Yo soy la mamá de Adam Lanza

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Es hora de hablar sobre la enfermedad mental

La tragedia nacional del viernes pasado que dejó 20 niños y seis adultos muertos en la Escuela Primaria Sandy Hook en New Town, Connecticut, ha encendido una nueva discusión sobre la violencia en Estados Unidos. En las cocinas y cafeterías de todo el país, entre lágrimas, se debaten los múltiples rostros de la violencia en La Unión Americana: la cultura de las armas, la violencia mediática, la falta de servicios de salud mental, y las guerras abiertas y encubiertas en el extranjero, la religión, la política y la manera en que criamos a nuestros hijos. Liza Long, una escritora que vive en Boise, dice que es fácil hablar de las armas. Pero es el momento de hablar sobre la enfermedad mental.

Por Liza Long

Tres días antes de que Adam Lanza, de 20 de años de edad, matara a su madre y abriera fuego contra una clase llena de niños de kínder en Connecticut, mi hijo de 13 años de edad, Michael (he cambiado su nombre), perdió su autobús porque llevaba pantalones del color incorrecto.

“Sí puedo usar estos pantalones”, me contestó en un tono cada vez más agresivo, mientras lo negro en sus pupilas comenzaba a tragarse lo azul de su iris.

“Son azul marino”, le dije. “El código de vestimenta del distrito dice que pantalón negro o caqui solamente.”

“A mí me dijeron que podía utilizar estos”, insistió. “Eres una perra estúpida. Yo puedo ponerme los pantalones que yo quiera. Vivo en Estados Unidos, tengo derechos! “

“No puedes ponerte los pantalones que quieras”, le dije, con tono razonable. “Y definitivamente no puedes llamarme una perra estúpida. Estás castigado. Nada electrónico durante el resto del día. Métete al coche, te voy a llevar a la escuela. “

Vivo con un hijo que padece una enfermedad mental. Lo amo, pero me aterra.

Hace un par semanas, sacó un cuchillo y amenazó con matarme y luego suicidarse, sólo porque le pedí regresar los libros que había rentado en la biblioteca y que ya se le habían pasado de fecha de entrega. Sus hermanos de 7 y 9 años de edad ya conocen el protocolo de seguridad – corrieron al coche y cerraron la puerta antes de que yo se los pidiera. Me las arreglé para quitarle el cuchillo a Michael, y luego, metódicamente, fui recogiendo todos los objetos punzantes de la casa y los metí en un solo recipiente Tupperware que llevo conmigo siempre. Él seguía gritando, insultándome, amenazando con matarme y lastimarme.

Ese conflicto acabó cuando tres policías y un paramédico se llevaron a mi hijo en un costoso viaje de ambulancia a la sala de emergencias. No habían camas disponibles en el hospital psiquiátrico aquel día, pero Michael fue tranquilizándose en la sala de emergencia, por lo que nos mandaron de regreso a casa con una receta médica para tomar Zyprexa y una visita de seguimiento con un psiquiatra pediátrico local.

Todavía no sabemos qué tiene Michael. Autismo, déficit de atención dispersa con hiperactivismo y trastorno negativista desafiante o explosivo intermitente han sido algunos de los diagnósticos debatidos en diversas reuniones con agentes y trabajadores sociales, consejeros, maestros y administradores escolares. Ha tomado montones de medicamentos antipsicóticos y para estados de ánimo; prácticamente una novela rusa de planes conductuales. Nada parece funcionar.

Al comenzar séptimo grado, Michael fue aceptado en un programa avanzado de matemáticas y ciencias. Su coeficiente intelectual está por las nubes. Cuando está de buen humor, goza de platicar sobre temas que van desde mitología griega, hasta las diferencias entre la física de Einstein y la de Newton, hasta Doctor Who. Está de buen humor la mayor parte del tiempo. Pero cuando no es así, hay que tener cuidado. Además, es imposible predecir qué es lo que lo desencadena.

Semanas después de entrar en su nueva secundaria, Michael comenzó a exhibir conductas cada vez más extrañas y amenazadoras en la escuela. Así, decidimos trasladarlo a uno de los programas conductuales más restringentes del distrito, un ambiente escolar donde niños que generalmente no “encajan” en aulas normales pueden gozar de una “guardería pública y gratis” de 7:30 a 2 pm de lunes a viernes hasta que cumplan los 18 años.

La mañana del incidente de los pantalones, Michael siguió discutiendo conmigo de ida a la escuela. Se disculpaba de vez en cuando y parecía estar arrepentido. Antes de entrar al estacionamiento me dijo: “Mamá, lo siento mucho. ¿Puedo jugar videojuegos hoy? “

“De ninguna forma”, le dije. “No puedes actuar como lo hiciste esta mañana y esperar que te regrese tus privilegios electrónicos así de rápido”.

Su rostro se volvió frío y sus ojos, llenos de rabia. “Entonces me voy a suicidar”, dijo. “Voy a saltar de este coche ahora y me voy a matar.”

Eso fue todo. Después del incidente del cuchillo, le dije que si volvía a escucharlo hablar así, lo llevaría directo al hospital psiquiátrico, nada de peros. No respondí, excepto para cambiarme de carril, girando a la izquierda en vez de a la derecha.

“¿A dónde me llevas?”, preguntó preocupado. “¿A dónde vamos?”

“Ya sabes a dónde vamos”, le contesté.

“¡No! No puedes hacerme eso! Me estás llevando al infierno! Me estás llevando al infierno! “

Me detuve en la puerta de entrada del hospital, y llamé frenéticamente la atención de uno de los médicos que se encontraban afuera. “Llama a la policía”, le dije. “Date prisa”.

Para esto, Michael se encontraba en completo ataque de crisis, gritándome y golpeándome. Lo abracé para que no pudiera bajarse del coche. Me mordió varias veces y me clavó los codos en la caja torácica. Aún soy más fuerte que él, pero no lo seré por mucho tiempo más.

La policía llegó rápidamente y se llevó a mi hijo, gritando y aventando patadas, dentro de las entrañas del hospital. Mientras llenaba los papeles empecé a temblar y llorar – “¿Hubo alguna dificultad con … ¿a qué edad tenía su hijo cuando … ¿hubo algún problema con .. Su hijo ha experimentado .. tiene su hijo … “

Por lo menos ahora tenemos seguro médico. Hace poco tiempo tomé un puesto en la universidad. Tuve que renunciar a mi carrera como freelance por que cuando tienes un hijo como Michael, necesitas las prestaciones y los beneficios. No existen planes individuales de seguro para cubrir este tipo de cosas.

Durante los siguientes días, mi hijo insistía que yo me lo había inventado todo para deshacerme de él. Cuando le hablé por primera vez para ver cómo se encontraba, me contestó: “Te odio y me voy a vengar de ti tan pronto salga de aquí. “

Para el tercer día, ya había vuelto a ser el mismo muchacho tranquilo y dulce, con todas las disculpas y promesas de mejorar. Las he oído durante años y ya no me las creo.

En el formulario de admisión del hospital recuerdo mi respuesta ante la pregunta : ¿Cuáles son tus expectativas sobre el tratamiento? – “Necesito ayuda”.

Sí la necesito. Este es un problema demasiado grande para lidiar con él yo sola. A veces no existen buenas opciones. Sólo puedes rezar y esperar que en retrospectiva, todo tendrá sentido.

Comparto mi historia por que soy la madre de Adam Lanza. Soy la madre de Dylan Klebold y de Eric Harris; soy la madre de James Holmes; de Jared Loughner y de Seung-Hui Cho. Estos chicos y sus padres necesitan ayuda. Tras esta nueva terrible tragedia nacional, es fácil echarle la culpa a las armas. Yo pienso que es hora de hablar sobre la enfermedad mental.

Según Mother Jones, desde 1982, han habido 61 asesinatos masivos en el país. De estos, 43 de los asesinos fueron hombres blancos y sólo una era mujer. Mother Jones se enfocó en averiguar cómo habían adquirido sus armas y resultó que la mayoría las consiguió de manera legal. Pero las señales visibles de enfermedad mental deberían llevarnos a considerar el número de personas en EU que como yo, viven en constante miedo de sus familiares.

Cuando le pregunté al trabajador social que trabaja con mi hijo cuáles eran mis opciones, me respondió que lo único que podría hacer sería lograr que Michael fuera acusado de un crimen. “Si entra al sistema, comenzarán a llevarle un registro. Ésa es la única forma en la que vas a lograr algo; nadie te va a prestar atención a menos de que ya tenga cargos en su contra.”

No creo que mi hijo pertenezca en la cárcel. Un entorno caótico solo exacerba la sensibilidad de Michael a los estímulos sensoriales y no se ocupa de su patología subyacente. Pero parece que nuestro país está utilizando la prisión como solución para las personas que sufren enfermedades mentales. Según la organización Human Rights Watch, en las cárceles de nuestro país, el número de reos con enfermedades mentales se cuadruplicó de 2000 a 2006 y sigue creciendo. De hecho, la tasa de enfermedades mentales en presos es cinco veces mayor (56 por ciento) que en la población que no está presa.

Mientras que las clínicas públicas de tratamiento y los hospitales se encuentran cerrados al tema, la cárcel es ahora el último recurso para los enfermos mentales – Rikers Island, la cárcel del condado de Los Ángeles y la Cárcel del Condado de Cook en Illinois fueron los centros más grandes de tratamiento mental en nuestro país durante 2011.

Nadie quiere enviar a la cárcel a un genio de 13 años que ama a sus juguetes y a Harry Potter. Pero nuestra sociedad, con su estigma por la enfermedad mental y su roto sistema de salud, no nos proporciona otras opciones. Y luego surge otra alma torturada que rafaguea un lugar de comida rápida; o un centro comercial; o un aula de kínder garden. Y nosotros nos entristecemos y comentamos “Tenemos que hacer algo.”

Estoy de acuerdo. Es hora de tener un verdadero debate a nivel nacional sobre cómo tratar la salud mental. Ésa es la única manera en la que realmente podremos sanar.

Que Dios me ayude. Que Dios ayude a Michael. Que Dios nos ayude a todos.

Originalmente publicado en el blog The Anarchist Soccer Mom.

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