El amor, orgía de fantasmas

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Por Alfredo Espinosa

¿Qué se ama cuando se ama?, se pregunta el poeta Gonzalo Rojas, y quizá esa es la gran pregunta. No se sabe por qué se ama, tampoco se conoce a quién se ama. ¿Se ama acaso a ésa una única que cada quien inventa con la poderosa maquinaria de sentimientos y ficciones?  ¿Se ama a ese (a) en la que uno se mira como en espejos de humo, y donde se es más verdadero?, ¿o se ama a la que destila una química que sólo el secreto corazón descifra? ¿Es el amor la insana diversión de buscar en otr@s, en sus raíces y en sus locuras, a aquella persona que dios te dio en el viejo paraíso?

¿Quién provoca estos encuentros? ¿Es el azar, los caprichos del destino, una elección sentimental o un cálculo de la mente? ¿Qué es eso, amor?, ¿es un cultivo, una construcción, o un relámpago, o de plano, un milagro? ¿Es dios o el demonio quien nos induce a tener ilusiones y delirios en esa enfermedad del alma que es el amor?

¿O todo es mentira, un gran juego, una treta del instinto que empuja al apareamiento? Somos animales, sin duda, pero animales que imaginan. Y entre más imaginamos, en una noche, podemos reescribir el Kama Sutra, o abrir las puertas del infierno al, por ejemplo, oscuro abandono de los celos.

La criatura amada es un divertimento, un rompecabezas, un laboratorio; es el poema inasible de líneas curvas y atmósferas perfumosas. La criatura amada es tierra que gira, luna que muda, fuego que danza, agua que marea, aire que nos revuelve como se le antoja.

El amor es una de las experiencias que más conmocionan. Nadie sale ileso de ese trance, porque el amor obliga, atropelladamente o sucediéndose una a otra, a que participen todas las emociones humanas.

El amor es el reino de las paradojas y de las contradicciones. Nadie lo puede definir, pero cualquiera que lo haya vivido, lo reconoce.

Por más que se le resista, el amor trastoca el prudente modo de comportarse, la sensatez civilizada que hemos aprendido para relacionarnos con la otredad. El amor seduce y cautiva, pero también altera y perturba, y con no poca frecuencia lo que pretendimos vivir como un sueño, se convierte en una aterradora pesadilla.

Los internautas se enamoran en algún sitio del ciberespacio de igual modo que Platón se enamoraba de los efebos en sus banquetes.

Esencialmente el amor es el mismo: dos personas, independientemente de los motivos que aduzcan, se unen porque un sentimiento poderoso los arraiga en el corazón del otro.

Lo que ha cambiado del amor son sus formas y su perdurabilidad. Y esto tiene que ver con la posición de la mujer en la escala social. Su integración al mercado laboral, su independencia económica y acceso a los contraceptivos, entre otras cosas, le permite vivirse no como propiedad de otro sino de sí misma. Y el cuerpo que antes permitía que lo tatuara su propietario con su fierro, se libera. La mujer ya no es un bien mueble fracturado a un dueño, sino un instrumento de trabajo, sí, tanto como un vehículo de placer, un hervor de emociones propias, es decir, una persona.

Aunque todavía persisten diferencias entre un hombre y una mujer respecto a la experiencia erótica, cada vez más parecen difuminarse. Ambos disfrutan el carrusel del sexo, sin duda, sin embargo algunas mujeres todavía defienden la supremacía sentimental en esos apareamientos. Lo cierto es que ya dueñas de su albedrío, muerden cualquier manzana que se les antoje.

Pero una cosa es el sexo y muy otra el amor. Aunque muchas mujeres sigan jurando que primero aman y luego tienen sexo (Tinto Brass asegura, en contraste, en una de sus deliciosas películas pornoartísticas que las mujeres primero se mojan luego se enamoran), pueden abundar los deslices, los cancos, los fugaces ligues, los acostones, las noches de copas locas, los reventones, etc., porque en la vida existen una enorme cantidad de tentaciones a las que sucumbimos, encuentros de cualidades diversas, pero de éstos solamente los que sean excepcionales pueden convertirse en amorosos. Los más impactantes nos marcarán el corazón con una profunda y dolorosa la herida cuya cicatrización será lenta y agónica. Con esos amores entreveremos el paraíso y habitaremos, por una larga temporada, el infierno.

El amor son los amores; sus rostros son distintos. Pero cualquiera que sea su cara, es indefinible porque cada historia amorosa posee sus peculiaridades y matices.

El enamoramiento, su primera etapa, es quizá, la más espectacular e ilusoria: un flechazo, un relámpago, una química mágica, logra de pronto que una mirada recorte a una sola persona entre la muchedumbre y la vuelva única; que se aventure en ella y en ella se interne extraviándose, hasta que la otra voz lo reencuentra y lo bautiza con su verdadero nombre.

El amor provoca un sacudimiento, un arrebato, un vuelo súbito, una locura, una caída a lo insondable porque, parafraseando a Breton, el amor es convulsivo o no es. Y es que el primer movimiento del corazón que ama es la posesión, y paralelamente, la renuncia a su propia libertad para esclavizarse al amado. Sin embargo, la esencia del amor es la libertad. He ahí el indisoluble conflicto del amor.

Seguramente fuerzas ancestrales propician el apareamiento de dos criaturas con la finalidad de la procreación y la supervivencia de las especies. Sin embargo, en los humanos, el poderío del amor reside en que las personas que lo viven están convencidos que lo que está sucediendo, de ese modo tan especial y vibrante, sólo se da porque es él o ella, o ambos, y juntos. En el encuentro amoroso hay magia y milagrería, y la pareja, viviendo la novedad del encuentro, está convencida que están llamados a escribir una épica legendaria.

Pese a que el imaginario colectivo ha cultivado la presencia del amor como una irrupción contundente y definitiva en la vida de las personas, raras veces llega sin que en éstas exista una condición especial o una sensibilidad peculiar que les permita anidar esa poderosa experiencia emocional.

Cuando la persona se encuentra con el amor, ya habría decidido, conscientemente o no, abrirse a la posibilidad de esa experiencia, ya sea porque detecta en su vida un vacío o una carencia, o porque anhela ser salvada de una situación traumática, o porque desea enriquecerse con el mundo de ilusiones y motivaciones que mágicamente supone, orientaría su vida hacia el campo ignoto de la felicidad. Es decir, previamente existe en esas personas una disposición o una vulnerabilidad. Por supuesto, no se descarta la experiencia del flechazo, del relámpago, de la selección divina, del milagro, de la química, pero no suele ser el camino que habitualmente transita el impredecible amor. Es más común la experiencia de la construcción, del cultivo, del compartir el camino, etc., porque el amor se da en la convivencia y en las afinidades, en los proyectos comunes pero también, curiosamente, en los desacuerdos y sus negociaciones; o mejor aún, el amor necesita, para saberse profundo, del conflicto y del sufrimiento.

Pero el encuentro también puede ser un desencuentro. No siempre existe la sintonía emocional entre la persona elegida y quien la elige. No siempre hay la misma disponibilidad entre los dos, las mismas necesidades y expectativas, el mismo ritmo. Suele pasar que uno proponga y la otra desdeñe; que una se afane y el otro mire esos esfuerzos con displicencia. Alguien puede amar a una persona y ésta a otra. De ahí los múltiples malentendidos, colisiones, desatinos, enredos. De ahí el milagro del amor cuando sucede.
No existe homogeneidad en el concepto del amor, ni siquiera en su vivencia. Cada libro, cada canción, cada anécdota, cada chisme, cuenta una parte de ese cuerpo fragmentado, de esa historia inconclusa, sin abarcarlos del todo. Ni siquiera quienes lo han vivido son capaces, pese a su propensión por los detalles, de reseñar su propia experiencia. En términos generales, el amor lo reconocemos porque mueve todas las emociones que una persona posee y todas ellas las dirige a otra, con mucha mayor fuerza que otras, incluso tan perturbadoras, como el odio o la envidia. Lo cierto es que nadie puede hablar del río del amor como si fuera uno.

El río se modifica según el cauce, según las aguas que se secan o que se añaden, según lo apacible o lo turbulento de las circunstancias.

La pareja enamorada es, por sí misma, un mundo aparte y autosuficiente. Y el matrimonio, la unión libre, la vida en pareja, esa cotidianidad, es el territorio donde se ponen a prueba las ilusiones del amor: ¿quién es ese otro a quien le juran unirse hasta que la muerte o el desamor los separe? ¿Con quién se casan las personas? ¿Una persona se une a otra, o consigo mismo, o con su propia idea de lo que debe ser el matrimonio, según se lo han inculcado y según lo han soñado?

Hay quienes se casan no con una persona, sino con su propio código moral, e independientemente de lo acertado o fallido de su intento lo llevan hasta sus últimas consecuencias. Lo cargan toda la vida como una cruz, como una condena perpetua, ciegas a los nuevos ofrecimientos del mundo y sus tentaciones. Pero otros abren los ojos y se preguntan: ¿Toleraré una desgastada relación hasta que aparezca otro que deslumbre, sacuda las rutinas y cuestione todo aquello lo que yo creía que era el amor? Otros, en cambio, llevan a cabo una vida paralela. Mientras mantienen una relación oficial, emprenden la aventura de otra, subterránea, clandestina, en la que intentan recuperar lo perdido o lo no vivido aunque al fin de cuentas, suelen reeditar el mundo doméstico del que pretendían huir.

El amor sigue siendo lo que siempre ha sido: una orgía de fantasmas.

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ALFREDO ESPINOSA
Narrador, poeta y ensayista.
Su más reciente novela es:
Territorios impunes (UACJ, 2011)

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aespinosadr@hotmail.com
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