Las costureras sufren olvido y pobreza; viven peor que en 1985

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Y la verdad de lo que ahí ocurría antes del sismo fue desnudada: las costureras trabajaban a destajo, contra el tiempo marcado por gigantes relojes. Los derechos humanos y laborales eran “tijereteados” por la condición de clandestinidad de muchos de los talleres. Esta crisis originó un gran movimiento de lucha que dio origen al Sindicato 19 de Septiembre, el primero en México en el que predominaban mujeres.

Pero no alcanzó a remendar nada. Tres décadas después, en una industria adelgazada por la competencia de los países de Oriente, con apenas 300 empleos formales, se despliega el mismo panorama de aquellos días de temblores. Las mismas costureras protagonistas de la tragedia dicen que es peor.

Foto: Francisco Cañedo

La impotencia. El dolor. El miedo. La multiplicada pérdida. Y el recuerdo de haber sido la gran noticia del país para treinta años después ser olvidadas de nueva cuenta y condenadas a la misma pobreza de antes. Más bien, a una peor. Son las costureras sobrevivientes de los terremotos de 1985, las que atestiguaron la masacre de sus compañeras y que en medio de la crisis, reconocieron la explotación laboral y aprendieron a defenderse.

Es tiempo de recordar. De evocar ese momento en que se empieza de cero. Ayer, 19 de septiembre, hubo una marcha en la que las obreras del vestido mexicano conmemoraron la hora trágica, la misma que revolucionó sus vidas con la formación de un sindicato y lo que hoy llaman “toma de conciencia”. También una misa en el minuto del temblor porque la llamada a la oración aún retumba en San Antonio Abad, muy cerca de la Calzada de Tlalpan, que en 1985 se convirtió en un gigantesco sepulcro.

El Gobierno mexicano reconoció que el 19 de septiembre de 1985 fallecieron por el terremoto, mil 600 trabajadoras del ramo textil en el perímetro de las calles de Donceles hasta Tlalpan. Pero las costureras sostienen que fueron “muchísimas más”. Hablan porque les tocó amontonar cuerpos. Pelear con los elementos del Ejército que pusieron vallas y cercas por todos lados. Velar huesos. Armar cuerpos desvinculados. Atestiguar el paso del tiempo sin que nadie se apareciera para reconocer a algunas compañeras. Y aceptar que, a veces, así debe decirse adiós.

De por qué se cayeron las fábricas de costureras como casas de muñecas mal armadas, los estudios sobre el episodio han arrojado muchas razones. Una es que no fueron construidas para soportar maquinaria pesada, ni montones de mercancía. Y muchos de esos talleres eran clandestinos sin que los regulara nada.

Hoy, las cosas no están bien. Si aquella mañana se unieron para levantar escombros después de que la tierra se enfureció con sus 8.1 grados en la escala de Richter, las costureras mexicanas están divididas mientras la industria textil nacional languidece con una constante pérdida de empleos.

Ya han quedado lejos aquellos tiempos combativos. Donde estuvieron los campamentos formados para resguardar mercancía y los escombros de las fábricas derruidas, se extiende una galería de tiendas de venta al mayoreo. Tlalpan, con esas cosas que la hacen ser ella misma: sus vendedores ambulantes, el metro que corre sobre el pabellón, sus moteles, pero ningún signo de bonanza. El Centro, con sus tumultos y su mercancía oriental que a veces llena las banquetas.

El Sindicato Nacional de Trabajadoras de la Industria de la Costura, Confección, Vestido, Similares y Conexos 19 de Septiembre, que tuvo origen apenas un mes después del terremoto, fue disuelto por falta de agremiados en 2006. Algunas costureras formaron en su sitio una asociación civil que brinda talleres, tanto de confección como de derecho laboral. Otras decidieron rehacer al sindicato y consiguieron una nueva toma de nota por parte de la Secretaría de Trabajo y Previsión Social y lo integraron en el Frente Auténtico del Trabajo (FAT).

Ya sea en la asociación o en el sindicato, no hay quien no lance la alerta de la sobrevivencia por inanición. Los números lo dicen también con su frialdad. En el primer año de vida del sindicato, había ocho mil agremiadas de 40 fábricas; en 1992, el número era de menos de 500; en 1994 –cuando la firma del Tratado de Libre Comercio para América del Norte (TLCAN)- quedaban sólo 250. En esta fecha, según el Instituto Nacional de Estadística Geografía e Informática (INEGI), hay 300.

“Total, las costureras no han dejado de ser las pobres de las pobres. Nadie tiene indemnización por toda esta tragedia del 85. Hay algo que recordar. Que a treinta años, como trabajadoras de México, seguimos con una situación deprimente. Es un recuerdo fatal para todas nosotras”. Son las palabras de Guadalupe Conde, cuya persona inspiró el monumento a la Costurera, ubicado a unos pasos del hotel Amazonas, en la calzada de Tlalpan. En 1985, con sus 36 años de edad, levantó piedras y tierra con las mismas manos que cosía en una fábrica de Fray Servando. Hoy vive de sus confecciones. Las que a veces logra colocar en Tepito. Estira tanto como puede los pesos porque tiene una hija que requiere rehabilitación por una caída de una azotea. En estos días brindó decenas de entrevistas a medios nacionales y extranjeros como sobreviviente de una tragedia.

Alejandra Martínez Hernández es otra de las costureras marcadas por el terremoto. Piensa casi lo mismo. “Estamos peor. Se perdieron empleos y nos temen, justo por nuestra historia. Nos contratan, nos despiden. Pareciera que esto está por terminar”.

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Lo que el sismo del 85 dejó de uno de los talleres de costura en la capital del país. Foto: Cuartoscuro

Hay tragedias que se prolongan. Las entrañadas en los sismos de 1985 en la Ciudad de México, parecen no acabar. Hoy también se cumplen dos años de que las costureras (las que hacían las camisas Paco Rabanne) de la empresa Maquilas Cartagena iniciaron una huelga porque el empresario Ernesto Kuri Segur las despidió de manera ilegal. Y como si se tratara de una historia que ocurre en círculo, como si treinta años fueran nada, esta suspensión de labores develó que en el sitio de trabajo se padecían violaciones a los derechos humanos, salarios que no alcanzaban el mínimo y pago por destajo.

Esa fábrica siempre ha estado en Calzada de la Viga 1425, colonia Retoño, en Iztapalapa. Primero se llamó Maquilas Madrid, después Maquilas Ebro y después, Maquilas Bari. Hay trabajadoras que completaron 30 años a su servicio y ahora denuncian las mismas condiciones que tanto indignaron después del sismo.

Kuri Segur no tenía registrada a ninguna de sus trabajadoras ante el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) y en junio de 2013, las despidió a todas.

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Foto: Luis Barrón, SinEmbargo

“Coser es una historia de amor. Pero deja dolor. Yo creo que en ningún lado es una historia de amor bonita. Debes ser lo más rápida posible. Sacrificar tus idas al baño. Cambiarte una toalla sanitaria es imposible. En las fábricas, el baño está siempre con un foco encendido en señal de que está ocupado. Mientras, tres relojes te marcan el tiempo y contra ellos no puedes ponerte a pelear”, dice Alejandra Martínez Hernández, secretaria general del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Industria de la Costura, Confección, Vestido, Similares y Conexos 19 de Septiembre, cuando cuenta su historia. Cita para la entrevista en la puerta del templo de San Hipólito, donde se venera a San Judas Tadeo, el santo de las causas perdidas. “Detrás de una máquina, se te perjudican los riñones, los pulmones y la vista”, añade la mujer que hoy tiene 57 años, de cabello corto y ondulado.

No omite el orgullo de su recuerdo. Recalca que en la jerarquía de la fábrica, ella llegó a tener muchos puestos. Uno fue el de “deshebradora”, la que le quita los hilos a la ropa una vez que está concluida. “Entregábamos todo muy limpio, impecable, no como ahora con todos los hilos colgando”.

A veces en pequeñas fábricas o en el mismo hogar, las costureras mexicanas continúan con trabajo a destajo para pequeños o grandes empresarios. El mismo INEGI admite que el grueso del aparato laboral de la industria se encuentra en el trabajo informal: más de 300 mil trabajadores.
El perfil no ha cambiado: aún son mujeres inmigrantes en su propio país, madres solteras y con la Primaria a medias. Las marca una disyuntiva: ser trabajadoras domésticas o costureras. Sobreviven con salarios que van de 650 a 700 pesos a la semana, apenas dos mil 800 pesos al mes, según datos del sindicato. Les pagan entre 2.5 y tres pesos por prenda. La propia Guadalupe Conde –emblemática luchadora social por ser sobreviviente del terremoto- se puso a hacer pantaletas en su casa. En cada una gastó cinco pesos, pero en Tepito se las querían comprar a 2.50. Se vio obligada a venderlas en ese precio para no perder el producto. “Antes era como antes y ahora es como ahora”, cuenta que le dijeron.

Aún es un submundo. Pero peor pagado dada la competencia que significa la entrada de productos provenientes de países orientales con un arancel bajo, práctica permitida por tratados comerciales firmados por México, así como el TLCAN.

Alfonso Bouzas, abogado laboral de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), dice que si hubiera otro terremoto, volverían a emerger costureras y costureros. Que se descubriría su trabajo ilegal. Que se vería su lucha por sobrevivir. Algunas costureras entrevistadas en la huelga de Maquilas Cartagena dan cuenta que incluso tienen documentado que en México se trabaja para grandes almacenes extranjeros desde sitios informales.

Si bien ha sido estudiada desde la perspectiva de género dada la prevalencia de las mujeres, en la industria textil también hay hombres. Y también, por décadas, han padecido maltrato laboral. Son tres por cada diez obreros, según datos del sindicato y el INEGI. Con regularidad ocupan el puesto de “cortador” porque requiere “mayor fuerza física, refiere Daniel Ramírez Enriques, presidente de la Asociación Civil Costureras y Costureros 19 de Septiembre.

“En esos talleres o fábricas, viene siendo lo mismo. Los dueños hacen lo mismo con hombres o mujeres. La mayoría son mujeres, pero sí hay dos o tres hombres. Lo que uno tiene es que es más fuerte y se pelea con ellos. Pero por eso, luego- luego te corren en un lado y te corren en el otro. Yo me le ponía al patrón. Las mujeres no lo hacían. Son madres solteras. Y de eso se valen”.

De acuerdo con Guadalupe Conde, también presidenta de la Asociación Civil Costureras y Costureros 19 de Septiembre, hay una tendencia en la Industria de usar la mano de obra de hombres con tal de abaratarla. Pone el ejemplo de Carnival –productora de ropa íntima de mujer- que del Distrito Federal se mudó a Hidalgo y ha contratado a “jornaleros”. “Es un error porque para hacer un brasiere se necesitan manos finas, no las de un azadón. Antes, el dueño, Manuel Assab, traía todo de Francia, hasta el hilo. Las costureras cuidaban hasta el último detalle, con mucho cuidado … Pero todo cambia y a veces, para mal”.

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Guadalupe Conde. Foto: Luis Barrón, SinEmbargo

Días después del terremoto, las costureras se enteraron que los representaba el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Industria Textil en la Confederación de Trabajadores de México (CTM), así como la Confederación Revolucionaria de Obreros y Campesinos (CROM). El Partido Revolucionario Institucional dominaba ambas centrales desde el llamado “sector obrero”. Eran los llamados sindicatos blancos que operaban para cumplir con la antigua Ley Federal del Trabajo, pero en la práctica no tenían ninguna representatividad.

El mismo día del temblor, los campamentos de costureras surgieron tanto en el Centro Histórico como en la Calzada de Tlalpan. Resguardaban la maquinaria y los vestidos y los hilos. Así, ganaron el respaldo de otros 36 gremios y movimientos campesinos y populares. El 21 de octubre obtuvieron el registro para el Sindicato Nacional de Trabajadoras de la Industria de la Costura, Confección, Vestido, Similares y Conexos 19 de Septiembre.

En su método de lucha, no faltó el golpe. “Secuestramos a un empresario en un camión que nos prestó Flecha Roja y lo llevamos a la Junta de Conciliación y Arbitraje”, reconoce Guadalupe Conde. La tinta que sobre su historia se ha derramado en los muchos reportajes y estudios académicos que se han hecho sobre ellas, registró acciones como sabotaje en la producción, huelgas salvajes, paros; además de los plantones, los mítines, las asambleas y las guardias [Patricia Ravelo, Protagonismo y poder: Sindicato de costureras “19 de septiembre”].

Uno de los personajes que saltaron de la máquina de coser a la batalla sindical fue Evangelina Corona. Ella fue la primera secretaria general del sindicato y electa durante tres periodos. Logró una guardería y varias indemnizaciones. En 1991, el panorama cambió. Se convirtió en diputada por el Partido de la Revolución Democrática (PRD) en la LV legislatura y luego, se integró a la Secretaría del Medio Ambiente del Gobierno del Distrito Federal.

“El sindicato somos todas”, dijo Evangelina Corona al tomar posesión como secretaria, refirió el número 93 de la revista Nueva Sociedad. “Es un cuerpo. Si la mano duele, duele todo el cuerpo. Si soy oreja, ustedes son pies. Si soy mano, ustedes son estómago. El cuerpo no puede estar bien si algún órgano le falta o está mal… Somos como las flores y si se les arrancan los pétalos queda sólo el tallo. Somos como un ramillete, si se quitan las flores ya no es un ramillete. Somos el aroma …”.

-¿Qué pasó, entonces? ¿Por qué se dividieron las costureras de México?

Responde Guadalupe Conde:

– En ese entonces se ganó un sindicato de trabajadoras. Desgraciadamente todas éramos ignorantes de lo que era la política real y permitimos que gente sin escrúpulos entrara y abusara. Teníamos muchos deseos de salir adelante. Ya que se logró y nos dieron el registro, para nosotros era un gran orgullo y una gran lucha. Para nosotros era una maravilla. Creíamos que habíamos logrado un mundo. El cielo en San Antonio Abad.

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Foto: Luis Barrón

De esta industria de agujas e hilos surgen muchos nombres. Sobre todo, quienes integraron el Colectivo Revolucionario Institucional. Ahí estaban Patricia Mercado (hoy Secretaria de Gobierno en el Gobierno del Distrito Federal), Patricia Nava, Guadalupe Benavides y Leticia Díaz.

“Cuando íbamos con el licenciado Farell Cubillas (Arsenio Farell Cubillas, Secretario del Trabajo en el Gobierno de Carlos Salinas de Gortari), ellas nos decían, ‘permítanos a nosotros. Nosotros las sabemos defender’. Nosotros decíamos, creo que sí. Ahí nos estacionamos, en el creo que sí”, explica 30 años después, Guadalupe Conde.

Para los noventa, las activistas que al principio las asesoraron, ya no estaban. En 1995, apareció el dueño del edificio donde se albergaban. Muchas quisieron continuar. Y se plantaron afuera del predio durante ocho años. El Gobierno del Distrito Federal (GDF) adquirió el inmueble en 2006 y les otorgó 200 metros cuadrados. Pero el declive no paraba. Ese mismo año se perdió el registro por falta de agremiados. En este punto fue que surgieron dos grupos, la asociación civil y un nuevo sindicato.

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El pasado 17 de marzo, el Presidente de la República, Enrique Peña Nieto, reconoció una crisis: la de la industria textil y del vestido. Dijo que por su precio y calidad, los textiles y prendas no necesitan subsidios ni medidas proteccionistas para triunfar en el mundo. “Lo que sí requieren es un gobierno comprometido con el Estado de Derecho. No es justo que la industria nacional tenga que competir en desventaja en su propio país frente a prácticas desleales e ilegales. Por eso, el Gobierno de la República seguirá aplicando la ley y fomentando la formalidad de la economía en su conjunto”, afirmó ante representantes de la Cámara Nacional de la Industria del Vestido.

Esa vez, nada se dijo de las costureras de México, las que ayer otra vez fueron recordadas por la resonancia que dejó el terremoto de 1985.

Fuente: Sin Embargo

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