvo que acontecer la epidemia de la influenza para que las autoridades se convencieran de que hay flagelos para la seguridad nacional que no necesariamente proceden del narcotráfico.

Algo parecido le ocurrió a Estados Unidos, que desde 2001 caracterizó al terrorismo como la principal amenaza a su seguridad nacional y no fue sino hasta el arribo del huracán Katrina en 2005, que incluyó a los fenómenos naturales como amenazas a su supervivencia como nación.

Por cierto que el Programa de seguridad nacional 2009-2012 fue la política más clara y articulada del gobierno precedente en materia de Seguridad Nacional, aunque con fecha de caducidad.

Desafortunadamente en México, cuando se produce un cambio de gobierno, muy difícilmente se retoman las políticas acertadas, o medianamente aceptables de las administraciones precedentes.

Sería deseable por tanto, que cuando Mercedes Juan dé a conocer la Estrategia Nacional en materia de Salud, tome en cuenta experiencias previas, amén de que será necesario que asuma con seriedad el problema del sobrepeso y la obesidad en México.

* María Cristina Rosas es Profesora e investigadora en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Preside el Centro de Análisis e Investigación sobre Paz, Seguridad y Desarrollo, Olof Palme, A. C.

Fuente: Alainet.org

 

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