El campo magnético del deseo: ¿Estudias o trabajas?

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Por Alfredo Espinosa

En el amor, todo es misterio, pero quien lo busca, busca la maravilla, la alegría, el colorido del mundo.

Las miradas se entrecruzan. Un segundo nada más, o dos, y sucede una descarga eléctrica. Luego, los dos se hacen los desentendidos, conversan con amigos, beben de sus copas, continúan con sus trabajos, pero una fuerza interior los obliga a buscar esos ojos en cuyo fondo ya desearían mirarse. Los buscan y encuentran una sonrisa. Una sonrisa levísima, como de la Mona Lisa, pero estremecedora, imantada. Vuelven otra vez a sus cosas pero la concentración se ha evaporado.

Hay en la atmósfera músicas cómplices, flores puestas ahí, adrede, penumbras donde prosperan los encantamientos. Levanta la cabeza otra vez atraído irremediablemente por esa persona y ésta sonríe abiertamente con los demás, parece feliz, y como si de un accidente azaroso se tratara vuelve a mirarlo y pero ahora parpadea lentamente y esa millonésima de segundo antes de dejar caer sus pestañas le envía una luz sutil pero intensa. Él hace esfuerzos sobrehumanos para no caer fulminado. Luego ella vuelve a reír mientras se acomoda el pelo tras la oreja y se humedece los labios.

Hay unos cuantos metros entre uno y otra y parece un abismo. No importa: de pronto les han salido alas.

Avanzan hacia esa persona por los senderos de un mapa inconsciente. ¿Obedecen una química que sólo ellos reconocen en las feromonas del ambiente; a una trama inconsciente prescrita en los patrones de la conducta infantil; o simplemente sucumben a la pasión efímera del encantamiento? Cualquiera que sea la explicación estamos ante la más irresistible de todas las fuerzas naturales: el amor.

Los desconocidos, sin haberlo planeado, se encuentran en el mismo campo magnético. Se saludan. Las manos se tocan por primera vez; por primera vez se sonríen, se miran, se hablan. Las pupilas se abren como el obturador de una cámara fotográfica ávida de captar lo más posible.

Dos enigmas comienzan a enredar sus misterios y como cables eléctricos chisporrotean. Están en el camino hacia el corazón del otro, y el camino emocional es el más fascinante de todos. Hablan de todo y de nada, si estudian o trabajan, se presentan lo más positivamente posible, revelan sus yos auténticos, sus heridas, sus sueños. Comienzan a moverse al mismo ritmo, a engranar en una maquinaria afectiva que suponían oxidada y que ahora funciona enaceitada y mágica.

Se abrazan y se sienten, por primera vez, uno en brazos del otro. El abrazo de los cuerpos no es otra cosa que las señas que un alma le hace a otra. Pero ninguno de los dos declara que desea probar sus labios, sentir las caricias, el calor de la pasión del otro.

Si logran sobreponerse al impacto de los primeros encuentros tendrán oportunidad de ponerse a prueba y responder algunas preguntas esenciales: ¿Estudias o trabajas?, ¿A qué horas sales por el pan?, es decir, quieren indagar ¿quién eres tú? y ¿qué quieres exactamente de mí?

Es quizá la única oportunidad de mirar al otro (a) con objetividad, fuera del mundo interior.

2.-
¿Quién eres tú? y ¿qué quieres exactamente de mí?

¿Qué cualidad enamora más a las personas? ¿La belleza física, el sexo, la vanidad, la insistencia, la adulación, el dinero, el poder, el currículum, la imagen pública? ¿Cuál de todas éstas, u otras, es la que hace que ames a una persona?

Dos poderes se enfrentan, dos carencias afectivas buscan satisfacerse. Intuyen que el amor es, sobre todo, un instinto. Por eso, en el gallinero, en el establo, en la selva y en nuestra sociedad, el macho desea a muchas hembras, y las hembras desean al mejor macho. Pero si su majestad el amor está presente la persona que es anónima tendrá un nombre pronunciado en su oído; quien era cualquiera, X, será única; quien era perecedero, será inmortal.

El primer movimiento del corazón es la posesión del otro (a). He ahí el conflicto, porque el amor, por antonomasia, es libre y requiere de su vuelo para sobrevivir.
El amor obedece a una trama preestablecida. Aunque cada historia posee matices que la convierte en peculiar y única, el amor se escribe sobre un pentagrama tradicional desde donde se trinan sus dichas e infortunios.

En “El Banquete” de Platón, uno de los filósofos asistentes, Aristófanes, habla acerca de los andróginos, seres que poseían en sí mismos ambos sexos, y que por tanto no necesitaban relacionarse con otros porque estaban satisfechos emocional y sexualmente, pero los dioses envidiosos de su felicidad los dividieron y, además, les voltearon la cabeza que les impedía ver de frente a sus complementos.

Desde entonces, casi a ciegas, a tientas, una mitad busca a la otra, tratando de embonar el uno con el otro. La imagen es sugestiva y no en pocos casos posee una verdad contundente. Los que se aventuran al encuentro amoroso se internan en un laberinto y a tientas, empellones y reacomodos, logran unirse al otro(a) de la misma manera que lo hacen los engranes de las poleas.

Desde entonces buscamos a la media naranja, pero ¿cómo se conoce a la persona que habrá de amarse? ¿Cómo se describe el encuentro que hizo posible la experiencia amorosa?
Elija la suya:

1.- Fue un relámpago, un flechazo, que de inmediato me cegó y supe que ése era el amor. Fue algo sencillo. Todo estaba dicho desde la primera mirada. Hacemos química. Yo no lo busqué, él llegó a mí de manera tan inesperada y con tal fuerza que entró a mi corazón. Existen tantas afinidades entre los dos que engranamos perfectamente.

2.- Estaba ahí durante mucho tiempo y, ay ciega(o) de mí, no pude verlo hasta que paulatinamente ya se había metido en mi corazón.

3.- Era mi amigo. Yo le contaba mis cuitas, me ayudaba a levantar los pedazos de mi corazón quebrado por otros, y su sensatez y su comprensión hizo que me enamorara de él.

4.- Me caía muy mal. Me era antipático, pero de un modo desconocido para mí, algo sucedió que se fue convirtiendo en lo más importante de mi vida, y todos los defectos fueron por mí comprendidos y la (lo) descubrí otro, otra, y me mostró cosas extraordinarias.

5.- Era un desafío para mí. O era él (ella) o nadie. Éramos tan distintos que jamás creí que podríamos ser pareja. Peleábamos mucho. No sé lo que sucedió pero estamos juntos.

¿A quién amamos?, se preguntó Sigmund Freud y así se respondió: a quien te complementa, a tu contrario, al ideal del tu yo (a quien posee las cualidades que tú mismo (a) has deseado para tu persona). Para este genio, padre del psicoanálisis, abundan los amores narcisistas: aquel que mira al otro como a un espejo o como un lago en donde se mira a sí mismo (a).

El filósofo alemán Martín Heiddeger, por su parte, consideraba que el amor, (y la identidad del individuo) sólo alcanzaba la plenitud, su definición mejor cuando una mirada, La Mirada, lo recortaba entre todos los seres anónimos que somos, siluetas, zombis, cadáveres en progreso, y lo coloreaba con la intensidad y los matices de sus emociones.

Deseamos que en nosotros se pose la primer mirada, la mirada de la madre, la mirada del amor para sentirse completo (a), para completarnos.

Esa mirada comienza por ser un deseo. Un deseo de posesión. Y cuando este deseo pierde otros intereses y se centra en la obtención de una sola persona, comienza el enamoramiento.

No hay nada que hacer. Que te protejan los dioses si el amor te toca.

* Este trabajo pertenece al ensayo Del enamoramiento al mal de amores, aún inédito.

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ALFREDO ESPINOSA
Narrador, poeta y ensayista.
Su más reciente novela es:
Territorios impunes (UACJ, 2011)

Comentarios:
aespinosadr@hotmail.com
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