Impunidad, violencia, drogas, campañas y desesperanza

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¿Cómo llegó Chihuahua a convertirse en la residencia del diablo; en el peor Chihuahua de nuestras vidas? ¿Que factores intervienen para que se dé esta atmósfera de violencia en Chihuahua? Indudablemente todos aquéllos que han colaborado con el cultivo tenaz y efectivo de la pobreza. Y entre los principales, los gobiernos que ha posibilitado que los bienes de la nación queden en pocas manos. La inequidad siempre será iniquidad.

Entre las desafortunadas acciones de gobierno, dos se cuentan entre las más importantes: La primera consiste en fallar en sus responsabilidades frente a los ciudadanos quienes los legitiman en el poder y les encomiendan candorosamente hacernos menos difícil la vida a través de proporcionar trabajo, vivienda, educación, seguridad. Pero estas dotaciones de derechos ciudadanos no resultan viables en un clima político que cada día pierde estabilidad, democracia y crecimiento.
No conocemos diputados que legislen para que la legalidad se acerque a la justicia.

Y por otro lado, los gobiernos suelen hacer negocios de toda acción que emprendan beneficiando al grupo de intereses, a la trama financiera que colaboraron llevándolos al poder. ¿Por qué resultan tan atractivos los puestos políticos? ¿Qué vende el poder?: la impunidad es, indudablemente, su lingote de oro. Dueños de la ley, encuentran en ella su botín. Los demás productos en venta son los puestos públicos, el tráfico influencias, el diezmo en cada acción que lleven a cabo…

Ineficacia, corrupción e impunidad, han sido la triada que caracteriza a nuestros políticos.

Los gobiernos han realizado promesas que no se han cumplido: reactivar el campo, elevar el nivel de la educación, proveer de lo necesario para sobrevivir a los ciudadanos, crecimiento constante, mejoras salariales… Los ciudadanos cada vez más empobrecido son resultado de las políticas públicas que prometieron y que en los hechos resultan dolorosamente deficientes. Los políticos piensan en beneficiarse; pocos conozco que pudieran tener una preocupación verdaderamente al servicio de los ciudadanos.

El tejido social es una red de agujeros. El desempleo y desesperanza se cura con drogas porque mitigan el dolor y dan la sensación de placer, incluso de felicidad. Vamos de los paraísos perdidos a los paraísos artificiales.

Los narcotraficantes encontraron un producto de alta demanda para esa desesperanza. Y la empezaron a vender con gran éxito. Se colocaron, como lo hacen los políticos, en la ruta del dinero y lo comenzaron a cosechar. El dinero era tanto que pudo ir derribando los obstáculos. Uno de estos obstáculos era ley, por eso los traficantes tuvieron que convidar de los frutos de ese negocio a todos los que la manejaban: jueces, políticos, empresarios lavadores, policías, militares, etc.

Ambos, políticos corruptos y narcotraficantes, son delincuentes organizados. Ambos, siguen la misma ruta: la ruta del dinero. Y hay mucho dinero. Y el dinero ha sido siempre la mejor llave para abrir las puertas del poder que todo lo puede, el poder político. Y los políticos, desde los más altos hasta los más obsequiosos y serviles, participan de manera activa o pasiva. Se hacen de la vista gorda, brindan impunidad, les dan información privilegiada, abren las aduanas, permiten el narcomenudeo y las ventas al mayoreo, y a veces, se hacen compadres de los jefes de los cárteles. Esta larga complicidad ha permitido que todas las áreas claves de gobierno estén infiltradas por el narcotráfico: el gobierno, los legisladores, la policía, el sistema financiero, los jueces, el ejército, los medios informativos, etc. El narcotráfico ha sostenido la economía mexicana durante muchos años. La derrama de dinero ha mantenido con ganancias importantes a muchas empresas: las automotrices, las de bienes raíces, los giros negros, etc.

Hay pueblos enteros, abandonados por los respectivos gobiernos, que viven enteramente de las redes del narcotráfico.

El narco que trafica en la calle, en las tienditas, o el que siembra, o el camello o burrero que la carga de una lado a otro, son a los que matan en mayor número, y éstos tuvieron pocas alternativas de empleo, de educación, de vida digna. Y no las tuvieron porque los políticos que las ofrecieron fallaron sexenio tras sexenio. ¿Cuántos gobiernos han prometido reactivar el campo, mejorar la educación, la vivienda, la salud, el salario, dotar de empleos a los jóvenes y de pensiones a los jubilados, terminar con las corrupciones de los políticos y los empresarios e industriales de cuello blanco, mantener una taza de crecimiento de, por lo menos, cinco puntos, cuántos, cuántos?

¿Quién muere? ¿A quiénes asesinan? ¿Quiénes son los buenos y quiénes son los malos? Un narcotraficante es la evidencia irrefutable de los fracasos de las políticas públicas de los gobiernos mexicanos. Hace seis años, Calderón nos fue vendido como el presidente del empleo. Ahora con altísimas tazas de desempleo, sabemos que Calderón fue el presidente de la sangre.

El narcotraficante, así como muchos políticos que trafican con el poder, se mueven en los terrenos de lo ilícito. Sin embargo, a los narcos los asesinan, mientras que a los políticos, dueños y manipuladores de las leyes, los exoneran de sus corrupciones e ineficiencias. La impunidad es la madre de todas las fortunas desaforadas, descaradamente explicables. El sistema político está podrido y nos hacen vivir a todos en la era del fango, en la que llegamos a la máxima decadencia de nuestros valores: el desprecio por la vida humana.

La guerra sigue entre este matrimonio siniestro, y en sus disputas, acribillan también a sus hijos inocentes. Esta guerra demencial ha cobrado más de sesenta mil muertes de mexicanos, y otros tantos continúan desaparecidos, y casi la mitad de esas muertes han sido chihuahuenses. Una sola ciudad, Juárez, se ha ganado el título de la ciudad más violenta del mundo. Es la nueva contrata de sangre. Mátalos primero, después averiguas. Y los resultados de la averiguación nunca llegan. En realidad, lo que esta guerra calderoniana y de priistas que lo acompañan, ha hecho es disolver las instituciones y las leyes y ha convertido al país en una jungla, en una zona de guerra y de desastre. Y a todos nos ha puesto en peligro. Más ahora que se sospecha que “el brazo armado de la ley” actúa como si fuese un escuadrón de la muerte contra quienes la extrema derecha considera lacras sociales. Y, como si de acciones equivocadas se tratase, se deshace de periodistas y otros líderes sociales incómodos.

Si un inocente muere –y han muerto ya demasiados- atravesado por las balas de sicarios o policías- simplemente fue porque estuvo en el tiempo y lugar equivocados. La vulnerabilidad de todos es impresionante. No existe responsabilidad de nadie. Chihuahua exhibe, otra vez, su rostro sombrío. No ha bastado su deplorable popularidad como el territorio impune donde mueren sus muchachas en Juárez, y el desierto en que los migrantes son víctimas de la sed o de los cazadores kukuxklanes de Arizona.

Ahora, en esta guerra, Chihuahua está aportando la mayoría de los muertos. Cualquiera de nosotros estamos en peligro. La muerte nos ha tocado ya o nos está rozando. Todos tenemos una pena o una anécdota cercana por alguien que murió que era familiar, vecino o conocido. Todos conocemos lo que la palabra impunidad significa.

Se elije Chihuahua porque es una tierra donde está comprobado existe una mayor impunidad. Un 95% de las muertes de las mujeres de Juárez lo demuestran. Quizá han encontrado mayores facilidades para su trabajo.

Y estamos solos. No hay autoridad, y dondequiera que estemos puede ser el lugar y la hora equivocados. Quizá la muerte de los inocentes sea aún más trágica. ¿Se imagina usted el sufrimiento de la familia al saber que uno de sus miembros fue torturado con alguno de esos modos salvajes antes de victimarlo? ¿Se imagina usted lo que la familia de la víctima batalla para obtener una argumentación medianamente razonable de lo ocurrido por parte de alguna de las procuradurías o fiscalías? ¿Se imagina usted lo que es cargar un dolor tan enorme y encontrar tanta ineficiencia, tanto silencio, tantas puertas cerradas? ¿Se imagina usted lo que sienten esas familias cuando el gobernador Baeza tira la toalla y se lava las manos diciendo que los chihuahuenses muertos corresponden a ser investigados por instancias federales y denunciar que éstas no hacen su trabajo y abandonan los casos? ¿Se imagina con que tristeza, frustración y rabia pedirán a quien corresponda, que imponga en estas tierras bárbaras algo de justicia?

Y otras preguntas: ¿Qué desea en realidad Calderón: acabar con los narcotraficantes a sabiendas de que nunca va a terminar con la demanda de millones que utilizan las drogas? ¿Qué no fueron los narcos una creación del propio Estado? ¿Qué no fue la impunidad del Estado y su complicidad lo que hizo del tráfico de drogas un negocio próspero.

Chihuahua es un desastre en su seguridad pública. Ya no es una ola de violencia: es el mar. Un mar en el desierto pero igualmente revuelto. Y los náufragos pedimos auxilio sin que nadie escuche.

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aespinosadr@hotmail.com

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