Autocomplacencia y el autoengaño

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Por Rolando Cordera Campos

Digamos que resulta un poco penoso, hasta bochornoso, enmendarle la plana al que se va y aguarle la bienvenida al que llega. Puede ser de mal gusto, pero parece obligado hacerlo a la luz de lo que ocurre en el mundo y de lo que realmente ha acaecido en esta tierra. Ahora, sobre algunos puntos importantes del desempeño económico nacional.

La economía que recibirá el nuevo gobierno no es robusta ni está sólida, como han dicho casi al alimón el secretario Meade y el presidente electo Peña Nieto. El que no se mueva ni emita burbujas peligrosas puede ser más bien síntoma de un preocupante quietismo, que en economía significa cosas malas como el desempleo o el cierre de fábricas.

El triunfalismo que acompaña estos días al presidente Calderón probablemente no tenga parangón, y su insistencia en el buen desempeño económico, laboral y del bienestar, uno de los principales focos donde él y sus colaboradores han desbordado su inveterada autocomplacencia. Para no mencionar el espinoso flanco de la seguridad, donde lo único que se ofrece y reclama es la fe de los justos.

En el resto del mundo se desparrama la recesión, y ni en Estados Unidos de América se ha podido alejar del futuro inmediato el espectro de otra caída en el empleo y la producción. De eso hablaron con valor y enjundia los demócratas encabezados por Obama en su convención, dispuestos a recorrer el camino largo y duro de una recuperación y un cambio estructural de gran envergadura. Pero para eso –lo dijo Obama con fuerza y coraje el jueves pasado– se necesita hablar con la verdad y no engañar a nadie.

El periódico especializado El Economista, en su edición del 31 de agosto pasado, decía en primera plana que la moderación y la disciplina habrían sido la marca de FCH en economía. Esa cabeza provenía de declaraciones de expertos a quienes, más adelante, en sus páginas 4 y 5, el mismo periódico pondría en entredicho. Estabilidad económica con estancamiento; El gobierno de FCH generó poco empleo; “Economía sexenal a la baja… se desacelera la expansión”, eran algunos de los titulares de una bien facturada oferta gráfica sobre el desempeño de la economía en este y sexenios anteriores.

Según el diario, el crecimiento medio anual del PIB fue de 3.4, 1.9 y 1.8 por ciento en los gobiernos de los presidentes Zedillo, Fox y Calderón, respectivamente. Entre el primero y el último año de cada sexenio, el PIB se incrementó 28.2 por ciento con Zedillo, 16.9 por ciento con Fox y 11.1 por ciento con Calderón, lo que ilustra la intrusión malhadada de una tendencia no al estancamiento estabilizador, como la llamamos algunos, inaugurada por el vicepresidente Gil Díaz durante el foxiato, sino a un franco deterioro del mínimo desempeño positivo que, a cuentagotas, se logró en estos 30 nada gloriosos años.

En el frente social no ha ocurrido nada diferente. El empleo está abiertamente dominado por la informalidad y, como consigna Ciro Murayama, “por cada empleo formal en el país se crearon 2.7 ocupaciones desprotegidas… Si es la Presidencia del empleo, será del precario” (El Universal, 6/9/12, p. A-15). Junto con el salario en sus diversas acepciones: mínimo, promedio, manufacturero o de cotización, o de milagro, esto desemboca en un panorama de mal empleo y vulnerabilidad social que las estimaciones más recientes de Coneval confirman: más pobres, menor salario real, más desprotección (véase Reforma, 7/9/12, p. 3).

Echarle crema a los tacos puede ser afición popular en tiempos de penuria, como placebo o, simplemente, para no caer en un pozo depresivo. Pero distorsionar la realidad, y sus horizontes cercanos, desde el poder, no evita que las cosas de la vida material contradigan cotidianamente los dichos de los dirigentes, y prepara escenarios de hartazgo, enojo y anomia, impulsados por el desengaño y la vivencia diaria de un estado generalizado de malestar frente al que el Estado no puede ofrecer bienestar creíble y duradero. El miedo va y viene, con y sin redes sociales perversas. Lo grave es que vaya a volverse una manera de vivir.

No hay duda: el país requiere confianza de sus ciudadanos, para acometer las difíciles tareas que impone abatir la inseguridad criminal que nos abruma. Esta confianza, sin embargo, no puede fincarse en ejercicios públicos de autoayuda colectiva, como en Un mundo feliz, de Huxley; implica incursiones serias y consistentes en el diagnóstico y la autocrítica, para poder fijar los tiempos de sacrificio y espera y convenir los objetivos y metas de mejoramiento que tendrán que ser graduales, precisamente porque la gravedad y vulnerabilidad de la situación así lo impone.

Una estabilidad financiera que descansa en el estancamiento del crecimiento y el empleo es engañosa, cuando no de plano falsa. Peor es una estrategia de comunicación sustentada en resultados edulcorados porque, como se dice, no le perdonan a uno ni la burla y no se detienen para pasar de ahí al escarnio. A la vista y el dolor de todos.

No es de ciencia infusa, mal aprendida en los manuales de la sabiduría convencional, de lo que está sediento este México atribulado por el miedo y una polarización a flor de tierra, que sólo no ven las tristes familias felices de siempre. Los dirigentes políticos y quienes, además, pretenden gobernarnos, deben arriesgarse a ver, pensar y llamar a las cosas por su nombre, para que la sociedad pueda ser convocada a efectivos, por creíbles, acuerdos en lo fundamental. Lo demás son operetas autocomplacientes, que no puede más que estrellarse en un destructivo autoengaño.

Artículo publicado originalmente en La Jornada

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