El hombre más sencillo del mundo

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Por Francisco Ortiz Pinchetti

Dueño de 70 periódicos en otras tantas ciudades de la República, de una agencia internacional de noticias y de estaciones de radio y televisión en diversas entidades, Mario Vázquez Raña, el magnate de la industria editorial y del olimpismo internacional fallecido el pasado domingo 8 de febrero, fue considerado por un libro francés sobre los 200 hombres más ricos del mundo, editado por la revista  L’Expansion, como “el Ciudadano Kane de México” (en alusión a la famosa película de Orseon Welles, de 1941).  Le pedí su opinión al respecto. “No, no, nooo” me dijo en medio de una risotada mientras miraba la brasa de su largo habano recién encendido, relucientes las uñas por el manicure. “Yo soy el hombre más sencillo del mundo”.

Vázquez Raña, el mueblero que se convirtió en magnate de la industria periodística y virtual dueño del olimpismo internacional, fue durante más de tres décadas la personificación misma de la relación perversa entre la prensa y el poder que caracterizó los años dorados de la hegemonía del PRI en nuestro país. Aseguraba que no era priista. Y precisaba, sin pudor: “soy gobiernista”.

Amigo de Jefes de Estado –entre ellos todos los presidentes de México, “de Luis Echeverría para acá”– magnates, políticos, artistas e intelectuales en 150 países del orbe, según presumía él mismo; presidente también del Comité Olímpico Mexicano (COM), de la Organización Deportiva Panamericana, de la asociación mundial de comités olímpicos nacionales –”el líder más grande que hay en el movimiento olímpico internacional”, se autocalificaba. Sólo tenía una desgracia, decía: “querer mucho a la gente”.

Lo entrevisté en octubre de 1988, cuando tenía 55 años de edad y estaba en la cumbre de su imperio. Fue una conversación larga y amable, divertida, que se inició en su despacho del COM, continuó a bordo de su camioneta tipo “Van” escoltada por cuatro guaruras, y concluida en sus oficinas de la Organización Editorial Mexicana (OEM), en la colonia San Rafael de la capital mexicana. Hablamos de las olimpiadas, del deporte, de la prensa, del dinero, del poder. Pienso que es importante recordarlo, como ícono que fue de toda una época.

Vázquez Raña, el “periodista”, aseguraba sin inmutarse que de haber corrupción en la prensa mexicana “yo no la vivo” y alardeaba que él había acabado con el embute en el Comité Olímpico, donde antes “se repartían sobres”. Asegura que en sus periódicos nunca oculta una nota, “aunque procuro una crítica con delicadeza, muy realista llamémosle así”.

Acerca de su riqueza, negaba ser poseedor de una fortuna como la que se le atribuía en aquel entonces (unos 550 millones de dólares). “Vivo con comodidades, pero sin lujos”, decía. Y confiaba al reportero, como en secreto: “Fíjese que ni me gustaría tener mucho dinero”.

Fue aquella la única ocasión en que lo traté personalmente. Lo recuerdo impecable en el vestir –traje café claro, corbata oscura, camisa ligeramente crema, un emblema olímpico de oro en la solapa– con ademanes de gran señor, amable aunque seco. Mario Vázquez Raña era la imagen viva del triunfador. Con igual desenfado describía sus propiedades que se decía amigo al mismo tiempo del Papa Juan Pablo II y de Fidel Castro, de los presidentes de Corea del Norte y de Corea del Sur, de George Bush y de Michael Dukakis, de Miguel de la Madrid y de Carlos Salinas. “Nadie tiene realmente el poder”, postulaba.

Mientras Vázquez Raña hablaba y hablaba del deporte, “mi más grande pasión”, el escenario de la entrevista cambiaba: de la amplitud fría y austera de su despacho en el COM, en Lomas de Sotelo, al jardinado, elegante espacio de sus oficinas de presidente y director general de OEM. En torno de un jardín central, en el que había una fuente, el refugio del magnate en el tercer piso del edificio incluía el despacho propiamente dicho, la sala de juntas, el comedor, la sala de descanso, el bar, el gimnasio, el sauna y un pequeño departamento con recámara, estudio y peluquería: todo para él. “Al principio éramos cinco socios. Ahora estoy solito. Ahorita no hay aquí nadie más que tenga un clavo. Solamente yo. Todo es mío”. Y todo eran 70 periódicos, que se editaban en 26 estados de la República, que sumaban  2.2 millones de ejemplares diarios, que consumían 75 mil toneladas de papel al año, que forman la cadena periodística más grande del mundo, conocida como “la cadena de los soles”.

Me referí a la mención que hacía el libro de L’Expansión, que lo ubicaba como el quinto hombre más rico del mundo, con una fortuna estimada en tres mil 200 millones de francos (unos 550 millones de dólares).  “Que me den el diez por ciento”, me dijo en tono de broma. Luego agregó, ya serio: “Yo nunca fui un hombre rico. Tengo 46 años de trabajar sin parar. Comencé a los nueve años. Y no me da pena: al contrario. He trabajado de día y de noche. Cuando compré esto (la OEM), aquí se perdían muchos millones de pesos diarios. Pude sacarlo adelante. Tuve que vender muchas cosas para sacar esto adelante. Esto me costó 16 millones de dólares cash y otros 84 millones de dólares que era lo que debía la compañía. Había 33 periódicos, de los cuales funcionaban 28. Tuve que comprar nuevas casi todas las rotativas, porque las que había eran unos vejestorios. Y me metí a trabajar aquí como si estuviera trabajando para comer”.

Vázquez Raña adquirió del gobierno federal la propiedad de los 33 periódicos que conformaban la llamada cadena García Valseca, creada por un coronel poblano de triste memoria, su predecesor en más de un sentido. La compra ocurrió en 1976, unos meses antes de que terminara el gobierno de Luis Echeverría Álvarez. Nunca quedaron suficientemente dilucidados los montos ni las circunstancias de la operación. Vázquez Raña era entonces, junto con sus hermanos –los Hermanos Vázquez– uno de lo más prósperos industriales y comerciantes en el ramo de los muebles. Dejó todo eso para meterse a la prensa. ¿Por qué? “Si me lo hubiera preguntado durante los primeros ocho años, le habría contestado que por tonto, que había sido un error. Mientras me rascaba la cabeza para poder pagar y salir adelante, echaba maldiciones a mi decisión de comprar esto. Ahora puedo decirle que estoy encantado, que soy el hombre más feliz del mundo”.

Hizo luego esta reflexión, elocuente: “El hombre debe de trabajar y debe vivir. Yo sé trabajar y sé vivir”. Y como si quisiera enfatizar su dicho, extendió  ambos brazos y respiró hondo. Luego tomó  un puro, lo encendió con un cerillo de palo y me platicó en tono confidente: “Mi casa no es lujosa, pero tiene todas las comodidades. Creo que la casa es una de las modestas que hay ahí en el pedregal de San Ángel; pero si quiero cine, lo tengo; si quiero gimnasio, lo tengo; si quiero alberca, la tengo; si quiero un jardín, lo tengo. Lo que no tengo son lujos. Aquí mismo, en mi oficina, tengo también todo eso. ¿Por qué?: Porque sé vivir. “¿Cuentas en el banco? Yo no tengo un centavo fuera de México. Es fácil entenderlo: todo el dinero lo invierto. En efectivo, no sé, puede ser que ahorita en la caja tenga yo 20 mil millones de pesos, diez mil millones, no lo sé. Nunca lo checo; pero están en el negocio.”

Vázquez Raña hizo entonces un inventario: “Tengo buen transporte, sí. Por necesidad tengo un buen avión (un jet Falcon). Yo sin avión soy hombre muerto. Creo que me las arreglaría mejor sin auto que sin avión… Tengo un rancho, en Puebla, que lo tengo porque no le he podido vender. Tengo una casita que la acabo de comprar porque me gusta mucho montar, una chocita aquí en Tres Marías, con caballerizas. Y voy los sábados o los domingos a montar un rato, cuando tengo tiempo. Tengo mi casa del Pedregal. Tengo unas casas en Insurgentes que las tengo deshabitadas. Era donde vivíamos antes. Por cariño las tengo, desocupadas, porque ahí vivieron mis papás y todo eso. ¿Qué más? ¿Coches?: catorce, quince coches para toda la familia”.

Se detuvo y se levantó del mullido sofá en el que se encontraba: “Y tengo, claro, todo lo que abarca Organización Editorial Mexicana. Ni un centavo más. Nunca he tenido siquiera la curiosidad de hacer un avalúo de esto, porque lo negocios de la comunicación valen cuando hay un idiota que los paga; pero de acuerdo a la inversión, no deja el dinero correspondiente.”

–Y la UPI –interrumpí.

–Claro, la UPI: la UPI es mía.

En efecto, Vázquez Raña había adquirido ya para entonces en 41 millones de dólares la agencia estadounidense de noticias United Press International (UPI), una de las más importantes del mundo. Tuvo problemas serios durante la adquisición. Hubo un juicio que ganó. Y luego hubo que enfrentar la oposición de los clientes de la UPI y el descontento de sus propios empleados. Finalmente, dejó en otras manos la operación de la agencia. “Lo que pasa –me explicó– es que yo no podía estar en Estados Unidos más de cierto tiempo al año, porque si no lo vuelven a uno causante de impuestos en Estados Unidos. Por eso hice un convenio con una compañía para una especie de manejo-arrendamiento, que vendría a ser, digamos un alquiler. La compañía sigue siendo mía. Más ahora: yo tenía el 95 por ciento; ahora tengo el 97 por ciento”.

En otro momento de la entrevista, asumido ya en su papel de “periodista”, Vázquez Raña aseguró que si tuviera un trabajo que no le gustara, “aunque ganara cien veces más que aquí, yo estaría aquí”. Le agarró gusto al periodismo, dijo. “Mientras fui industrial y fui comerciante, fui feliz. Cuando me vine para acá, los primeros años fui feliz a güevo, sí, a fuerzas. Porque salía o perdía todo. Ahora si ganamos o no ganamos, no me preocupa. Lo que no quiero es perder. Yo tengo 70 periódicos. En 14 de ellos pierdo dinero. ¿Porque no los quito?: porque a lo mejor con la ganancia de dos o tres cubro esa pérdida. Tengo 22 periódicos, o 24, que son unos señores periódicos, unos señores periódicos”.

Negó cualquier asomo de censura en sus diarios. “Nunca”, enfatizó. “Ningún periodista de los que escriben aquí puede decir que yo le borro. Les he borrado cuando dicen majaderías, o cuando dicen… a mí no me gustan mucho los adjetivos, eso sí”.

Le tiré directa la pregunta sobre la relación de los medios y el poder, él el  magnate de la prensa mexicana. Fue elocuente: “Pienso que una cosa es la Libertad de Prensa y otra cosa es el poder público y que los dos se deben respetar. A veces creo yo que lo que dice la prensa al gobierno, el gobierno debería pagar porque se lo dice, aunque sea en contra. Porque el buen político cuando hablan de él y dicen la verdad, debe aprender. Es una escuela diaria. Yo creo que son dos cosas diferentes, que se deben respetar mucho, pero mucho mucho, y considero que las dos cosas son muy separadas, unificadas pero separadas”.

–La prensa ¿da poder?

–A mí me dicen: qué se siente tener tanto poder. Yo miro a los lados. Soy el hombre más sencillo del mundo. Cuanto más he logrado tener, más sencillo soy. Jamás, nadie, ningún funcionario, ningún político puede decir que le pedí un favor. El político que diga que le pedí un favor, miente. Jamás, jamás, jamás, jamás, jamás he pedido un favor a un político. Como político no. Amigo sí, por eso somos amigos ¿no?: oye ayúdame en esto, en lo otro; pero a un político jamás.

Abundó en el tema: “Me siento contento de ser amigo de los políticos. He sido amigo de Luis Echeverría, amigo de López Portillo, amigo de Miguel de la Madrid. Soy amigo de Carlos Salinas; pero una cosa es su trabajo y otra cosa es mi trabajo. Si quiero que mi negocio no se muera, aunque sea en contra de mis amigos tengo que hablar. Aquel político que cree que la amistad es para que le oculten sus errores, no es amigo”.

Pensaba Vázquez Raña que el país que no tuviera democracia y que no tuviera libertad de expresión, “que mejor se borre del mapa, que alguien le tire una bomba atómica, que se acabe ese país”. Le cuestioné: ¿Cómo hablar de libertad de expresión en México, cuando hay una dependencia económica vital de la prensa respecto al gobierno? Contestó: “Si yo tengo los periódicos y vivo exclusivamente de lo que me da el gobierno, estoy mal. Me gusta que me den publicidad del gobierno, porque se la dan a los demás. El día en que el gobierno diga: no le vamos a dar publicidad a ningún periódico, yo aplaudo al gobierno; pero a todos parejos, ¿eh?, nada a nadie. Porque mientras les den a los demás, uno también tiene la obligación de recibirlo. Deben darle a todos”.

El presidente López Portillo, su amigo, reconoció la existencia de una prensa corrupta en México, le recordé. No dudó: “Para haber algo corrupto tiene que haber dos. Uno solo no puede ser corrupto. Es como en un pleito: tiene que haber dos. Entonces, si alguien dice que hay corrupción en la prensa, yo no lo digo, es porque hay otro corrupto. Reconoció también que los sueldos de los reporteros, incluidos los que trabajaban en los periódicos de su cadena, “son muy bajos, definitivamente”. Comentó: “Yo les digo a mis gentes que cuando puedan tengan dos trabajos. Prefiero eso a que sean corruptos”.

Cuando le pregunté si era compatible el negocio de hacer periódicos con la obligación de informar, pareció sincerarse: “No se puede hacer negocio pensando como periodista. Digo, si no se quiere ser corrupto. Por eso yo divido esto en dos campos. Creo que no hay en el mundo una organización tan bien planeada. Yo estoy como presidente y director general. Tengo un gerente general y tengo un vicepresidente y subdirector general. Este hace el periódico, sin hacer comentarios de finanzas con el gerente. Siempre están peleados, no tienen remedio. Yo los junto, como con los dos, porque si no se matan. El subdirector trata de hacer un buen periódico, sin importarle si se gana o se pierde; el gerente lo que quiere es tener ganancias, sin importarle si se hace o no un buen periódico. Yo trabajo con esos dos criterios. Es difícil, pero funciona”.

Notó Vázquez Raña que miraba yo la fotografía a color del presidente Miguel de la Madrid que adornaba uno de los muros del comedor, luego de observar que había otra foto de Miguel de la Madrid en el bar. “Siempre tengo la foto del presidente en turno”, confirmó el magnate, cuya cercanía con Luis Echeverría dio pie a la versión de que el ex presidente era el verdadero dueño, o al menos socio, de la OEM. Él lo negó siempre, pero en el libro francés que se ocupó de su fortuna se aseguraba que Echeverría le facilitó la adquisición de la cadena, en manos entonces del gobierno, en agradecimiento porque financió su campaña electoral. “Nada más falso”, me dijo. “Absurdo: Echeverría no tuvo nada que ver en la operación. No intervino. Él me animó, es cierto: éntrale, éntrale, me decía. Yo no quería: qué chingados voy a hacer en eso. Éntrale, insistía. Tardé tres meses en decidirme. Yo tenía dinero, porque andaba comprando la fábrica de estufas Acros. Hasta que dije: le voy a entrar”. Insistió varias veces en que lo que determinó la venta de la OEM a su favor fue que aceptó y firmó la deuda de 84 millones de dólares que la empresa tenía. “Llegó el idiota y firmó. Y el gobierno se lavó las manos. Eso fue lo determinante, no mi amistad con Echeverría. Ese es un error fatal”.

Le pregunté de plano si era priista. “Soy gobiernista”, repuso muy en serio. “Soy institucional. Pienso que lo más grande que tenemos en el país es la paz social. Que últimamente hemos andado medios enredados, bueno, sí; pero mientras yo no vea que hay algo mejor que lo que tenemos, seguiré siendo gobiernista. Hablo como ciudadano, no como editor ¿eh?”.

Al final de la entrevista Vázquez Raña invitó al reportero a recorrer sus oficinas. Su casa-oficina. El sauna estaba listo, caliente. En el gimnasio y en el despacho principal, los muros estaban tapizados de cuadros: fotografías, diplomas, medallas, condecoraciones, charolas… Vázquez Raña con el Papa, Vázquez Raña con López Portillo, Vázquez Raña con Fidel Castro. Una condecoración señalaba en especial: “Esta la tenemos solamente tres en el mundo: el Papa, Samarach y yo”. Eran 53 condecoraciones de gobierno las que tenía ya en su haber. Las preseas deportivas, reconocimientos, regalos, eran incontables. “Y esto es sólo parte. Para poner todo, necesitaría como 500 metros de muro”, me dijo con admirable sencillez. Válgame.

Twitter: @fopinchetti

Fuente: Sin Embargo

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