Segundo debate en España, sin camisa de fuerza

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La suerte ya está echada pero nadie sabe a ciencia cierta quién será el más favorecido por ella. Después del segundo y último debate entre los cuatro candidatos a la jefatura del gobierno de España las encuestas de salida apuntaron a Albert Rivera como el claro perdedor y a sus tres contrincantes, Pedro Sánchez, Pablo Casado y Pablo Iglesias como los ganones tras los 120 minutos de ásperos intercambios y, a veces, insultos.

Rápidamente se establecieron dos bloques: Sánchez e Iglesias y Casado con Rivera. El detalle no fue que, como sucedió en el debate del lunes, el Partido Popular y Ciudadanos trataran de acorralar a un Sánchez mucho más seguro de sí mismo, sino que Casado se dedicara también a atacar sin miramientos a Rivera. Era la guerra por la supremacía en el flanco de la derecha española, supremacía que es discutida desde la extrema derecha por Santiago Abascal y su partido Vox, que estuvo más presente que ausente en el último debate.

Mientras Sánchez e Iglesias parecían una sincronizada pareja de baile, aunque a veces hacían el esfuerzo de lanzarse alguna que otra puya para que no se notara tanto, los dos gallos de la derecha peleaban sin cuartel para ganar el fragmentado voto de ese sector ideológico.

Del apocado y titubeante Casado del lunes pasamos a un Casado agresivo pero relajado, como si las últimas 24 horas se hubiera sometido a un exhaustivo entrenamiento. En la otra esquina el catalán Rivera se vio incómodo, descolocado, chillón y protestón. Durante los 120 minutos de combate se dedicó a interrumpir reiteradamente a los otros tres, en especial a Sánchez. La actitud del líder de Ciudadanos desesperó al líder de Podemos, que no se aguantó las ganas y le espetó: usted es un maleducado, un impertinente. Rivera se quedó mudo.

Fue un debate muy dinámico, sin camisas de fuerza. No cambiaron las propuestas que ya habían presentado el lunes pero sí cambió la intensidad con que las hicieron y defendieron. Los moderadores le preguntaron a Sánchez sobre con qué partido negociaría para formar gobierno y el líder socialista respondió: por supuesto que con Ciudadanos no. Rivera y Casado aprovecharon la rendija para remarcar que el actual presidente español se aliará con los independentistas catalanes y con los terroristas vascos de Bildu. Sánchez optó por sonreír como toda respuesta.

La crispación desplegada por Rivera ayer se tradujo en un clamoroso abandono del centro político que hasta ahora presumía como exclusivamente suyo. Ya entró en la disputa sin miramientos por el liderazgo de las derechas provocando internamente desacuerdos en cuadros y militancia por una deriva que podrían hacérsela pagar en la urnas.

Y a menos que en los cinco días que quedan para la cita electoral la mayoría de los indecisos voten por el PSOE, es obvio que Sánchez necesitará el apoyo de Podemos y de catalanes y vascos para sacar adelante la investidura. Pablo Iglesias lo sintetizó con claridad: se acabaron los gobiernos de partido único.

Las encuestas publicadas el lunes pasado –ya se estableció la veda– dibujaban también que el bloque trifacho –PP, Ciudadanos y Vox– no lograrán los votos necesarios para formar gobierno, a menos que brinque la liebre y los indecisos opten por la derecha-ultraderecha. De modo que si los pronósticos se cumplen habrá gobierno liderado por el PSOE pero ese apoyo de Podemos y de los nacionalismos catalán y vasco no garantiza en absoluto la gobernabilidad.

Hace años el ex presidente socialista Felipe González vaticinó que España se encaminaba a una ingobernabilidad a la italiana pero, aclaró, el problema es que no somos italianos.

Fuente: La Jornada

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