El llanto de España

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Por Rafael Fernando Navarro

Si las lágrimas son la sangre del alma, como diría Agustín el africano, las lágrimas del rey deben ser azules. Hermoso color para el llanto. Pero hemos comprobado que no lloran los reyes. Son muy machos ellos. “Y un hombre macho no debe llorar” cantaba el tango testicular, tango entrepierna de apareamiento dominante.

Juan Carlos primero de España y quinto de ninguna parte, ni siquiera de España lo ha dicho: “A España se la ve bien desde fuera. Desde dentro dan ganas de llorar” Y ahí estamos los que siempre estamos dentro, los que no somos jefes de Arabia Saudí, ni emperadores japoneses, ni indios de turbantes hermosos-corte-inglés-a-medida.

Ahí estamos los otros, los españoles habitantes de los barrios pobres de Alemania, de las casas bajitas de Alemania, a los que Merkel vigila como los extorsionadores de las mafias humanas vigilan a los pobres falsamente mutilados de los semáforos, como vigilan los traficantes de carne tierna y joven a sesenta euros el polvo, a cien copa incluida, a doscientos si droga, si colchón con luna testigo y así hasta el orgasmo total de chalé en La Moraleja-Somosaguas-La Finca. Merkel pasea por sus barrios pobres, con la sonrisa azul de teutona conversa oriental, con restos de muro-Berlín-derrumbado a empujones. Grecia, Portugal, España, Italia, suburbios de pobres prefabricados. Y va exigiendo las limosnas recogidas porque para eso les concedió un semáforo a tiempo parcial, con clinex antialérgicos, les permitió tener hijos para exhibirlos entre las piernas de madre-humillación, por si la misericordia, la solidaridad, la fraternidad. Y su ministro, de cuyo nombre no puedo acordarme porque no hablo alemán ni en la intimidad, pero es el de la silla de ruedas atropellando democracias, fusilando presidentes electos porque las urnas electorales hay que llenarlas de déficit, de intereses de deuda, de primas devastadoras de agencias, de mercados-mercadillos devoradores de educación, de sanidad, de servicios sociales. Merkel  pasando revista a la miseria, con Draghi amenazando, látigo entre los dientes, crujiendo el aire que suena a música para los bancos de la usura.

Un millón setecientas mil familias, sólo en España. Que los bancos alemanes multipliquen por una media de tres y les sale la cifra exacta del hambre. Casi seis millones de parados, con la esperanza desguazada, con los sueños sin estrellas. Quinientos desahucios diarios con niños plastificados en cajeros, seres acartonados con mujeres apretadas por aquello del frío, con la erección prohibida porque miran las estrellas, con las piernas cerradas porque es muy virgen la luna.

Es un llanto España. Lo ha dicho el Rey-prótesis, el rey-Urdangarín, el Rey-marfil-elefante. A España le duele España. Se le ha vuelto sensible la piel de la calle, los derechos apaleados por unos antidisturbios que actúan de forma impecable porque lo manda el ministro del interior, la delegada rubia con el corazón escondido. Y Wert se quita el polvo de los zapatos porque los manifestantes son radicales, antisistema, con voluntad de imponer el comunismo trasnochado. Y Cospedal vislumbra tricornios y Montoro promulgando los presupuestos más sociales de la democracia. Y Rajoy constatando que los buenos españoles se quedan en casa saboreando la copa de sobremesa de langosta y caviar iraní. Son los que quieren destruir la democracia. Lo ha dicho Villalobos mientras cocina cocido con huesos de vaca loca. Báñez contempla como dato esperanzador los seis millones de parados, las mujeres pariendo en las puertas del INEM. Esos parados ya no son parados. Soraya-vice los ha convertido en acicate, en espuela de rejoneo que lleva al quiebro elegante ante los cuernos de Merkel embistiendo.

Los hambrientos, mineros de cubos de basura, conquistadores a codazos de un plato caliente en Caritas, apisonados de resignación por unos Obispos que prometen cielos mientras se comen la cosecha dineraria de la tierra.

Un llanto España. Al borde de la madre tierra. Porque hay quien se mata para dejar de llorar. Porque es barata la soga, porque un tiro te lo puede dar cualquiera, porque una merienda de opiáceos te permite besar los dientes de la muerte.

Un llanto España. Sólo un llanto.

Fuente: Nueva Tribuna

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