De coquetas y seductores

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Por Alfredo Espinosa

Y de pronto, en las penumbras del corazón, un flechazo. Una imagen nos sacude y nos electriza. Una persona nos cautiva y, aunque haya estado enfrente de nuestras narices, se nos aparece. Siguiendo a Roland Barthes, el episodio hipnótico es ordinariamente precedido de un estado crepuscular: el sujeto está de algún modo vacío, disponible, ofrecido sin saberlo al rapto que lo va a sorprender. Es una vacancia que busca, sin buscar con los ojos, a quien amar.

El cerebro es sólo un enredijo de cables eléctricos que conecta los instintos con las sentimientos y a éstos con la inteligencia, pero cuando aparece el amor hacen corto circuito y sacan chispas, sueños, locuras.

Y esa primera imagen que subyuga al seducido la visualizamos, o la oímos, como si una visión nos anonadara. Ese cuadro consagrará a la persona que amaremos. Algo se rasga y lo que nunca había visto se descubre en toda su integridad. Lo inmediato vale por lo pleno. La memoria recurrirá a esa imagen del primer cuadro: “la primera vez que vi a X…” Por eso, animando al cuadro habrá un episodio, como de una novela, que se fijará en mi memoria.

¿Se ha preguntado usted por qué razón anda todo volado, o por qué cayó redondito, a sus pies, o por qué anda todo apendejado por esa persona que le echa ojitos, se meza el cabello o se lame los labios, levanta las nalgas o saca las tetas, o que te habla con una vocecita…? Usted entró al campo magnético del amor y lo atraen imanes poderosos hacia esa persona, desconocida aún, pero ya fatalmente elegida para su dicha o su infortunio. La fuerza primitiva y eléctrica del amor se ha despertado y de inmediato ha echado a andar la maquinaria fabuladora de la ilusión. En resumen: usted padece un profundo estado de encantamiento, por la gracia a las artes de la seducción.

La seducción es la puesta en escena de los deseos. Es un juego, una aventura o una guerra pero en el ámbito de un escenario cuyos únicos testigos pueden ser los dos protagonistas.

Dos seductores: uno se resiste y otro conquista. Y en medio de los dos un negligé. La lencería atesora el oscuro objeto del deseo. El riesgo para el seductor es que una vez rendido, el presuntamente conquistado se mantenga en la actitud de ruego y veneración. Pero una vez mordido el fruto prohibido pierde su interés. Se prueba una y otra vez hasta el hartazgo.

El deseo no sabe lo que quiere; o más bien, quiere ser, seguir siendo deseo. Poseer y desechar, consumir, presumir un nuevo trofeo que se olvida cuando inicia la búsqueda de otro. Quiere la conquista, no la retención de lo conquistado.

Siempre hay el peligro de que el objeto de la seducción pierda su atractivo en el momento de permitir la conquista. La conquista termina cuando los velos caen: el vestido se desliza y aparece la desnudez. ¿Será capaz, esa desnudez de mantener su deslumbramiento tal como lo hizo con su estrategia de seducción?

Pero independientemente del abanico de placeres, el amor prevalece como un hambre profunda que busca saciarse. Y nadie se salva: se enamoran incluso las putas, los cínicos, los políticos y los fisicoculturistas.

La seducción, artificio maléfico, despliega sus poderes como el pavo real sus plumas coloridas. La coquetería es un poder que trastoca y desequilibra al ofrecerse en su mejor forma, en su mejor momento. Muestra lo mejor que tiene; hace una gloriosa escenificación de sí mismo. Se vuelve irresistible e induce un trance hipnótico. Embruja. Es la serpiente del mal que encanta con su cascabel, es la fruta prohibida cuyo sabor ofrece algo más que el paraíso. La seducción es un lenguaje, un poder, un sentido. Y todo al servicio de cazar la presa de su antojo.

La seducción es una estrategia del diablo, afirma la religión y nos lo recuerda Jean Baudrillard , no solamente de las mujeres, particularmente de las amantes, sino también de los políticos, las brujas, las hadas malignas, y otros enviados del averno. La lisonja, la adulación, la demagogia, el ruego, la victimización y el martirologio, la provocación, el chantaje, el candor fingido y la puerilidad, son algunas de sus formas más habituales con las que una persona convence u obliga al otro (a) a mantenerse ligado a ella y bajo su dominio.

El flechazo de Cupido, la eficiente seducción de Don Juan, la coquetería irresistible de Betty Bo o la Marilyn Monroe, o de esa mujer, la fatalidad o la química, la astucia o la tenacidad del cazador, el embone de las poleas inconscientes, son algunas de las razones que explican que la atracción súbita, el relámpago del enamoramiento, la resuelta orientación del deseo, la construcción de los afectos, han sido exitosas: el hambre encuentra su antojo; el náufrago se ase a su tablita. Uno (a) encuentra en otro (a), su pareja, su media naranja, su peor es nada, y a veces, si tiene suerte, al amor de su vida. Pero sólo cuando se involucra el corazón y se profundiza el compromiso podemos estar hablando de amor.

El sexo ya ha dejado de habitar los closets o los sótanos: hoy ocupa un lugar central e impúdico. Este es el tiempo de la polivalencia erótica, y la potencialidad infinita del deseo, y por eso son infinitas las figuras con las que se representa. En el perfumado jardín de un cuerpo se puede desplegar el infinito alfabeto del deseo.

El amor, afirman unos, no existe, pero, replican otros, cómo apendeja.

Cuando una persona dice a otra “te deseo”, es que ya ha echado a mover la maquinaria fisiológica y que ésta ha encontrado el objeto para la satisfacción de su demanda sexual. El instinto empuja, -y se erecta o se humecta- mientras que el erotismo imagina escenarios, posiciones, rituales, tiempos. La tentación danza seductoramente, guiñe el ojo y nos invita a transgredir la línea dura, a violar el código, y dejarse caer en esas nubes suaves de la carne apetecible cuyas formas y texturas nos dan valor para ir más allá, hacia el desorden.

El deseo está al rojo vivo. El deseo acciona el cortejo, la seducción, la coquetería, la conquista. La seducción es la puesta en escena de los deseos. Es un juego, una aventura o una guerra en el ámbito de un escenario cuyos únicos testigos pueden ser los dos protagonistas. A veces, uno se resiste y otro conquista. Y en medio de los dos un negligé. La lencería atesora el oscuro objeto del deseo. Y no es solamente el deseo de la carne del otro, sino se desea la posesión, el sometimiento de la otra a una nueva voluntad.

El erotismo puede desear a una multiplicidad de objetos sin saciarse, pero tarde que temprano, por razones del todo incomprensibles, el ojo se fija en algunos que le son más apetecibles o asequibles. De éstos, unos pocos podrán ser significativos para su vida.

La seducción es cuando una desnudez se deja entre-ver, se transparenta sin que se aprecie totalmente, se muestra pero se esconde, se trasluce. Es el misterio, el antojo antes de ser degustado.

El deseo no sabe lo que quiere; o más bien, quiere ser, seguir siendo deseo. Poseer y desechar, consumir, presumir un nuevo trofeo que se olvida cuando inicia la búsqueda de otro. Quiere la conquista, más la retención de lo conquistado. Lo emocionante de esta fascinación repentina, nos dice Kierkegaard, es la caza, pero deja de serlo cuando se tiene que cargar con lo cazado.

¿Y cuáles son las estrategias del deseo?: Verbo mata carita porque el clítoris de las mujeres, según ellas lo han confesado, está en sus oídos. Le gusta escuchar cosas bonitas sobre sí mismas. El discurso más embriagador es aquel que les eleva el ego a la altura de las nubes. Ellas disfrutan hasta el orgasmo cuando el tema de la conversación son ellas mismas cuando son miradas por el otro desde su lado idílico e idealizado.

Los (las) seductores: Don Juanes, Casanovas, Histéricas, Borderlines, Las Cabronas. Algunos suelen abandonar a la presa moribunda de amor mientras ellos, satisfechos por haber comprobado la infalibilidad de sus métodos, se retiran. Son Don Juanes, Casanovas, Juan Camaney, los Uyuyuy, Los Rintintines, cuyo imperativo es conquistar, debilitar resistencias morales, doblegar orgullos y altiveces. La seducción es poder. Lo que no les gusta es cargar con la presa. La abandonan y corren a una nueva conquista. Ellos viven de acuerdo a esta fórmula: “Yo deseo mi deseo, y el ser amado no es más que su accesorio” (Roland Barthes).

Los Don Juanes, según Zorrilla, poseían esta vertiginosa perdurabilidad: “Un día para enamorarlas, otro para conseguirlas, otro para abandonarlas, dos para sustituirlas, y una hora para olvidarlas”. La coquetería, por otra parte, ese veneno sutil de la seducción, es la forma gozosa con que se expresan las dotes de los cazadores. Las mujeres resultan más hábiles en estos menesteres porque no sólo sienten deseos; son el deseo mismo. La coquetería se expresa con formas veladas, indirectas, utilizando un lenguaje corporal cuyo objetivo es buscar a la presa y atraparla. Aquí estoy, mírame, parecen decir.

La coquetería se manifiesta con actos apenas perceptibles pero de una eficacia letal. Juegos del ángel y la víbora; guerritas entre la cursilería y deseo de la posesión carnal, tentación y trampa, ligereza y frivolidad que encubren fierezas y rapacidades, promesas entre la niebla y la embriaguez, estrategias animales para hacerse del otro y someterlo.

El goce no está simplemente en hipnotizar a la presa sino que en ese juego, en esa posición, hallan en sí mismas el punto G, la chacra sensual de sí mismas. Gozan haciendo gozar.

Siempre hay el peligro de que el objeto de la seducción pierda su atractivo en el momento de permitir la conquista. La conquista termina cuando los velos caen: el vestido se desliza y aparece la desnudez. ¿Será capaz, esa desnudez de mantener su deslumbramiento tal como lo hizo con sus seducciones y coqueterías?

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ALFREDO ESPINOSA
Narrador, poeta y ensayista.
Su más reciente novela es:
Territorios impunes (UACJ, 2011)

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aespinosadr@hotmail.com
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