Don Luis y Pancho

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Por Alfredo Espinosa

En 1923 mueren dos emblemáticos personajes chihuahuenses, contrarios entres sí, enemigos personales y de clase, que sostuvieron dos proyectos sociales antagónicos por los que habrían de enfrentarse. Cien años después de aquellas luchas, todo parece seguir igual.

A Francisco Villa le llamaban, simplemente, Pancho. Luis Terrazas era, por obligación, Don Luis.

Francisco Villa, nacido en La Coyotada, Durango, en el seno de un hogar de campesinos pobres, estaba cerca de cumplir los cuarenta y cuatro años cuando fue asesinado en Parral al ser emboscado por sus enemigos. Terrazas, en cambio, muere a los noventa y cuatro años, de viejo y en su cama. Los huesos de Villa nadie sabe dónde andan. Su cadáver fue sacado de su tumba para mutilarle la cabeza; los de Luis Terrazas, en cambio, reposan en el Santuario de Guadalupe de Chihuahua.

Terrazas y Villa, acérrimos enemigos, ambos gobernadores de Chihuahua, apostaron de manera distinta; tuvieron dos posturas irreconciliables con dos instrumentos letales en sus manos. Villa, con un revólver en sus manos y presionando las costillas de sus enemigos, impuso una idea de justicia en donde él mismo era el único juez, y su instinto el argumento más contundente. Terrazas, en cambio, el patriarca terrateniente, dueño de todas las leyes, las utilizó para enriquecerse y adueñarse de Chihuahua literalmente. Guiaba a su prole a jornadas extenuantes (con un tratamiento casi de esclavos) y salarios verdaderamente mínimos (que además tenían obligación de gastárselo en las tiendas de raya de su propiedad).

Pancho Villa, semianalfabeta, siempre andaba abriendo escuelas y recogiendo niños de la calle para meterlos en las aulas; Terrazas, en contraste, rechazaba toda propuesta educativa, él no necesitaba, decía, licenciados sino caporales, vaqueros, peones.

Luis Terrazas apostaba por la ley, el progreso y el orden, porque abanderando esos valores podría desarrollar la economía a su favor; Pancho Villa convirtió a las armas como única ley verdadera y atroz, la única con la que podría despojar de sus enormes riquezas a unas cuantas familias que se habían adueñado del patrimonio de los chihuahuenses.

El 12 de junio de 1923 murió Luis Terrazas, el hombre al que se le atribuye la frase de: “Yo no soy de Chihuahua; Chihuahua es mío”. Ese mismo año muere Francisco Villa, en julio, asesinado en Parral al ser emboscado por sus enemigos.

Luis Terrazas, el hombre a quien no podía llamársele simplemente Luis sino don Luis, el latifundista más rico que ha existido en este estado y quien decía no ser de Chihuahua, sino que Chihuahua era suyo, nació en 1829 y muere a los 94 años, de viejo y en su cama y rodeado por su familia.

Con el poder político utilizado para desarrollar sus intereses, Terrazas erigió su imperio económico ofreciendo la modernización y el desarrollo social de Chihuahua, pero logrando un incuestionable empobrecimiento de las mayorías. Terrazas y su imperio repartido entre pocas familias fueron un factor determinante para que se iniciara la Revolución Mexicana y para que existiera un Pancho Villa.

En 1861, el Gobernador de Chihuahua, Luis Terrazas Fuentes, aprovechado la condición insular del estado y su aislamiento del centro, toma decisiones que en lo político contradicen los preceptos del presidente Juárez y ya sin pudor alguno expande su poderío económico apoderándose de los bienes que las Leyes de Reforma habían arrebatado a la iglesia. La desamortización y venta de los bienes que poseía el clero habían pasado a las arcas de la República, y en tiempo de caciques, Terrazas era el único gobierno real en estas tierras bárbaras, y como tal se apoderó del patrimonio eclesiástico y de los lotes baldíos vendiéndolos a sus familiares y miembros de su mismo equipo político (Cuilty, Cordero, Zuloaga, y años más tarde, Creel, Sisniega, Falomir, Luján, Márquez, etcétera), o atesorándolos para fincar alguna de sus múltiples haciendas.

También controlaba las aduanas fronterizas y el pasaje de los productos sin que rindiera cuentas satisfactorias para el Gobierno republicano de Juárez, puesto que eran rentas federales y no estatales. Tenía en sus manos todos los asuntos que dejaban dinero en Chihuahua, por eso cuando sucede la invasión francesa, Terrazas se muestra indolente al principio, escribiendo a Juárez que los problemas con los gringos y los apaches lo tienen demasiado entretenido como para desviar soldados para la defensa de la patria. Ya en 1864, cuando Juárez llega a Chihuahua, las relaciones entre el presidente y el gobernador están deterioradas.

Terrazas, imperturbable, mira el combate entre los juaristas y los franceses y coquetea con ambos mandos. Maximiliano le extiende un nombramiento que no rechaza ni acepta. En 1865 vuelve al gobierno de Chihuahua por medio de las elecciones. Sabe que sin el poder político su imperio económico no prosperaría en la medida de sus ambiciones. Terrazas, sagaz,  logra obtener de Juárez el nombramiento de gobernador y, más tarde, el título de general. Juárez es perseguido y agobiado por los franceses y sus esbirros mexicanos, y necesita todo el apoyo y la lealtad.

Terrazas calcula y urde y finalmente determina que es estratégico volver a llamarse liberal y republicano y sale a organizar la defensa de la patria y colabora notablemente para que los invasores acaben de salir del territorio mexicano y Juárez deje de buscar refugio en estos desiertos y se vaya con su gobierno al centro, fusile en el Cerro de las Campanas a Maximiliano, y lo deje hacer sus negocios en paz. Y sí, Terrazas, dice Luis Aboites, “…en una sola operación, realizada en 1868,  adquirió 186,000 hectáreas más en la famosa y antigua hacienda de Encinillas…”

Teniendo a Juárez tranquilo, Terrazas decidió dar el golpe de gracia a los apaches, comanches y Pieles Rojas, quienes perturbaban el desarrollo capitalista de las haciendas robando ganado, asaltando las diligencias cargadas de metales o apropiándose de los productos de las cosechas. Pidió a su familiar Joaquín Terrazas que organizara un ataque decisivo en contra de los líderes más temidos: Victorio, Ju y Gerónimo. Luego de algunas batallas, Joaquín sale triunfante con la ayuda de Juan Mata Ortiz, quien fue hecho prisionero por Ju y quemado vivo en una hoguera, y de Mauricio Corredor, un tarahumara contratado para seguir huellas y delatar a Victorio, jugando el triste papel de traidor de su causa y sus hermanos, dando por terminado, oficialmente en Tres Castillos, la lucha contra los llamados indios bárbaros que duraría más de dos siglos.

Ya sin indios bárbaros y sin invasores, Terrazas se dedica con ahínco a expandir sus dominios, a amasar su fortuna incalculable y a diversificar sus negocios: molinos de trigo, fábricas textiles y para acabarse de coronar, funda un banco en 1879. Más tarde, la primera línea telefónica conecta su oficina con el mundo.

Luego sobrevienen otras escaramuzas. Se levanta Porfirio Díaz contra Juárez, y en el contexto local, en Tabalaopa, Terrazas es derrotado por Donato Guerra, pero luego cae de la presidencia mexicana Sebastián Lerdo de Tejada y sube Porfirio Díaz. Aquí cae Terrazas y sube José Eligio Muñoz a quien el latifundista había exiliado debido a su pluma combatiente.
Pero Terrazas volvió a tener paciencia y a conocer la naturaleza de quienes persiguen el poder político. Conoce a los de su estirpe y sabe que quienes lo han poseído no querrán soltarlo. Además, ya se sabía el caminito. Estaba convencido que el dinero – y uno de sus mejores vehículos es el poder político– no posee ideología sino intereses, por lo que muy pronto se reencontraría con Porfirio Díaz. Y entre dones sería más fácil entenderse. Ambos buscaban lo mismo: poder y dinero. Faltaba más: ambos estaban convencidos que la política no era cosa de advenedizos ni desarrapados sino de propietarios responsables.

El dinero, dice Fuentes Mares citando a Benjamín Constant, es el máximo instrumento de la libertad, y nadie podía hacer política si no era un sujeto libre, es decir, adinerado. Lo que pasa, ya oigo refunfuñar a Pancho Villa que armó el ejército más poderoso de Latinoamérica con puros desarrapados, peones, campesinos pobres, rancheros en quiebra, “es que están picados de víbora”, diría años más tarde Pancho Villa al conocer de cerca de los políticos, “esos perfumados traicioneros”, de la misma víbora del paraíso que tentó a Adán y Eva ofreciéndoles ser como dioses.

Luis Terrazas  y  su yerno Enrique Creel se vuelven a apoderar, por enésima vez, de la gobernatura de Chihuahua. Mientras Terrazas combate en sus discursos a Don Porfirio, envía a Creel a la ciudad de México para que negocie y se congracie con el cacique Díaz. Comparten el mismo modelo que enriquecerse a sí mismos y a las élites que, casualmente, también estaban en el poder repartiéndoles tierras y traficando con sus influencias a cambio de designar jefes políticos de cualquier latitud leales al Patriarca.

Mientras que, a contrapelo, hacen prosperar el número de campesinos pobres, rancheros sin tierras de cultivo y sin ganado, mineros enfermos y sin protección legal de ningún tipo, así como las rebeliones de los hombres y mujeres libres que se oponen a que se designen centralmente a sus dirigentes. No tardarán en estallar los rancheros de Tomochi y a irrumpir, en unos años más tarde, Pancho Villa.

Mientras tanto Luis Terrazas, entre 1874 y 1907 había adquirido 2 000 000 de hectáreas más. La contabilización de ganado de Terrazas era difícil pero se estima que poseía medio millón de cabezas de ganado. Incontables eran también los caballos, las ovejas, las cabras, por eso el cacique Terrazas, preocupado por que pastaran sus animalitos, extendía sus tierritas, desplazando a los rancheros que vivían principalmente de la agricultura.

Sin embargo, José Fuentes Mares rechaza que Luis Terrazas haya sido un cacique; mejor, dice, “cabría hablar de un patriarcado, en la precisa acepción del vocablo. En la veneración con que sus antiguos servidores pronuncian todavía su nombre, vibra el recuerdo de una específica relación familiar que unió a millares de hombres con el Señor-Padre, fuerte y protector, atento a las necesidades de su prole infinita”. Fuentes Mares escribe el libro “Y México se refugió en el desierto” por encargo de los familiares de Terrazas, quizá por eso sostiene esas palabras tan desconcertantes porque es muy difícil no concebir a Terrazas como un latifundista que engordó su fortuna a costa de las vacas flacas de “su infinita prole”

Luis Terrazas sigue siendo el modelo de muchos políticos y empresarios. La relación entre política y dinero se atraen de manera intensa: el común denominador entre ambos es la ambición. Esa ha sido el sino de los aventureros españoles persiguiendo las ciudades de oro de Cíbola y Quivira, como de los criollos y mestizos que decidieron arraigarse en estas tierras bárbaras. Terrazas aprovechó sus múltiples estancias en la gubernatura de Chihuahua para beneficiarse de las bondades del poder político: siendo dueño de la ley, se convirtió en un Midas en el desierto de sus tentaciones. Como él, la mayoría de los gobernadores, pasados y actuales, han multiplicado sus bienes con el tráfico del poder. Amasan fortunas a las que después le llamaran “inexplicables.”

Los restos del católico Terrazas descansan en el Santuario de Guadalupe de la ciudad de Chihuahua. Ahí tiene, como deseaba Enrique Krause, ese historiador que tanto favorece a las derechas,  “un recuerdo de gloria, un sepulcro de honor”.

El 20 de julio de 1923, Villa es emboscado y asesinado en una calle de su querido Parral. Pancho se equivocaba cuando, de regreso de la batalla de Ojinaga, intentaba consolar a Rodolfo Fierro, según escribe Martín Luis Guzmán, temeroso de que ocurriera alguna emboscada por parte de los Colorados: “No amigo; a mí no me matará nadie mientras la Revolución no triunfe. Yo protejo la Revolución, y como la Revolución es del pueblo, Dios, que tiene la fuerza para gobernar los astros que nos alumbran, también la tiene para protegerme a mí”.

Villa se equivocó rotundamente. Tengo ante mí la fotografía de su asesinato. El cuerpo inerte del general retirado sale por la ventanilla del Dodge en que viajaba.

Pero Villa ya había sido derrotado por un hecho todavía más dolorosas y mortíferas que las diecinueve balas que se anidaron en su cuerpo. Poco antes de pactarse el retiro de Villa a la Hacienda de Canutillo, Carranza le había devuelto al viejo Terrazas la gran mayoría de las tierras que Pancho Villa le había incautado en 1914, siendo gobernador de Chihuahua. El viejo cacique volvía a ganar evidenciando de modo descarnado que en México los intereses son más poderosos que las aspiraciones.

Pancho Villa en cambio fue enterrado en un panteón común, luego fue exhumado para arrancarle la cabeza. Nadie sabe dónde están sus huesos. Sigue viva su leyenda.

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ALFREDO ESPINOSA
Narrador, poeta y ensayista.
Su más reciente novela es:
Territorios impunes (UACJ, 2011)

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