El Bitcoin cumple 10 años de vida

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Por Marc Gonsen

Hoy, hace 10 años, una persona de la que no se sabe prácticamente nada inventó una moneda que formalmente tampoco es reconocida, pero que al día de hoy se cotiza en más de 128 mil 598 pesos.

Se trata del Bitcoin, palabra que apareció por primera vez el 31 de octubre de 2008 en un manifiesto publicado en un foro digital sobre criptografía bajo la autoría de Satoshi Nakamoto, personaje cuya identidad real hasta la fecha se desconoce.

Redactado en forma de ensayo académico, el texto de Nakamoto propone una idea sencilla, pero revolucionaria: crear transacciones económicas en internet directas de usuario a usuario, sin la mediación de una institución financiera.

Se trataba, por decirlo de forma simplificada, de que las compras y ventas en la red fueran tan sencillas como ocurre en el mundo físico, cuando dos personas se ven de frente e intercambian billetes y monedas por productos, en el que la posesión del dinero es anónima.

En una dinámica de vendedores y clientes de carne y hueso no queda registro de la operación en internet, ni se requiere que las dos partes den algún tipo de dato personal a un tercero que funja como “aval” de la transacción (léase bancos).

Por el contrario, como lo define Nakamoto desde las primeras líneas de su ensayo, el problema del comercio en internet es que depende exclusivamente de las instituciones financieras.

Sin ellas, no es posible procesar pagos electrónicos. No sólo proveen la herramienta técnica, sino que actúan como garantes de la operación. Cliente y vendedor están obligados a confiar en ellas, al grado de compartirles un sinfín de datos personales y financieros. Y, por supuesto, cobran por ello.

Aunque se les denomina en el ensayo como “terceros de confianza”, las instituciones financieras en ese momento eran incapaces de generar tal sentimiento. Mes y medio antes había quebrado el banco de inversiones estadunidense Lehman Brothers y su caída arrastró al mundo a la peor crisis global desde la depresión de 1929.

Con ese antecedente, no extrañó la simpleza de la propuesta de Nakamoto: eliminar al tercero de confianza y crear el mecanismo para que dos usuarios intercambiaran dinero entre sí sin la mediación de instituciones financieras.

La solución propuesta es técnicamente un poco más compleja: consiste en un sistema de pagos basado en pruebas criptográficas, con una moneda electrónica que en realidad es una cadena de firmas digitales y marcas de tiempo, cuya elaboración –a la que se denomina coloquialmente como “minería”– requiere una fuerte inversión de recursos computacionales.

Al no requerir de un banco que garantice la operación del bitcoin, la fiabilidad de esta moneda está garantizada porque todos quienes participan en ella son parte del sistema de encriptamiento que la hace posible.

Las transacciones están a la vista de todos –aunque no se sepa el nombre de quienes las ejecutan– gracias a que están registradas en una especie de libro de contabilidad público y abierto llamado cadena de bloques (blockchain).

Al cumplirse una década de que el ensayo “Bitcoin: a peer-to-peer electronic cash system” apareciera misteriosamente anunciado en una lista de correos sobre criptografía del sitio metzdowd.com, la nueva moneda ha ido acumulando tanto adeptos como controversias.

Rechazada por los bancos centrales y las instituciones financieras convencionales, el bitcoin ha sido señalado de ser moneda de cambio para transferencias ilegales en la llamada “red oscura”.

Incluso, la Agencia Antidrogas Estadunidense (DEA, por sus siglas en inglés) advirtió hace un año en su informe “2017 National Drug Threat Assessment” que el bitcoin y otras criptodivisas son ya amenazas de lavado de dinero, al permitir a las organizaciones criminales transnacionales transferir fácilmente ingresos ilícitos a escala internacional.

En contraparte, goza de mejor fama el blockchain, la tecnología en la que se basa el bitcoin y que –paradójicamente– está siendo evaluada como alternativa por bancos tradicionales de todo el mundo, así como por instituciones, gobiernos y empresas, para garantizar operaciones seguras en la red.

Lo que no es seguro es que en el corto plazo se sepa quién es Satoshi Nakamoto, seudónimo detrás del cual se especula que está no sólo uno, sino varios especialistas en computación y criptografía.

Tras haber sentado las bases de las criptodivisas, Nakamoto desapareció de la red de la misma forma misteriosa que un día reinventó la economía.

Fuente: Apro

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