Tres años

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Por Alejandro Páez Varela

El Presidente tiene un bono de aceptación popular bastante bueno, incluso histórico. Y puede utilizarlo para profundizar los cambios que se plantea, claro. Pero también, cada vez con mayor urgencia, debe canalizarlo en tres retos impostergables: inseguridad y pobreza.

Ómicron pronto estará en todo el planeta; usted no dude de eso. El coronavirus reforzado se extenderá aún con el cierre de fronteras, y no porque lo diga yo sino porque esa es la lección que dejaron sus hermanas variables. Los argumentos de las partes se repetirán como en 2020: unos pedirán a los gobiernos encierros totales y otros dirán que el costo para la economía de los más pobres es peor que la enfermedad.

Pero Ómicron fortalece la otra lección no atendida: que se deben atacar las causas. ¿Por qué nació Ómicron? Es simple de entender: cada vez que se replica en cada nuevo enfermo, el virus ensaya versiones de sí mismo. Hasta que sale una más resistente y mejorada. Si el mundo hubiera entendido por qué es urgente repartir vacunas entre los países más pobres quizás habríamos evitado esta variable. En los siguientes meses veremos a las potencias asumiendo su parte de culpa e impulsando una idea que los mexicanos, con más problemas que Ómicron, entienden bien: primero los pobres.

Fracasó el modelo que privilegió el reparto de vacunas entre los ricos (porque de alguna manera incomprensible llegarían a los más pobres). La pandemia tomará nuevos bríos, y los mercados financieros globales castigan desde el viernes el rendimiento de las grandes empresas porque se prevé un invierno difícil, una nueva caída de la economía, un nuevo frenón. Lecciones tan aleccionadoras, Batman. Lástima que no todos las entienden.

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En México, la lección que vemos con las vacunas ya presentó consecuencias y reacciones. Como con el virus, el neoliberalismo vendió la idea de que entregar la riqueza a los de por sí ricos de alguna manera incomprensible impactaría para bien en los más pobres. No sucedió. La desigualdad se acentuó y la pobreza también. El llamado de “primero los pobres” hecho por Andrés Manuel López Obrador es la reacción a ese fracaso, a las consecuencias de un modelo fallido. La pregunta es si la reacción será suficiente para corregir el rumbo antes de que la población desespere.

El principal reto de este Gobierno, dicho en palabras del propio Presidente, es dejar las bases para corregir el rumbo. Pero al mismo tiempo que se instauran bases se tiene que atender lo inmediato. La metáfora del avión sirve como pocas: es imposible bajarlo del aire para reparaciones, como no se puede detener un país; y cambiar al piloto no sirve si el avión está destartalado. Entonces hay que hacer la maniobra en pleno vuelo: cambiar las turbinas, arreglar una ala, modificar los asientos y hacer entender a los de primera clase que la nave es de todos y que deberían compartir algo de lo que se comen entre los hacinados en la parte trasera, y no sólo cacahuates y cerveza.

La pandemia ha provocado un aumento de la pobreza. Y lo que pasa en Zacatecas, Guanajuato, Michoacán y otras entidades nos dice que pacificar al país es todavía un sueño, un anhelo lejano. La 4T se topa, entonces, con que el día a día demanda gran parte de su esfuerzo y no sólo impulsar un cambio de fondo. El Presidente mismo sabe, y lo ha dicho, que si no cumple con bajar los índices de la violencia su administración será castigada. Lo mismo pasa con la pobreza: si no mejora la estadística, nadie lo achacará a la pandemia. Se lo cargarán a su mandato. Repito la pregunta: ¿será suficiente el tiempo que queda, que es menos de tres años, para corregir el rumbo que llevaba el país antes de que la población desespere? Para eso último habría que analizar las encuestas disponibles, siempre con la advertencia de que hay que tomarlas con pinzas.

De acuerdo con Morning Consult Political Intelligence, el Presidente mexicano y el Primer Ministro de la India se disputan, sin mayor competencia (sólo la que hay entre ellos), el primer lugar en la evaluación de líderes globales. En la medición que resta los ciudadanos en contra y los que están a favor, Narendra Modi tiene 47 puntos y López Obrador tiene 44. Y en los sondeos individuales, el líder indio suma 71 por ciento a favor y 23 en contra, mientras que el mexicano anda en 68 por ciento a favor y 24 en contra.

Los datos son consistentes con las últimas dos mediciones de las pocas que han salido a estas alturas. Consulta Mitofsky daba el viernes pasado 66.0 por ciento a López Obrador, y El Universal, el mismo día, arrojaba dos números fuertes: una aprobación del 68 por ciento, pero los que darían su voto para retenerlo –durante una eventual consulta de Revocación de Mandato– son el 76 por ciento.

Tomemos la media: 67 por ciento. Es la mitad de camino entre el 68 por ciento que dan Morning Consult y El Universal, y un punto arriba de Consulta Mitofsky, que tiene 66. Pues bien, usando los ponderados de Oraculus, la tabla histórica de los presidentes de México queda así, en el mes 35 de su gestión:

• López Obrador, 67 por ciento.
• Felipe Calderón, 59 por ciento.
• Ernesto Zedillo, 58 por ciento.
• Vicente Fox, 56 por ciento.
• Enrique Peña Nieto: 37 por ciento.

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Creo que el Presidente tiene un bono de aceptación popular bastante bueno, incluso histórico. Y puede utilizarlo para profundizar los cambios que se plantea, claro. Pero también, cada vez con mayor urgencia, debe canalizar el bono en enfatizar en los temas que tienen efectos en el día a día de los ciudadanos. Mencionaría dos: inseguridad y pobreza. En mi opinión, en ambos le urge mostrar resultados y deberían volvérsele una obsesión, así como lo fue, durante los primeros tres años, hablar de la prensa y los intelectuales o impulsar los proyectos prioritarios como el Tren Maya, el Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles, Dos Bocas o el Transístmico.

Y dicho (o escrito) con todo respeto, una vez que eche a andar estrategias de corto plazo para la pobreza y la inseguridad, debe poner todo su esfuerzo en el otro elefante acostado en la cocina: la corrupción.

El Fiscal Alejandro Gertz Manero no funcionó, al menos hasta ahora; la Secretaría de la Función Pública parece adormilada; la Unidad de Inteligencia Financiera sufrió un cambio fuerte con la salida de Santiago Nieto y todavía no se sabe qué pasará, hacia dónde caminará; la Auditoría Superior de la Federación está secuestrada por aparentes vivales y el mismo Presidente ha restado legitimidad al Sistema Nacional Anticorrupción. ¿Qué nos queda? Celebrar que al menos Emilio Lozoya está detenido. Y celebrar porque hay ánimos de celebrar algo. Cualquiera podría preguntarse si eso es todo lo que vamos a ver, y no detenidos del calibre de Enrique Peña Nieto, Luis Videgaray o, al menos, Carlos Romero Deschamps.

Corrupción, pobreza e inseguridad. No hay manera de acomodar uno antes que el otro. Son los tres grandes problemas nacionales y, a mi manera de ver las cosas, el Presidente debería dedicar todo su esfuerzo –y aprovechar su bono de aceptación– para trabajar sobre ellos. Le quedan menos de tres años, aunque este 1 de diciembre cumple los primeros tres. Lo otro está encaminado, incluso blindado; esas obras van sobre rieles (al menos Tren Maya, Dos Bocas y AIFA, del otro desconozco mucho) y sólo imponderables las detienen.

Inseguridad, corrupción y pobreza. Sin ningún orden sugerido. Creo que eso debe ocupar la mente y el esfuerzo de López Obrador. Y si cruza el siguiente tramo con resultados puntuales en esos tres frentes (olvídense del 67 por ciento de aceptación, que eso distrae), el Presidente cerrará el sexenio con tal fuerza que la transición de 2024 será un mero trámite.

La popularidad de López Obrador tiene otras aristas, por supuesto.

Por un lado, es una sacudida a la oposición. Si quiere conservar lo que tiene, debe reconocer varias cosas. Una es que su estrategia, reciclada de 2006 (vender a AMLO como “un peligro”), no resultó. Otra, que la prensa ya no es suficiente para hundir a un Presidente y que el discurso de los intelectuales (exhibirlo como un “dictador”) se ha equivocado. Los números podrían sugerirle a la oposición un nuevo rumbo. A ver si lo entiende.

Por el otro, el Presidente podría sentirse satisfecho y cómodo así como va. Y creo que sería un error. Corrupción, pobreza e inseguridad: esa debe ser su prioridad en el siguiente tramo, sugiero humildemente. Tiene manera de concentrarse en ello. La historia, e incluso el Ómicron, le da la razón cuando plantea que “primero los pobres”. Ahora debe dedicar todas sus fuerzas a mostrar resultados.

Fuente: SinEmbargo

 

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