El cuerpo: del delito al deleite

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Una vieja disputa, como una negra parvada de aves carroñeras, ha rondado al cuerpo humano: ¿de quién es el cuerpo?, ¿de Dios, puesto que es el templo donde hace residir el alma?, ¿del amado a quien se lo entrega como ofrenda de amor?, ¿de la ideología cuyos dogmas, reglas, prohibiciones, lo condicionan hasta lo más íntimo?, ¿de quien logre herrarlo y facturarlo a su nombre?, ¿de la persona que lo vive?

 

Las interrogantes dejan de ser capciosas cuando aceptamos que el cuerpo de las personas ha sido alienado por la ideología dominante en las diferentes épocas y sociedades. “No ser lo que es, estar fuera de sí, ser otro sin rostro, anónimo, una ausencia: esto es la enajenación”, explica Octavio Paz. El cuerpo, sobre todo el cuerpo de la mujer -tan codiciado como tan sometido-, ha sido engullido por el Estado y criminalizado por sus leyes, endiablado por las religiones, vulnerado por los hombres, y a veces, abochornado por las mujeres mismas.

En los años más recientes, y gracias a las luchas de las propias mujeres y de los homosexuales, el cuerpo ha logrado emanciparse a través de un tortuoso proceso que aún continúa y cuyo propósito es desideologizarlo, es decir, desplazar los fantasmas, herrajes, dogmas, etc., y permitir que aparezca el cuerpo tal cual es: con su alma, su albedrío, sus fragilidades y deseos, con el único sujeto que ahí puede residir: el sujeto del yo, y que esté libre ya de los mandatos de los otros.

Este paulatino empoderamiento del cuerpo por parte de sus naturales propietarios, ha provocado una manera más libre de vivirlo y de conducirlo por los rumbos que cada sujeto decida. Esta nueva concepción del cuerpo trae consigo las nuevas polémicas que estamos enfrentando. El reclamo de esta nueva postura es que las leyes sean congruentes y fortalezcan estas conquistas, porque finalmente son estos avances reales lo que determinan los verdaderos derechos sociales que el individuo alcanza.

La conquista de la libertad de su propio cuerpo por parte de la mujer y los homosexuales es la medida exacta del avance de las sociedades.

Muchos siglos han pasado antes de que la mujer lograra echar de su cuerpo los fantasmas y los poderes que la aterraban y la sometían, antes de que pudiera afirmar que ella era dueña de su cuerpo, más aún, que ella era su cuerpo y que todo lo que en él sucediera se sometería a su decisión. O casi todo. Pueden decidir sobre asuntos graves y extremos como abortar o suicidarse, o sobre su propia muerte asistida, o en caso de los homosexuales unirse con una persona de su mismo sexo, y así comportarse, si lo quieren, con la liberalidad sexual que elija, u optar por la abstinencia; sin embargo nada puede decidir sobre las enfermedades, ni sobre el amor.

En relación a este último tema, es incuestionable que la apropiación de cuerpo por el sujeto mismo, ha modificado las formas en que se relacionan amorosamente las personas. El cuerpo sigue siendo un laboratorio donde las emociones humanas se incuban en vínculos amorosos o, por el contrario, en resentimientos insalvables y estallan en violencias sin control y letales.

La mujer ya no es la mujer de fulano de tal, sino de sí misma, que en todo caso, decide compartir su camino, su casa, su cama, su corazón, con tal o cual persona. Lo mismo hacen los hombres y los homosexuales hombres o mujeres.

El sexo, el erotismo, el amor no son delito ni pecado; su ejercicio pleno no está prohibido, y aunque existen muchos otros instrumentos para expresarlo y demostrarlo, el mejor de ellos es el cuerpo libre de las personas libres.

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