La enciclopedia barroca y la www

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El gran escritor Umberto Eco recorre la tradición enciclopédica y del diccionario, desde la sabiduría griega. Aplica su análisis al fenómeno de internet desde una perspectiva de la semiología. “Cualquier orden posible de nuestros conocimientos tendrá que ser elaborado usando la enciclopedia infinita de la web, pero sin sucumbir al vértigo de su laberinto”, dice. El siguiente es su discurso al ser investido Doctor Honoris Causa por la Universidad de Sevilla.

Por Umberto Eco 

El sueño de toda filosofía y de toda ciencia, desde los orígenes griegos, ha sido el de conocer y definir las cosas por su esencia, y desde Aristóteles, la definición por esencia es la que es capaz de definir algo determinado come individuo de una especie, y ésta a su vez como elemento de un determinado género. Definir al hombre como animal racional mortal significa verlo como especie de los animales mortales (a la que pertenecen también el asno y el caballo), que son a su vez especies vivientes.

Arbor Porphyriana

El defecto del Arbor Porphyriana es que los conceptos que están en sus nudos son primitivos y no se pueden analizar de otra forma (¿qué significa viviente o animado?) y que, no se puede distinguir al hombre del caballo o el caballo del asno, porque se requieren tales cambios que la estructura, como he demostrado en otra ocasión, explota en una lluvia de diferencias específicas que ya no tiene una relación ordenada.

A pesar de que, como diremos, el sistema de las clasificaciones modernas tiene características parecidas a las de un Árbol de Porfirio, en el sentido de que en su sistema de clases y subclases, el tigre pertenecería a la especie Felinos Tigris, del género Felino, familia de los Felinos, suborden de los Fisípedos, orden de los carnívoros, subclase de los Placentarios, clase de los mamíferos. De la misma forma, el ornitorrinco pertenecería a una familia de mamíferos monotremos.

Pero ¿qué quiere decir que el ornitorrinco es un mamífero monotremo? Dicha definición no parece responder a las exigencias del lenguaje cotidiano, que tendría que servirnos, no sólo para indicar las cosas que ya conocemos, sino para identificar las cosas que no conocemos todavía. De hecho cuando el ornitorrinco fue descubierto en Australia, antes de definirlo como mamífero monotremo, pasaron más de ochenta años, en el curso de los cuales se tuvo que definir cómo y dónde clasificarlo, y hasta ese momento había sido definido en términos de propiedades que parecían absolutamente incoherentes. Era grande como un topo, con ojos pequeños, las patas delanteras con cuatro uñas unidas con una membrana, más grande de la que unía las uñas de las patas traseras, tenía cola, el pico de una oca, las patas con las que nadaba y que usaba también para excavar su guarida, la capacidad de poner huevos y de alimentar sus cachorros con leche de sus mamas. Hay que notar que en esta descripción (por otro lado incompleta), por la lista de las propiedades, alguien podría ser capaz de distinguir un ornitorrinco de un buey, mientras diciendo que es un mamífero monotremo nadie lograría hacerse una idea de cómo reconocerlo en el caso de que se encontrara con él.

Por otro lado, si un niño le pregunta a su madre qué y cómo es un tigre, la madre difícilmente respondería que es un mamífero de los placentarios o un carnívoro fisípedo, sino que diría más bien que es un animal feroz que se parece a un gato, pero más grande, muy ágil, amarillo y con rayas negras, que vive en la jungla, y que cuando se tercia come a los hombres, y todo lo demás. Es una buena descripción para reconocer, y si fuera el caso, evitar encontrarse con un tigre. A la pregunta de qué es el agua, la madre no responde a su hijo que es H2O, sino que le indica el líquido que sale del grifo y le dice que es ese líquido trasparente que se bebe y con el que se lava la cara.

La definición por propiedad es la que usa cuando no se tiene una definición por esencia, o la definición por esencia no nos satisface. Por lo tanto, es típica de la una cultura primitiva, que no ha llegado todavía a constituir jerarquías de género o de especie, o de una cultura muy avanzada (y quizás en crisis), que pretende poner en duda todas las definiciones anteriores.

Una definición por propiedad es, según Aristóteles, una definición por acidentes. Si la definición por esencia toma en consideración las sustancias, y se presume de saber cuáles y cuántas son (por ejemplo, viviente, animal o vegetal), una definición por propiedad toma en consideración todo posible accidente: y de un tigre tiene que saber decir, no sólo que es un cuadrúpedo, parecido a un gato grande, de rayas, sino también que un tigre que se llama Shere Khan es el enemigo de Mowgli en El libro de la Jungla, y que hay diferencias entre el tigre real de Bengala y el tigre chino, el tigre indonesio y el tigre malasio (quizás incluso que un cierto tigre se encontraba en el Coliseo en un día determinado en tiempos de Nerón, con el morro orientado hacia el oeste, que un mayor inglés, que se llamaba Ferguson, mató a otro tigre el 24 de mayo de 1846, y así prosiguiendo).

La realidad es que nosotros raramente damos definiciones por esencia, sino más bien por lista de propiedades. Y por lo tanto, todas las listas que definen algo a través de una serie infinita de propiedades, aunque aparentemente vertiginosas, parecen aproximarse más a la forma en que en la vida cotidiana (y no los departamentos científicos) definimos y reconocemos las cosas.

Ahora, una de las épocas en la que, por primera vez, entra en crisis la definición esquemática por esencia, típica de la cultura escolástica, fue el periodo del Barroco. Lo fue porque en poesía, el cúmulo de detalles y de propiedades que todavía no se habían considerado servía para crear el sentido del asombro, que era para Marino el fin mismo de la poesía. Véase con cuanto gusto por el exceso, el mismo Marino (Adone 10, 136-138) para celebrar las artes humanas dirá:

Mira intorno astrolabi ed almanacchi,
trappole, lime sorde e grimaldelli,
gabbie, bolge, giornee, bossoli e sacchi,
labirinti, archipendoli e livelli,
dadi, carte,
pallon, tavole e scacchi
e sonagli e carrucole e succhielli,
naspi, arcolai, verticchi ed oriuoli,
lambicchi, bocce, mantici e crocciuoli,
mira pieni di vento otri e vessiche
e di gonfio sapon turgide palle,
torri di fumo, pampini d’ortiche,
fiori di zucche e piume verdi e gialle,
aragni, scarabei, grilli, formiche,
vespe, zanzare, lucciole e farfalle,
topi, gatti, bigatti e cento tali
stravaganze d’ordigni e d’animali;
tutte queste che vedi e d’altri estrani
fantasmi ancor prodigiose schiere,
sono i capricci degl’ingegni umani,
fantasie, frenesie pazze e chimere.
V’ha molini e palei mobili e vani
girelle, argani e rote in più maniere;
altri forma han di pesci, altri d’uccelli,
vari sicome son vari i cervelli.

Esta misma curiosidad por las propiedades inauditas se encuentra a nivel científico, porque el fin del hombre de ciencia es, desde Galileo en adelante, el de no fiarse de las definiciones canónicas, para observar y describir las infinitas propiedades de las cosas. Hay que considerar que encontrar nuevos fenómenos significa también sufrir de lo que los medievales llamaban penuria nominum, y en su caso decidir describir las cosas a través de semejanzas, similitudes, metáforas.

Esta intranquilidad por la infinidad de aspectos visibles y tangibles, en muchos autores implica rehacer también la organización del mundo, que se aprende en la escuela, la que Lovejoy ha llamado la Gran Cadena del Ser, para proponer en su lugar enormes listas de nociones, abstractas o concretas, que en apariencia pueden parecer un repertorio organizado del universo, pero en realidad son una masa de fenómenos y propiedades que podrían continuar potencialmente al infinito.

Hemos visto que una representación semántica por esencia presupone, como base un árbol porfiriano de tipo genealógico, clases y subclases que se encajan, y la construcción de una estructura portante que precede a la identificación de los individuos, de los géneros y de las especies, que pueden tener una identidad sólo gracias a la estructura. Volviendo al ornitorrinco, durante ochenta años ha sido conocido descubriendo nuevas propiedades aparentemente contradictorias (como poner huevos y dar de mamar a sus crías), hasta que las taxonomías científicas no han encontrado (casi ad hoc) la subclase de mamíferos monotremos. En semiótica éstas se llaman definiciones de diccionario: se define un perro de diccionario si se dice que es una animal de la familia de los canidos, que son mamíferos placentarios carnívoros y fisípedos.

En efecto, ningún diccionario en “carne y hueso” (delos que se usan normalmente) está hecho como un diccionario: además de proporcionar la definición de arriba (pero, raramente lo hace con una tal precisión), añadiría otras propiedades que caracterizan a los perros como cuadrúpedos, amigos del hombre, omnívoros y todo lo demás, y probablemente haría mención de las razas más importantes. Una representación por acumulación presupone, no un diccionario, sino una especie de enciclopedia en acto, sin terminar y sin la rigidez del árbol.

La inmensidad de la enciclopedia ha asustado a los redactores de los primeros diccionarios: a principios del siglo XVII el célebre Diccionario de la Crusca, no pudiendo todavía servirse de las taxonomías científicas elaboradas más tarde, definía el perro como “animal conocido”. Sólo la mentalidad barroca, con su gusto por lo desmedido y lo extraordinario, podía concebir estructuras enciclopédicas que nombrasen propiedades infinitas.

La enciclopedia renacentista y barroca es un proyecto ideal que evita el “completamiento”, porque si se agota el contenido de cada disciplina clasificada se obtendría todavía un saber incompleto, como lo es el saber de lo individual. Con respecto a la enciclopedia (recuerda Alsted en la Admonitio que abre su Encyclopedia), los individuos “resultan como si fueran envases”, cada uno de ellos capaz de encerrar un contenido adecuado a su propia actividad receptiva, ninguno es capaz de contener en sí el entero saber”.

Precisamente porque el saber no es nunca completo, por eso desde Ramo se inicia a concebir una enciclopedia que pueda considerar también laconstitución de disciplinas que todavía no se conocen, ni están definidas. Será con Francis Bacon que se abrirá camino la idea de una enciclopedia basada en datos derivados de la experiencia científica y sobre una crítica de las falsas opiniones del pasado (los Idola), repertorio abierto y en continuo desarrollo. En la Novum Organun de Bacon (1620) aparece un apéndice titulado Parasceve ad historiam naturalem et experimentales, en donde, después de haber aclarado que se trata de evitar el recurso a la autoridad de los antiguos, para evitar informaciones inciertas, se traza un índice ideal que contempla, según un orden bastante lógico, cuerpos celestes, fenómenos atmosféricos, la tierra, los cuatro elementos, las especies naturales (minerales, vegetales y animales), el hombre, la enfermedad y las enfermedades, las artes, incluida la culinaria, la hípica y los juegos. Un museo enciclopédico es la Casa de Salomón que aparece en la Sylva Sylvarum (1626) donde, tomando en cuanta sólo la primera centuria de la Tabla de los Experimentos, encontramos juntos consideraciones sobre la llama y sobre cómo teñir de forma diferente plumas y cabellos.

La metáfora de la selva es significativa. Una selva no está ordenada para aclarar oposiciones binarias de senderos, sino es más bien un laberinto. El laberinto es nombrado específicamente en la Instauratio Magna (1620): El edificio del universo aparece al intelecto que lo contempla como un laberinto que contiene una cierta cantidad de caminos ambiguos, de parecidos engañosos de cosas y signos, de espirales y nudos enredados y complicados, y veremos después, a propósito de la naturaleza rizomática de una enciclopedia, cómo esta visión de obliquae et implexae naturarum spirae et nodise anticipaba de forma asombrosa.

En este laberinto que se presenta, no ya como repartición lógica, sino como conglmerado retórico de nociones y argumentos recogidos in situ, dar con algo ya no significa encontrar algo que ya se conocía, colocado en su lugar correspondiente, para utilizarlo con fines argumentativos, sino verdaderamente descubrir algo, o la relación entre dos o más de cosas que antes se desconocía. Esto representaba el rechazo neto y radical de toda jerarquía establecida entre los seres. Con una idea que retomará después Leibniz, Bacon en Advancement of Learning recuerda que, si un secretario de estado tiene que recoger varios documentos en su despacho, los agrupará según su naturaleza (tratados, instrucciones), pero en su estudio privado colocará juntos los documentos de uso inmediato, aunque sean de naturaleza diferente. No existirá ya la gran cadena del Ser, pero toda subdivisión será siempre contextual y dirigida a un determinado fin.

Con Bacon la noción de inventio cambia, y de búsqueda de lo que se sabía ya, se trasforma en descubrimiento de lo no se sabe todavía. Pero en este sentido, ojear el repertorio del saber es como revolver en un inmenso almacén del que no se sabe todavía la extensión, y rebuscar no sólo para utilizar lo que se encuentra por lo que es, sino por decirlo de alguna forma, hacer un bricolage y encontrar nuevas posibilidades de fusión, relación, encajonamiento entre cosas que, en principio non mostraban ninguna relación racíproca.

Paradójicamente, un modelo enciclopédico nos lo ofrece el Cannocchiale aristotelico de Emanuele Tesauro (1665). Digo paradójicamente porque Tesauro, precisamente en el siglo en el que se afirma el modelo del catalejo de Galileo como instrumento indispensable para el desarrollo de las ciencias naturales, propone un catalejo dedicado A Aristóteles, y como medio para renovar de lo que hoy llamaríamos ciencias humanas, dado que el instrumento que ofrece es el de la metáfora. Tesauro propone el modelo de la metáfora como forma de descubrir relaciones todavía inéditas entre los datos del saber, aunque a diferencia de Bacon, el interés de Tesauro, no es científico sino retórico.

Para poder constituir un repertorio de cosas conocidas, recorriendo el cual la imaginación metafórica pueda descubrir relaciones desconocidas, Tesauro elabora la idea de Índice Categórico. Presenta su Índice (con complacencia barroca por el descubrimiento maravilloso), como “un secreto verdaderamente secreto”, una mina llena de infinitas metáforas e ingeniosos conceptos, visto que el ingenio no es otra cosa que la capacidad de “penetrar los objetos completamente aplastados bajo diferentes categorías y de verificarlos entre ellos” –o bien la capacidad de encontrar analogías o parecidos que pasarían inobservadas si cada cosa quedase clasificada bajo su categoría.

Se trata de señalar en un libro las diez categorías aristotélicas, Sustancia y nueve Accidentes, de listar bajo cada categoría sus Miembros y bajo cada miembro, las Cosas que están debajo de él. Aquí no se puede más que ofrecer pocos ejemplos del Catálogo que Tesauro nos ofrece (entre otras cosas, también susceptible de ser ampliado), pero hete aquí que bajo la categoría de la Sustancia se tienen que listar como miembros las Divinas Personas, las Ideas, los Dioses Fabulosos, los Ángeles, los Demonios, y los Duendes, por lo tanto, bajo el miembro del Cielo y las Estrella Errantes, el Horóscopo, los Vapores, el Aire, las Metáforas, las Cometas, las Lamas, los Rayos y los Vientos y después, bajo Tierra, los Campos, las Soledades, los Montes, las Colinas y Promontorios, bajo los Cuerpos y las Piedras, las Genmas, los Metales, las Hierbas, bajo la Matemática, los Globos y los Mapamundi, los Compás y las Escuadras, y así sucesivamente.

De la misma manera bajo la categoría de la Cantidad, en la Cantidad de Mole se listan lo Pequeño, lo Grande, lo Largo y lo Corto, bajo Cantidad de Peso se recogen lo Pesado y lo Ligero, por la Calidad, pertenecen al Ver, lo Visible y lo Invisible, lo Aparente, lo Bello y lo Deforme, lo Claro y lo Oscuro, el Blanco y el Negro, bajo el Olor, el Aroma y el malolor – procediendo de esta forma con las categorías de la Relación, de la Acción y la Pasión, de la Colocación, del Tiempo, del Lugar y del Tener.

Cuando después se van a buscar las cosas que subyacen a dichos miembros, encontramos que bajo la categoría de la Cuantidad, en el miembro Cantidad de Mole, entre las cosas Pequeñas encontraremos el ángel, que está en un punto, las formas incorpóreas, el polo como punto inmóvil de la esfera, zenit y nadir; entre las Cosas Elementales la chispa del fuego, la gota de agua, la lámina de piedra, el grano de arena, la genma del átomo; entre las cosas Humanas el embrión, el aborto, el pigmeo y el enano, entre los Animales la hormiga y la pulga; entre las plantas la semilla de mostaza y la miga de pan; entre las Ciencias el punto matemático, en Arquitectura la punta de la pirámide, en la producción de la Lana el cordón y así continua una lista de dos páginas.

No tenemos que preguntarnos si esta lista es coherente. La incoherencia parece típica de todos los intentos realizados en el periodo barroco para dar cuenta del contenido global de un saber y es también típico de muchos proyectos de lenguas artificiales del siglo XVII. Gaspar Schott en Technica Curiosa (1664) y en Joco-seriorum naturae et artis sive magiae naturalis centuriae tres (1655), daba noticia de una obra de 1653, de un autor cuyo nombre dice ha olvidado. En efecto, el anónimo sería Pedro Bermudo (1610-1648), un jesuita español que habría pensado en Roma un Artificium o bien un Arithmeticus Nomenclator, mundi omnes naciones ad linguarum et sermones unitaten invitans. Authore linguae (quos mirare) Hispano quídam, vere ut dicitur muto. Las últimas palabras del título representan un juego de palabras, porque según Schott este autor era mudo y Bermudo se pronuncia casi como Ver-ver-daderamente mudo. No sabemos si la descripción de Schott es fiel, pero la cuestión es irrelevante porque, aunque si Schott hubiera reelaborado el proyecto a su manera, nos interesa la incongruencia de su lista. Y el Artificio contemplaba 44 clases fundamentales, que vale la pena de listar, dando entre paréntesis sólo algunos ejemplos:

1. Elementos (fuego, viento, humo, cenizas, infierno, purgatorio y centro de la tierra). 2. Entidades celestes (astros, rayos, arco Iris, etc.). 3. Entidades intelectuales (dios, Jesús, discurso, opinión, sospecha, alma, estrategia, espectro). 4. Estados seculares (emperador, barones, plebeyos). 6. Estados eclesiásticos. 6. Artífices (pintor o marinero). 7. Instrumentos. 8. Afectos (amor, justicia, lujuria). 9. Religión.10.Confesión sacramental. 11. Tribunal. 12. Ejercito. 13. Medicina (médico, hambre, lavativa). 14. Animales brutos. 15. Pájaros. 16. Rectiles y peces. 17. Partes de animales. 18. Decoraciones.19. Comidas. 20. Bebidas líquidas (vino, cerveza, agua, mantequilla, cera y resina). 21. Vestidos. 22. Tejidos de seda. 23. Lanas. 24. Telas y otros tejidos. 25. Náutica y aromas (nave, canela, ancla, chocolate). 26. Metales y monedas. 27. Artefactos varios. 28. Piedras. 29. Joyas. 30 Árboles y frutas. 31. Lugares públicos. 32. Pesos y medidas. 33. Numerales. 39. Tiempo. 40. Adjetivos. 41. Adverbios. 42. Preposiciones. 43. Personas (pronombres, apelativos como Eminentísimo, Cardenal). 44. Ambulantes (Heno, caminos, ladrones).

En torno a 1600 Athanasius Kircher había escrito un Novum hoc inventum quo Omnia mundi idiomata ad unum reducuntur, que se encuentra sólo como manuscrito, que contemplaba una gramática muy elemental y un diccionario de 1600 “palabras”, en donde se intentaba establecer una lista de 54 categorías fundamentales, que pudieran ser representadas través de iconogramas. Los iconogramas recuerdan los que se usan hoy en los aeropuertos y estaciones- a veces hacen referencia a un objeto, como un pequeño cáliz, a veces son geométricos (rectángulo, triangulo, círculo) y algunos de ellos se inspiran vagamente en los jeroglíficos egipcios. Sin detenernos demasiado en este proyecto, recordamos sólo que las 54 categorías del Novum Inventum constituyen también una lista notablemente incoherente, que comprende entidades divinas, angelicales y celestiales, elementos, seres humanos, animales, vegetales, minerales, las pertenencias y otros conceptos abstractos del ars lulliana, bebidas, vestidos, pesos, números, horas, ciudades, comidas, familia, acciones, como ver o dar, adjetivos, adverbios, meses del año.

Tesauro sigue la moda de su tiempo. Pero la que nos parece carencia de espíritu sistemático es, al contrario, una prueba del esfuerzo que el enciclopedista hace para huir de la árida clasificación por géneros o especies. El cúmulo todavía desordenado (a penas ordenado, como hace Tesauro, bajo la rubrica de las diez categorías y de sus miembros), que permitirá después la invención (en el sentido Baconiano, no como hallazgo, sino como descubrimiento), de relaciones inopinadas e inéditas entre los objetos del saber. Ser farragoso es el precio que se paga, no para conseguir el completamiento, sino para evitar la pobreza de toda clasificación a árbol.

De hecho hay que notar que Tesauro saca notable partido de su almacén de nociones. Si se quisiera encontrar una buena metáfora para un enano (para Tesauro encontrar metáforas es, aristotélicamente, conocer nuevas determinaciones de las cosas, o bien todo se podría decir de un determinado objeto), se podría ya de este repertorio extraer las definiciones de Mirmidones, o Ratoncito nacido de la montaña. Pero a este índice se añade otro que por cada cosa pequeña, según se considere una otra de las diez categorías, decide, por la Cantidad, con qué se tiene que medir la pequeña cosa o qué partes tiene, por la Calidad, si es visible o cuál deformidad manifiesta, por la Relación, con quién o con que se emparienta, si es material y qué forma tiene, por la Acción y Pasión, lo que puede o no puede, y así sucesivamente. Cuando nos preguntamos con qué se mide la pequeña cosa, el Índice debería remitirnos, por ejemplo, a la medida Geométrica.

Procediendo así con cada categoría, hete aquí que el enano (y la lista ocupa tres páginas del Cannocchiale), se podría decir que es más breve que su nombre, que es más embrión que hombre, fragmento humano, más pequeño que un dedo, de tan poca sustancia que no tiene color, que sucumbiría en un combate con una mosca, de forma que no se puede entender si está sentado, de pie o tendido…

El Índice, y en virtud de su naturaleza laberíntica, permite establecer conexiones entre todas las cosas y entre cualquier otra – tal parece que las metáforas de Tesauro no hagan otra cosa, y en otra cosa no se complazcan, que en extraer nuevos conocimientos de la deconstrucción de un árbol de Porfirio.

Si por amor del maestro de los que saben, Tesauro ha querido llamar “categórico” a su Índice, de hecho, nos ofrece un procedimiento para recorrer los itinerarios infinitos de un laberinto, donde las subdivisiones por categorías no son otra cosa que construcciones provisionales y bastante artificiales para poder contener, de cualquier forma, un material en pleno fermento.

El momento más tirante de la rivalidad entre el árbol y el laberinto se manifiesta en la Inglaterra del siglo XVII, en torno al ambiente de la Royal Society, cuando nacen diferentes proyectos de lengua filosófica a priori (como A common Writting de Lodwick, The Universal Character de Beck, el Ars signorum de Dalgarno, o el Essay Toward a Real Character de Wilkins).

En estos sistemas se debate la posibilidad de representar los significados de cada término, a través de un sistema jerárquico de encajonamientos de género a especie (escrupulosamente exhibido), pero al mismo tiempo se quiere rendir cuentas de la multiplicidad no reglamentable de nociones de las que un hablante dispone. El problema con el que estos sistemas se enfrentan es que, si se clasifica a árbol, según un modelo de diccionario, no se logra explicar ni el significado de los términos, ni la naturaleza de las cosas designadas y, por lo tanto, los nudos de toda clasificación a árbol tienen que ser completados con especificaciones enciclopédicas, es decir, con unasuma de propiedades que no pueden ser ni definidas ni clasificadas a árbol.

Limitémonos a considerar brevemente An essay torrad a real carácter and a philosphical language de Wilkins (1668), que entre todos parece el proyecto más completo y articulado. Wilkins elabora una especie de colosal reseña del saber y establece una tabla de 40 Géneros mayores, para después subdividirlos en 251 Diferencias peculiares y derivar de ellas 2030 Especies (que se presenta nen pareja). La tabla de los 40 géneros parte de conceptos muy generales como Creador y Mundo y, a través de una división entre sustancias y accidentes, sustancias animadas e inanimadas, creaturas vegetativas y sensitivas, llega a Piedras, Metales, Árboles, Pájaros, o bien accidentes, como Tamaño, Espacio, Cualidades sensibles, Relaciones Económicas.

Wilkins 1

Más detalladas son las tablas que permiten llegar a las especies individuales, en donde Wilkins pretende clasificar, por ejemplo, también bebidas como la cerveza, de forma que se pueda representar todo el universo nocional de un ciudadano ingles del siglo XVII. Con respecto a este sistema de ideas (que Wilkins presume igual para todos los hombres, pecando obviamente de etnocentrismo), Wilkins elabora un sistema de escritura de “caracteres reales”, que asumen tanto una forma escrita, casi jeroglífica, como una forma pronunciada, y transcrita en caracteres latinos pronunciables.

Pero aquí no nos interesa la escritura de Wilkins (por otra parte esencial para su proyecto de lengua universal), más bien sus criterios de organización de las nociones. Incluso llegando a la definición de las especies individuales se obtienen divisiones por las que, dados los Animales Vivíparos Dotados de Patas, que se distinguen en Rapaces y no Rapaces, entre los Rapaces tenemos el cat-kind y el dog-kind, este último dividiéndose en Europeos y Exóticos, los Europeos en Anfibios y Terrestres, los Terrestres en “más grandes” (Perro /lobo) y “más pequeños” (Zorro y Tejón).

Wilkins 2

Ahora sólo queda la imposibilidad de distinguir el perro del lobo, pero también la información que “los caracteres del alfabeto de Wilkins trasmiten” es solamente que el perro es “el primer miembro de la primera pareja específica de la quinta diferencia del género animales”.

Sólo leyendo las muy densas tablas enciclopédicas que Wilkins coloca después de las clasificaciones, podemos saber que los vivíparos con las patas tienen pies con dedos, los rapaces tiene normalmente seis incisivos afilados y dos largos colmillos para agarrar a su presa, i dog-kind tiene la cabeza redonda, y por eso se distingue de los cat-kind que, en cambio, la tienen alargada, los más grandes entre los caninos se subdividen en “domésticos-dóciles” y “salvajes- hostiles a las ovejas”: y sólo así se comprende la diferencia entre el lobo y el perro.

La lengua filosófica de Wilkins hace una taxonomía, pero no define. Para definir, el sistema tiene que recurrir a una recogida de información que se expresa en lengua natural que, precisamente, tiene el formato de una enciclopedia.

La duda que se deja entrever en el fracaso de Wilkins es la misma que mina toda noción rigurosa de diccionario. Para que un diccionario sea completamente independiente de cualquier otro conocimiento del mundo es necesario que sus términos sean primitivos, que no puedan definirse ya más, de otra forma, el árbol perdería su naturaleza de dispositivo capaz de garantizar la exactitud de las definiciones que genera. Pero en Wilkins aparece claro que la masa de información enciclopédica que está debajo de la organización de las tablas por supuesto primitivos niega, en el fondo, el carácter de composición a trazos que parecía haberse realizado en su lengua “característica”. Los primitivos no son tales. Las especies de Wilkins no sólo esconden la composición de géneros y diferencias (punto débil típico de un árbol de Porfirio, visto que las diferencias son accidentes que no siguen una jerarquía), pero además son nombres usados como perchas para colgar en ellos descripciones enciclopédicas.

Sin embargo, precisamente porque impuro, el sistema wilkinsiano permitiría otra lectura, no ya como diccionario, sino más bien como hipertexto, entendido en el sentido actual del término. Si un hipertexto une todo nudo o elemento del propio repertorio, a través de múltiples referencias internas, a otros múltiples modos, se puede concebir un hipertexto sobre los animales que introduzca perro como una clasificación general de los mamíferos, en un árbol de taxa, que contiene también gato, buey y lobo. Pero si en este árbol se punta sobre perro (precisamente en el sentido de clicar del ordenador actual, es decir, se hace clic encima), se nos remite a un repertorio de informaciones a cerca de las propiedades del perro y sus costumbres. Seleccionando otro orden de conexiones se puede acceder a una reseña de las diferentes funciones del perro en diferentes épocas históricas o bien a una lista de las imágenes del perro en la historia del arte. Y quizás es esto a lo que Wilkins pretendía cuando creía que se podía considerar la Defensa, tanto en relación con los deberes de los ciudadanos, como en relación con la estrategia militar.

En el curso de su desarrollo sucesivo, la ciencia moderna se ha impuesto la vuelta a una clasificación binaria, simplemente multiplicando géneros y especie en familias, órdenes, subórdenes, etc.

Imagen taxa

Pero al mismo tiempo ha enriquecido su clasificación, dando por descontado la idea de que el nombre de cada subdivisión de la clasificación no es un primitivo que pueda definirse de otra forma, sino representa, por así decirlo, el puntero que remite a una sección más amplia de enciclopedia, en el sentido de que el término mamífero remite a una serie de propiedades que constituyen, más allá del convencionalismo de la clasificación, una verdadera y propia red o laberinto de propiedades enciclopédicas.

Ahora mi relación se dedicaba de forma optimista a las relaciones entre la enciclopedia barroca y Word Wide Web. El tiempo no me consiente tratar el segundo tema del título, pero espero que quienes me escuchan ya hayan intuido las posibilidades a las que se abre mi discurso. El WWW no es ciertamente un sistema ordenado de géneros y especies, sino una lista infinita, o por lo menos indefinida de fenómenos, definiciones, descripciones de propiedades. Es la imagen misma de la enciclopedia, que caracteriza la imagen de la cultura occidental moderna (excluyo los sitios descritos en lenguas orientales).

Y sin embargo la cultura barroca, al poner en crisis las clasificaciones esquemáticas y ordenadas, ya había emprendido la búsqueda de improvisaciones sistemáticas, aunque fueran flexibles, para reducir el caos a nuevas formas de orden. La Web es incapaz de reducir al orden su propia multiplicidad, ni nos ofrece instrumentos para crear, desde su caos, un orden posible. Queriendo utilizar los términos del Tesauro, es un índice, pero no categórico.

Cualquier orden posible de nuestros conocimientos tendrá que ser elaborado usando la enciclopedia infinita de la web, pero sin sucumbir al vértigo de su laberinto.

(Traducción Mercedes Arriaga Flórez)

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Nota de la Redacción:

El miércoles 17 de febrero de 2010, el semiólogo y narrador Umberto Eco fue investido con el Doctorado Honoris Causa por la Universidad de Sevilla, en España.

Eco recibió por parte del rector de la Universidad de Sevilla, Joaquín Luque, el libro de la Ciencia, la medalla, birrete laureado gris (color de la Facultad de Comunicación), el anillo y los guantes durante una ceremonia celebrada en el Paraninfo sevillano.

Su padrino de Eco, el catedrático de Comunicación Manuel Ángel Vázquez Medel, dijo que el escritor es “uno de los más grandes intelectuales y creadores de esta nueva civilización planetaria en ciernes” y es “el último de los grandes humanistas”.

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