La ceguera de la exclusión

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Por Marta Lamas

Carla María Herrera es ciega, o sea que aparentemente no ve. Sin embargo, ve mucho más que la mayoría de las personas. Con todo y que nació en el seno de una familia acomodada, son muchos los obstáculos que ha enfrentado desde que a los 10 años el glaucoma con el que nació la instaló definitivamente en la oscuridad. Pero la rigurosa educación que recibió de sus padres la volvió una mujer suficiente, tal vez “demasiado autosuficiente”, según algunas personas.

Al asumir su ceguera como una condición que no debía impedirle su desarrollo, Carla ha visto la manera de circular por el mundo, solidaria y productiva, y se ha dedicado a superar todo tipo de impedimentos. Cuando quiso estudiar, fue rechazada por el Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey, donde finalmente logró ser admitida y concluyó su licenciatura en derecho. Después, no satisfecha con la licenciatura, se fue a Harvard, a hacer una maestría. También tuvo que luchar para que Aeroméxico la dejara subirse sola a un avión.

Al ser hija de una mujer muy deportista, desde niña Carla fue alentada a hacer ejercicio: esquía, corre en maratones y ha ganado varios premios, entre los que destacan el correspondiente al récord mundial para invidentes en los 5 mil metros de Lisboa; la Teporaca de Bronce en Atletismo; el Premio Estatal del Deporte de Chihuahua y la Teporaca de Plata como Promotora del Deporte.

Además de fortalecerse como profesionista y como mujer sana, Carla tiene una luz interna que la ha guiado, y ha dedicado parte de su energía y sus recursos a desarrollar opciones para personas con la misma condición que ella. Baste un breve listado de los cargos que ha tenido en los últimos 10 años: ha sido directora de Grupos Vulnerables y Prevención a la Discriminación de la Secretaría de Fomento Social del Gobierno del Estado de Chihuahua (2011-2012); presidenta de la Junta de Asistencia Privada del Estado de Chihuahua (2005-2007); tesorera del Consejo Internacional para la Educación de Personas Ciegas y Débiles Visuales (ICEVI) (1998–2002); representante para México de Helen Keller International (1996–1997); fundadora del Centro de Estudios para Invidentes, Asociación Civil (CEIAC) (1995); en la Procuraduría General de la República (PGR) fue directora de Prevención del Delito y Servicios a la Comunidad (1993), y participó en la Comisión de Solidaridad y Defensa de los Derechos Humanos, A.C. (Cosyddhac) (1992).

A lo largo del tiempo se ha vuelto una gran conferencista, y una revisión de los temas que ella imparte en distintos espacios, oficiales y empresariales, de beneficencia y ciudadanos, nos da una clara idea de su espíritu: “Y tú, ¿dónde quieres estar?”, “El desarrollo extraordinario de las capacidades humanas”, “Arriésgate”, “Superando las limitaciones”, “Responsabilidad social”, “Ceguera: ¿caso perdido?”, “La capacitación en las organizaciones no lucrativas”, “Cómo trabajar con niños ciegos y débiles visuales en la escuela regular”, “Adecuaciones curriculares educativas en atención a ciegos y débiles visuales”, “El deporte, herramienta doblemente poderosa para los invidentes” y “La influencia de la tecnología en la vida de los ciegos”. Carla ha trabajado para la creación de un diplomado en integración del invidente y débil visual.

Pues bien, este personaje admirable es, además de todo lo anterior, de una congruencia ética impresionante. A punto de casarse con un pretendiente, asumió una verdad incómoda: le gustaban más las mujeres. Eso la llevó a casarse con una mujer, y a tener hijos mediante reproducción asistida. No es fácil asumirse lesbiana en una sociedad homófoba. Carla lo hizo con discreción, pues no quería incomodar a nadie, sino vivir su verdad.

Hace un año Carla pidió al Club Campestre de Chihuahua el ingreso de su mujer en su calidad de cónyuge. El Club Campestre se lo negó y le ofreció que podía inscribirla como la niñera. Tal indignidad le resultó inaceptable y, al toparse con la homofobia de sus interlocutores, inició una denuncia por discriminación. El Conapred tuvo acceso a los documentos y decidió respaldarla. Ante la salida de la información en los medios de comunicación, el club decidió expulsarla.

Hace unos días se reunió la asamblea de socios en una sesión extraordinaria, donde se informó que el rechazo a la solicitud de Carla no había sido por homofobia, sino porque ella no había presentado el acta original de matrimonio, sino una copia, con lo cual no había acreditado la condición de cónyuge de su mujer. Entonces se dijo que la expulsión de Carla se debía a que ella los había exhibido como homófobos en una conferencia de prensa. En dicha sesión no se permitieron intervenciones de nadie, y una aplastante mayoría de los socios aplaudió la decisión.

Parece que el Club Campestre de Chihuahua no “ve” lo endeble que resulta su argumento de que ellos “no son homofóbicos”. Tampoco parecen “ver” que el caso de Carla es un ejemplo de esa discriminación mojigata que sigue ignorando la información científica sobre la homosexualidad y se nutre de prejuicios y miedos. Se avizora una interesante batalla, donde la “ceguera” del club puede perder ante la de Carla. Para ella es simplemente un obstáculo más, que ahora superará con el apoyo de miles de conciudadanos y del Conapred.

Fuente: Proceso

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