La transición de la transición

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(¿hacia dónde?, ¿hasta cuándo?)

Por Rolando Cordera Campos

Con el arribo del PRI a la Presidencia de la República se vuelve a hablar y a soñar, a veces como pesadilla, en una transición peculiar y circular, como la que hace lustros imaginaron los jóvenes turcos de la revolución neoliberal de los años noventa. Es claro que la transición política mexicana no es la suma simple de actos decisivos o providenciales, sino un proyecto complejo y sinuoso que se ha dado a ritmos diversos a lo largo del tiempo.

1997, cuando el PRI perdió la mayoría en la Cámara de Diputados y la primera elección constitucional del jefe de Gobierno de la capital, es una fecha simbólica, poderosa, para rehacer la cronología de nuestra evolución reciente. De darle carácter fundacional, ese año marcaría también no un recodo, sino el fin de la transición a la democracia, entendida esta última como un sistema político plural y plenamente competitivo.

No hay consenso sobre esto, hasta el extremo de que el presidente Fox inauguró su gobierno proclamando que la transición se estrenaba. De tomarlo en serio, que en este caso y los demás es de alta peligrosidad, podría pensarse que la tristemente célebre alternancia no fue sino una jugarreta más del autoritarismo priísta presidencial el que, desde otro polo de la interpretación política, se presenta ahora como restauración.

Como quiera que haya sido y vaya a ser, mito fundacional o frustración permanente, lo cierto es que, desde 1988, la democracia a secas o como aspiración sin fecha de término, se volvió la lingua franca de la política nacional. De su capacidad para renovar el lenguaje político de todos, conforme a sus criterios maestros, depende y dependerá que, además, la democracia se vuelva forma de vida ciudadana, bien público. No lo es.

En tanto el vocablo remite siempre a la igualdad, no sobra insistir en que el discurso democrático no se restringe al proceso de conformación y transmisión del poder constituido, trasciende la igualdad ante las urnas y busca extenderse al plano de las relaciones sociales. Sólo así, se propone, pueden asegurarse dosis crecientes de cohesión social. Sólo así, podríamos agregar, se demuestra al ciudadano común el valor que para él tiene la democracia que se presenta también como forma de gobierno.

De cara al cambio de gobierno, hay que insistir: lo que está sobre la mesa es un cambio de régimen que le permita al país pasar del cambio de manos y mandos que auspician las urnas, al cambio de usos y la revisión de objetivos que los votos no dan por sí solos pero que sí exigen si se les estudia e interpreta con algún rigor y perspectiva histórica. De la democracia sin adjetivos que proclamó Enrique Krauze sin demasiado respeto por la historia tan bien cultivada por él, habría que pasar al Estado y el gobierno con objetivos, a cuya deliberación y determinación se renunció en aras del mercado que en la economía y la política todo lo curaría.

Los franceses solían llamar a los años que siguieron al fin de la Segunda Guerra los treinta gloriosos, en el mismo sentido que Eric Hobsbawm hablaba de la edad de oro del capitalismo. Los de la tercera posguerra, una vez pasada la parranda de la caída del muro y la euforia globalista, han sido más bien dolorosos y hoy amenazan con tornarse desastrosos. Algo parecido puede decirse de la primera quincena del México democrático.

Los procesos y resultados fundamentales del nuevo sistema político han sido duramente cuestionados en dos de las tres elecciones presidenciales ocurridas y no sólo por la academia o el grupúsculo, sino por casi un tercio del electorado que ha apoyado a una fuerza que cuestiona con fiereza la calidad del conjunto del sistema político. Junto con esto, el mal desempeño económico e institucional ha agudizado una cuestión social abrumada por la peor de las combinaciones imaginables: empleo desprotegido y mal pagado; pobreza de masas; desigualdad económica y social en todos los planos.

El Estado que presidió la transición no ha podido proveer los bienes básicos indispensables para una sociedad habitable y la inseguridad individual, física y social se ha apoderado de experiencias e imaginarios a todo lo largo y ancho de nuestra geografía.

Si de forjar un acuerdo nacional por México se trata hoy, lo primero es reconocer esa y otras realidades, para empezar a dar a la política un valor de uso que la aleje sostenidamente del absurdo sistema de costos y precios a que la ha llevado la gran confusión de la época: confundir el intercambio político ciudadano, siempre diálogo y deliberación comunicativa, con el toma y daca mercantil interminable, donde los supuestos expertos de la modernización aprenden a calcular el precio de lo que sea sin entender el valor de nada.

Al renunciar a cualquier pretensión de cambio de régimen, se ha convertido a la política normal en una suerte de anomalía serial, que sólo sirve para posponer no la crisis sino su reconocimiento. Al soslayar la debilidad enorme de las fuerzas sociales organizadas, se festina la precoz colonización que del espacio deliberativo formal hicieron los llamados poderes fácticos, mientras la gestión supuestamente democrática se alimenta de los estamentos corporativos que aseguraron su supervivencia con furtivos pactos con los gobiernos que emergieron en el mal llamado periodo de la alternancia.

Ahora, ante el desencanto social y el temor colectivo, para muchos habitantes del mundo tan raro en que ha desembocado el pluralismo representativo, sólo queda el griterío un tanto histérico que clama por lasreformas que tanto necesitamos, mientras se busca poner en la congeladora las nuevas reglas y restricciones del pluralismo político.

Más que arrinconarlos, estos criterios primordiales requieren del oxígeno que sólo puede darles la ampliación democrática y la colonización del espacio público por la educación y la cultura. Con una pluralidad social extendida; severos problemas económicos y de desarticulación y desigualdad sociales; frente a la creciente y devastadora violencia criminal, la idea de una democracia que se retroalimenta de su segunda alternancia puede resultar desafiante y provocadora: nos obliga a preguntarnos si no vivimos más bien una profunda disonancia entre sus criterios fundamentales y la realidad cotidiana.

Es preciso reconocer, escribió Bobbio, que hasta ahora no se ha visto en el escenario de la historia otra democracia que no sea la conjugada con la sociedad de mercado. Pero hoy, con las crisis y los saltos devenidos retrocesos, habría que empezar a darnos cuenta de que el abrazo del sistema político democrático con el sistema económico capitalista es, al mismo tiempo, vital y mortal; o mejor dicho, es mortal además de vital.

Fuente: La Jornada

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