Fin de ciclo

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Por Adolfo Sánchez Rebolledo

Las opiniones son dispares, pero hay algo incuestionable: estamos ante el fin de un ciclo que se inauguró formalmente con la alternancia en la Presidencia y termina con el fracaso de la derecha histórica para llevar a la práctica su proyecto de reorganización de la sociedad. Lejos de reformarse a cabalidad para dar paso a un nuevo régimen político, la victoria del panismo acentuó la decadencia de las instituciones sin transformarlas a plenitud. Una vez alcanzado el objetivo secular de vencer al PRI, desapareció el impulso reformador (¿había algo más?) o éste se concentró en atender las necesidades prácticas de los grupos de presión, las urgencias derivadas de la crisis o las turbulencias políticas de la coyuntura. Al darse por concluida la transición se echó por la borda la reforma política del Estado y se perdió de vista la visión de conjunto para reordenar las prioridades nacionales.

La crisis de 2006 puso de manifiesto hasta qué punto la derecha había agotado el miserable potencial reformista que lo condujo a ganar las elecciones del año 2000. Para entonces –recordemos el desafuero–, Fox y los suyos estaban dispuestos a tensar las cuerdas del más burdo autoritarismo con el fin inmediato de liquidar en la cuna a la naciente oposición, que sólo en parte podía identificarse con la izquierda organizada. Todos sabemos lo que pasó: Fox no pudo evitar la aparición de una fuerza capaz de disputarle el gobierno a los partidos del sistema, pero la gran alianza de intereses que entonces le declararon la guerra a la oposición pasó a la ofensiva y consiguió, al fin, imponerse, echando por la borda todo sentido de Estado.

Sin embargo, el enorme vacío oculto bajo la normalidad democrática pronto hizo agua en la muy frágil singladura del nuevo gobierno que, como el rey del cuento, apareció desnudo tan pronto saltó a la escena. El país estaba destrozado por la desigualdad y la violencia criminal, por la impunidad y la corrupción, pero la ilegitimidad amenazaba la propia gobernabilidad. Ante eso, sin dudarlo, el nuevo presidente dejó atrás las propuestas de campaña, se vistió de verde olivo y desde la superioridad lanzó la guerra contra el narcotráfico como razón de ser de su administración, sin admitir la naturaleza de la crisis de fondo que subyace al deterioro de las instituciones, a la que cabe añadir, hoy, la hipertrofia de las funciones de seguridad.

Mientras, el poder real se encargaba de mantener en pie su propia hegemonía a partir del desencanto hacia la clase política, que en parte responde a un estado de cosas real, palpable, pero también a la ficción vendida por los grandes medios de que es posible y positivo gobernar sin partidos o a través de personeros que directamente representan intereses particulares (como ocurre con la llamada telebancada).

La vida pública pasó a ser, en la opinión dominante, un simple estercolero donde se juegan los destinos sagrados del ciudadano. Sin embargo, eso no impidió a los poderes mediáticos (asociados, por supuesto, a otros intereses) crear una candidatura que, sin romper con los paradigmas electorales, funcionara con eficacia en la posterior tarea de reordenar la acción estatal en un marco de claras definiciones acordes con las nociones de modernidad que, no obstante, la crisis global puso en un predicamento.

Hoy estamos de nuevo ante la tesitura del cambio del gobierno, aunque en rigor el poder real siga en las mismas manos. En parte, los problemas son los de hace seis o 12 años, sólo que agravados o condicionados por nuevas realidades aquí y en el mundo, de modo que una vez más la gran cuestión será saber si detrás de todo esto hay, al menos, una idea de qué hacer en relación con los problemas fundamentales del país o si, como muchos temen, sólo se agudizarán algunas de las tendencias más negativas, como la insistencia en un curso de desarrollo que tiene como eje la privatización acelerada de toda la vida económica, aun si para conseguirlo el país tiene que saltar al vacío.

Como sea, lo que ocurra a partir del primero de diciembre coincidirá con importantes cambios en el plano de la representación política cuyos efectos se dejarán sentir a partir de ahora. Asistimos, a querer o no, al proceso de agotamiento y renovación del viejo régimen de partidos que hizo posible la transición, así como a una suerte de reubicación de las instituciones electorales (y del tema electoral mismo) en el funcionamiento general de la vida política.

La crisis interna del PAN, apenas disimulada por el presidente Calderón en más de una increíble declaración pública atribuyendo a su partido la derrota de julio, da cuenta de cómo la fuerza blanquiazul se quedó sin argumentos, es decir, sin un proyecto estratégico que ofrecer más allá de sus planteamientos culturales que, por cierto, ya tampoco los distinguen de los priístas de la nueva hornada, que tan bien se entienden con el empresariado y la jerarquía católica.

No debería sorprendernos que en el futuro sean estos sectores afines los que se den la mano dentro de una misma organización política, aunque por ahora les baste compartir el credo económico y muchas de las concepciones más básicas.

Pero donde se cierra con mayor claridad un ciclo es en la izquierda. La constitución de Morena como partido político es un acontecimiento cuya importancia nadie puede negar. Difiero de quienes advierten en esta decisión sólo una prueba más de la incapacidad de la izquierda para unirse. No es así. En realidad, al conformarse como una fuerza política distinta, autónoma, Morena crea un espacio que antes no existía para muchos miles de ciudadanos que o bien no tenían partido o estaban decepcionados de su militancia anterior.

Lamentablemente, la situación interna del Partido de la Revolución Democrática impidió que la disputa interna se resolviera mediante el debate político, manteniéndose la ficción de la unidad por razones de cálculo y conveniencia política. Hoy eso se pone en entredicho y en buena hora cada quien será juzgado por sus actos y definiciones. Es un hecho muy positivo que la nueva fuerza sea un partido, asumiendo con ello todas las responsabilidades que esta decisión conlleva, tanto en el plano político legal como en el mundo de las relaciones interpersonales de quienes se integran a él. No en balde, para todo fin práctico, el congreso ha sido un recuento de las condiciones subjetivas, la explanación del deber ser de los militantes.

En sentido estricto, el congreso fundador de Morena ha querido reafirmar su visión de la ética como antídoto contra la política convencional, sea de izquierda o de derecha. Ahora se enfrentan a la tarea de construir la organización construyendo simultáneamente una política para el país que existe más allá de las elecciones. El desafío apenas comienza.

Fuente: www.Jornada.Unam.mx

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