¿Morir de éxito en Barcelona?

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Por Miguel Riera

 

La exitosa manifestación del 11 de septiembre en Barcelona ha desatado una euforia sin precedentes en el seno del independentismo catalán, cuyas filas, a consecuencia de la crisis, se engrosan cada día más.

¿Cómo es posible que el independentismo haya aumentado desde el 8% de hace unos pocos años a –si hemos de creer en las encuestas que publica la Generalitat– más de la mitad de la población? Se debe a múltiples causas, desde luego, pero hay tres fundamentales:

La primera, y probablemente menos importante, es la actitud vociferante de eso que se ha venido en llamar la caverna mediática, acompañada por una estúpida verborrea de algunos políticos que, sistemáticamente y tomando la parte por el todo, han arremetido contra el pueblo catalán en su conjunto.

La segunda es el cumplimento riguroso de la hoja de ruta que se trazó CiU hace años, realizada sin prisas (hasta ahora) pero sin pausas, cuyos principales sostenes han sido la educación (sesgada en muchos centros educativos hasta extremos inverosímiles, con una falsificación de la historia que le deja a uno verdaderamente atónito) y los medios de comunicación. A cambio de cuantiosísimas subvenciones y otras formas de proporcionar ingresos, el independentismo se ha adueñado de la prensa y la radio, tanto públicas como privadas, de forma cada vez menos encubierta. Por supuesto los distintos canales de las televisiones autonómicas (y frecuentemente los espacios dedicados a temas locales en las televisiones nacionales) llevan muchísimo tiempo deslizando más o menos sibilinamente la necesidad de tener un estado propio (porque ya se sabe que Madrid nos roba), incluidos los boletines meteorológicos. No es ocioso subrayar aquí el papel de tonto-útil que tuvieron los gobiernos de Maragall y Montilla a este respecto.

La tercera, y más importante, diría yo que la verdaderamente responsable del salto cualitativo del independentismo, es el enraizamiento en amplísimas capas de la sociedad catalana del eslogan formulado de distintas maneras desde las instituciones catalanas y los medios de comunicación, pero que puede resumirse en esta frase: La independencia es la solución a la crisis. Una fórmula que ha permitido desviar la atención sobre los recortes y sus protagonistas.

Aunque parezca mentira, buena parte de la izquierda catalana, especialmente la adscrita a las clases medias y el neo-progresismo urbano ha picado en ese anzuelo, o ha cerrado los ojos para no señalarse demasiado creyendo que los votos en las próximas elecciones podrían ir por ahí. Puro tacticismo desideologizado. Después de haber criticado a la Lega Norte reiteradamente, nuestras izquierdas –una parte de ellas, establecida en forma transversal en todos los partidos– parecen haber asumido los postulados de la formación italiana.

Sea como sea, tengo la impresión de que el independentismo ha crecido sin advertir que sus pies son de barro, y que este éxito llegado probablemente antes de tiempo, antes de las condiciones adecuadas para su planteamiento hayan madurado, puede acabar por hacerle morir a causa de su prematuro éxito.

Efectivamente, el escenario que ahora se abre en Cataluña se halla repleto de incertidumbres. Para empezar, está el asunto de las elecciones anticipadas, que obligará a todos los partidos a pronunciarse en torno a la independencia, exigencia que afectará también probablemente a patronal, sindicatos y otras instituciones, con el consiguiente aumento de la tensión social (como si no hubiera ya suficiente). Hay, además, sectores de CiU (y no digamos de Unió) que no ven con buenos ojos la apuesta que parece haber decidido llevar a término Artur Mas. Además, según las últimas encuestas, la formación política más beneficiada del guirigay sería Esquerra Republicana, cuyo aumento de votos podría ir en detrimento de CiU. En el PSC, la convivencia entre las dos almas que siempre ha propugnado, se resquebraja. La oligarquía catalana no quiere oír hablar de separación, mientras las CUP (las candidaturas de Unidad Popular, independentistas, que no se han presentado todavía a unas elecciones autonómicas, pero que están bien representadas en los ayuntamientos) quemaban en la manifestación la bandera europea; ICV-EUiA comparte grupo parlamentario con IU y defiende el Pacto Fiscal de Mas, prácticamente un concierto a la vasca, lo cual es de suponer que no ha de ser del agrado de IU…

Todo está por hacer, y todo es posible, dijo el poeta. Pero cuando se abren tantas expectativas, si estas no se realizan puede caerse en la depresión. Y, a modo de boomerang, pueden volverse contra quien las propició.

Fuente: El Viejo Topo / 297 / octubre 2012

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