“Fifí” y la discriminación imaginaria

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Por Violeta Vázquez-Rojas

En un texto publicado en Letras Libres el 2 de enero de 2018, Sandra Barba y Eduardo Huchín hacen un recorrido histórico bien documentado acerca del uso de la palabra fifí en algunas publicaciones de principios del siglo XX. Además de los significados que ya se conocen (como “frívolo” o “conservador”, para los cuales remito al lector al texto de Gibrán Ramírez: https://suracapulco.mx/2018/11/07/catrines-y-fifis-en-tiempos-de-cambio/), los autores destacan un contenido asociado a este vocablo que había sido pasado por alto en las discusiones recientes. Para ellos, los documentos registran claramente que fifí designaba, además de una clase social, una manera afeminada de comportamiento y, por lo tanto, discriminaba a los hombres que se alejaban del estereotipo heterosexual. Muestran algunos pasajes en los que escritores de la época, como Gregorio López y Fuentes o Salvador Novo, refieren detalles sobre la vestimenta y los manierismos de esta clase de hombres jóvenes, delicados, “ociosos e improductivos”. A partir de los usos encontrados, Barba y Huchín concluyen que el término fifí conlleva una carga discriminatoria, alusiva a la conducta sexual y la edad, y que tal contenido en esta palabra es –literalmente– ineludible:

“¿Qué sentido tiene recuperar una palabra que se usó contra los hombres “afeminados”, reduciéndola ahora a mera denuncia de desigualdad de ingresos o diferencia de clase? Si la historia se cuenta a medias, ignorando las partes inconvenientes, es probable que fifí tenga esa potencia política que muchos le atribuyen, pero si uno pone un poco más de atención puede darse cuenta de que el significado de “afeminado”, y otros más, son ineludibles.”

Para los autores, la palabra fifí no es (“nunca ha sido”) una descripción de desigualdad meramente económica, sino que “empaqueta tu ubicación en el espectro político, tus gustos, tu vestimenta, tu edad, tus modales, tu sexualidad, tu hombría y hasta tus defectos de carácter”. Para Sandra Barba (en twitter), esta evidencia “tira el argumento de que [el término]no es discriminatorio”.

En este texto me propongo contrargumentar esa conclusión con base en tres principios lingüísticos.

1. El significado de las palabras es distinto a la historia de las palabras.

Mi hija me pide avena para desayunar. Tiene tres años: no sabe cómo se escribe esa palabra (no sabe ni siquiera la forma y el sonido de las letras), no sabe de qué idioma vino antes de ser parte del español, no sabe su historia, ni sabe si en el siglo XIX tuvo alguna connotación que no tenga ahora. A pesar de que no sabe ninguna de estas cosas, no puedo decir que desconozca el significado de la palabra avena. Sabe qué porción del mundo designa. Sabe que si algo que está en su plato “es avena”, entonces eso que está en su plato es comestible; sabe que si le doy un plato de arroz y le digo “es avena” le estoy mintiendo. Saber el significado de una expresión –decimos los semantistas– es saber cómo debe ser el mundo si esa expresión figura en una oración verdadera. Los niños que están aún en el proceso de adquirir su lengua materna son de la evidencia más contundente de que saber el significado de una palabra es un conocimiento muy distinto, e independiente, del de conocer la historia, los usos previos, o los orígenes de las palabras. Si fuera de otro modo, no podríamos adquirir una pieza del léxico antes de aprender su historia. Es decir, nunca aprenderíamos a hablar.

2. El significado es una convenciónY no hay convenciones ocultas para quienes las adoptan.

Si digo papalote, mis interlocutores mexicanos evocarán la imagen de un artefacto formado por un armazón ligero forrado en papel o plástico, que se echa a volar al aire sujetado de un cordel. Ahora imaginemos que alguien nos trae la nueva de que la palabra papalote no remite a ese artefacto, sino a un lepidóptero de alas usualmente coloridas. La mera idea es absurda: el tipo de artefacto que designa papalote se asocia con esta palabra del español mexicano por convención, y las convenciones tienen que ser conocidas por quienes las adoptan –en este caso, por los usuarios de la lengua–. No existe algo así como una convención “oculta” para la comunidad que la usa, de modo que no puede llega alguien a decirnos que hemos estado equivocados y que la convención “real” del significado de papalote no es la que conocemos, sino otra, desconocida por la mayoría, pero revelada para esa persona y algunos cuantos eruditos. En otras palabras, si alguien dice que una cierta palabra, que nosotros usamos con el significado x “en realidad significa” y, lo que está diciendo es “el acuerdo que ustedes creen que tienen no es el que tienen, el acuerdo es este otro, que no conocen”. Es, pues, un sinsentido.

3. El significado está en las implicaciones necesarias

Edward Keenan, un lingüista de UCLA al que todos los semantistas le debemos parte de nuestra formación, daba este consejo para dar con el significado de una expresión: No preguntes qué significa, pregunta qué implica. El significado se detecta en las relaciones lógicas entre expresiones, y se diagnostica mediante las intuiciones que los hablantes tienen de esas relaciones lógicas: la certeza de la implicación necesaria y el desconcierto de la contradicción. Si dos expresiones juntas no desconciertan, no son mutuamente contradictorias; si afirmar una conlleva afirmar la otra, la primera implica necesariamente a la segunda; dos expresiones que se implican mutuamente son sinónimas, etc. Así, creo que cualquier hablante de español estará de acuerdo en que la oración David Páramo es un fifí, pero no es nada afeminado no es una contradicción (es decir, “fifí” no implica “afeminado”), y Ricardo es fifí y además es muy amanerado no es una redundancia. En cambio, es inaceptable decir Rosita es muy afeminada (pues “afeminado” es un adjetivo que se predica sólo de hombres), mientras que es perfectamente aceptable decir Rosita es muy fifí. Del mismo modo se puede probar que, en su uso actual, fifí no involucra el contenido semántico de hombre joven, pues puedo decir sin contradecirme que Hernán entrevistó a muchas señoras fifís de sesenta años.

Nótese que, al hablar de implicaciones, añado de manera un tanto redundante el adjetivo necesarias: el significado de una expresión es una convención generalizada, no una asociación ocasional o hecha por capricho individual. Para saber qué significa fifí debo esclarecer qué implica en todos los casos. Las asociaciones particulares que hagan algunas personas o algunos contextos no son parte de ese significado convencional generalizado. Una tía sufrió un desamor infligido por un oaxaqueño, y desde entonces, para ella el adjetivo “oaxaqueño” estuvo impregnado de rencor y desprecio. Pero la historia de desamor de mi tía no puede forzanos a agregar en nuestra definición de “oaxaqueño” el contenido “persona poco confiable”. No toda asociación entre una palabra y un contenido es un significado. Es significado solo si es una asociación necesaria.

En fin, el análisis del significado de las palabras pasa por mucho más que un anecdotario de sus usos pasados. El significado de una palabra es el que los hablantes le confieren en su uso actual –y digo “actual” porque es en este ámbito que se trata de imponer la percepción de que el término fifí es discriminatorio por una supuesta asociación con la edad y la sexualidad de los individuos así designados–.

Aunque no se crea, hay gente que se dedica metódicamente al análisis semántico. Desde luego, los semantistas no dictan lo que las palabras significan, ni revelan convenciones que (casualmente) los hablantes desconocían. Como cualquier lingüista, los semantistas atestiguan y hacen explícito, con el mayor rigor posible, lo que los hablantes saben, porque la lengua es de quien la habla, no de quien la describe.

@violetavr

Fuente: Medium

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