Granados Chapa: nuestros encuentros

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Por Francisco Ortiz Pinchetti

Este sábado se cumplen 10 años de la muerte de Miguel Ángel Granados Chapa, ocurrida el 16 de octubre de 2011. De sus aportaciones al periodismo y la lucha por la libertad de expresión en nuestro país se ha escrito en abundancia. Quisiera recordarlo ahora a través de algunas vivencias que compartimos, varias de ellas particularmente significativas.

Nos conocimos de manera absolutamente fortuita y temprana en Pachuca, su tierra, una noche de enero de 1960. Él estaría por cumplir los 19 años de edad y acababa de terminar la preparatoria. Se disponía a trasladarse a la ciudad de México para continuar en la UNAM sus estudios universitarios. Esa noche, se reunía con compañeros suyos, entre ellos mi primo Clemente Cabello Pinchetti, que entonces radicaba con sus padres en la capital hidalguense. Yo, tres años menor, llegaba a Pachuca para iniciar mi “exilio”, acordado por mis padres y mis tíos, luego de haber tronado el tercero de secundaria en el Instituto Patria de los jesuitas. Mi primo me esperó en la terminal de autobuses, frente al Reloj, y me invitó a la reunión con sus amigos de la prepa. Ahí conocí a Miguel Ángel y a Pedro Alisedo, ya fallecido también, con quien quién muchos años después tendría relación amistosa y profesional en Proceso.

Miguel Ángel vivió un tiempo en la casa de la abuela paterna de Clemente, en la calle Campeche de la colonia Roma. Más tarde le alquiló un cuarto a mi tía María Luisa Pinchetti, en Anzures.  Y luego, estudiante de Leyes, fue pasante de mi hermano José Agustín en el despacho de abogados en el que trabajaba.

Volvimos a encontrarnos a finales de los sesenta, cuando él y otros compañeros de la Universidad, estudiante de Periodismo también, formaron la agencia SIR (Servicios de Información y Redacción) para producir reportajes. Mi enlace con ellos fue mi amigo Francisco Ponce Padilla y entre los integrantes de aquel grupo recuerdo al propio Pedro Alisedo, a Miguel Ángel Rivera, a Rafael Rodríguez Castañeda.  Miguel Ángel trabajaba ya en Excélsior con el recién nombrado director Julio Scherer García. Recuerdo que una noche nos invitó a cenar a su casa, atrás de la Lotería Nacional, para celebrar su ingreso a la cooperativa. Isabel, entonces su mujer, nos preparó unas inolvidables “tulancingueñas.

Un día de 1972 fui a buscarlo en el “tapanco de los Migueles”, que compartía con Miguel López Azuara en el tercer piso de Reforma 18, junto a la dirección general. Le pedí orientación para mis afanes de ingresar a Excélsior. Dos caminos, me sugirió: hacerle reportajes a Vicente Leñero para la nueva Revista de Revistas, que acababa de iniciar bajo su dirección una nueva época, o ingresar a Ultimas Noticias para hacer méritos, como era la costumbre. Le llevé un reportaje a Vicente. Lo publicó y empecé a colaborar con él.

Volví al tapanco poco después para pedirle a Miguel Ángel su apoyo, ahora para entrar a Ultimas Noticias. Me llevó a la dirección y me presentó a Julio Scherer García. Así empecé a reportear para la segunda edición de Ultimas Noticias, la popular Extra vespertina, que dirigía por cierto Regino Díaz Redondo.

Como subdirector editorial de Excélsior, Granados Chapa tuvo a su cargo la página editorial que muchos consideramos la mejor en la historia del periodismo mexicano. Y también tuvo un papel protagónico en la lucha interna que se suscitó en la cooperativa, en defensa de Scherer García. Era el hombre clave para defender nuestra causa en la asamblea del 8 de julio, pero los reginistas, que lo sabían, le pusieron marcaje personal con un guarura gigantón que no le dejó ni levantarse ni pedir la palabra.

Cuando abandonamos el salón, Miguel Ángel encabezó la asamblea legal en la redacción. Hasta que fue interrumpida por enviados de Díaz Redondo que advirtieron que Scherer y sus compañeros, que habían sido “suspendidos” tenían que abandonar el edificio. Nos congregamos en una atiborrada dirección, en los pasillos, listos para resistir. Nuevas advertencias de los reginistas plantearon claramente que “se salen o los sacamos por la fuerza”. Hubo discusión, pero sobre todo incertidumbre y tensión. La violencia parecía inminente. Granados Chapa, a dos metros de donde yo me encontraba, levantó la voz sobre el murmullo: “¡Que cada quien asuma su responsabilidad!”, propuso.  “Yo asumo la mía: ¡me voy!”.  Su postura precipitó la salida en tropel, escaleras abajo, del grupo schererista, encabezado por el propio director general.

Tras la salida de Excélsior por el golpe perpetrado desde el gobierno de Luis Echeverría Álvarez, Miguel Ángel fue elemento crucial para la concepción del nuevo proyecto editorial del grupo, que derivaría en la aparición de un semanario, Proceso, el 6 de noviembre de 1976. Él era segundo en la línea de mando, con el cargo de director-gerente.  Me designó como uno de los dos redactores que escribiríamos los reportajes colectivos, que era su idea original.

Así transcurrieron los primeros tres, cuatro meses del semanario. “Me voy”, dijo un día Granados Chapa. Y no se fue. “Me voy”, volvió a decir una semana más tarde. A la cuarta vez, efectivamente, se fue de Proceso sin que alguien entendiera realmente el porqué. “No cabemos los dos”, me dijo la única vez en que hablamos del tema.

Y se fue literalmente a la calle, para empezar desde cero. De pronto una nueva columna suya, Plaza Pública, empezó a publicarse en Cine Mundial, un periódico de espectáculos de escaso tiraje. Luego trabajó en Canal 11 y dirigió Radio Educación. Más tarde estuvo en Radio Mil y luego en el diario unomásuno.

Nos reencontramos en la Unión de Periodistas Democráticos (UPD) cuando él la presidió, entre 1982 y 1984. Sin embargo, ante la elección de una nueva directiva, estuvimos en trincheras antagónicas. Él apoyaba como su sucesor al cartonista Bulmaro Castellanos, Magú: yo formaba parte de la planilla encabezada por mi compañero de Proceso, Elías Chávez García. Le ganamos una elección cerrada, en un ambiente ríspido.

En septiembre de 1984 fundó La Jornada junto con Carlos Payán, Humberto Musacchio y Héctor Aguilar Camín. Un mes antes de la aparición del nuevo diario, del que sería subdirector, coincidimos en la presentación de un libro. Ahí me platicó del proyecto y me invitó a sumarme a él como reportero de asuntos especiales. Se lo agradecí. “Tú sabes que yo con Julio Scherer hasta que la muerte nos separe”, le dije.

No fue así, ciertamente.

En los años noventas nos reunimos unas tres o cuatro veces para tomar café, en el Sanborns “de los pajaritos”, de la Glorieta del Riviera. Le gustaba ahí.  En una de esas ocasiones le informé de la recién formalizada ante notario público asociación civil “Reporteros en Proceso”, que integramos la mayoría de los miembros de la redacción para incidir en el destino editorial de nuestro semanario, que sentíamos anquilosado, vetusto. El hecho le pareció “sumamente importante” y al día siguiente dedicó al tema su columna en Reforma… cosa que no les gustó ni a Scherer García ni a Vicente Leñero.

En mayo del año 2000, cuando cubríamos la campaña presidencial de Vicente Fox Quesada, mi hijo Francisco Ortiz Pardo y yo fuimos despedidos de Proceso sin motivo y sin explicación alguna. Granados dedicó a nuestra salida su columna Plaza Pública en Reforma, el 21 de agosto de 2000. Este es la parte sustancial:

La causa periodística y la estructura accionaria son dos factores que tiñen de particularidad el vínculo de Ortiz Pinchetti con Proceso, que ni jurídica ni moralmente puede ser roto con la frialdad y la desconsideración con que se disolvió la relación laboral (…) Persiste el problema de fondo, que clama por el respeto a la libertad profesional y a la consideración que merecen quienes vieron a Proceso no como una chamba, sino como una causa. No había ninguna razón laboral ni ninguna explicación lógica, coherente, a lo ocurrido en Proceso. Era evidente en cambio que la censura y el despido contra Ortiz Pinchetti y Ortiz Pardo tenían un trasfondo político. Así lo consideraron diversos medios extranjeros, como el diario español El País…

Hasta donde recuerdo, la última vez que vi a Miguel Ángel fue alrededor del 2005, antes de que se le declarara la enfermedad que le causaría la muerte. Fue en una celebración de mi hermano José Agustín. Esa noche me “regañó” por no trabajar en algún medio importante, como según él debiera. “¡Es un desperdicio!”, refunfuñó mientras clavaba su índice izquierdo en el entrecejo de los anteojos. Válgame.

@fopínchetti

Fuente: SinEmbargo

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