Cultos oficiales, creencias profanas

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La religión de la Modernidad y la crisis ecológica global. Una mirada desde la periferia (de)colonial.

Por Horacio Machado Aráoz*

Estamos viviendo las etapas ‘más avanzadas’ de una civilización que ha nacido, ha crecido y se ha mundializado declarándole la guerra a la Madre Tierra, la fuente nutricia de todas las especies, incluida la humana… Nosotros, en gran medida, hemos sido ‘educados’ en esa ‘civilización’. Se nos ha ‘enseñado’ que el Ser Humano está por encima y por afuera de la Naturaleza; que somos ‘superiores’, y que estamos para dominarla y someterla. Nos creemos el Sujeto y la pensamos como Objeto…

Pero, más aún, nos hemos acostumbrado a creer (y a sentir) que ‘vivimos para progresar’ y que el ‘progreso’ se logra a costa de la explotación de la Naturaleza… Y así, toda nuestra ciencia y nuestra tecnología se han ‘desarrollado’ en una carrera alocada por su conquista y explotación. Hemos dedicado nuestra inteligencia y esfuerzos a crear saberes y herramientas inventados por y para la ‘mejor’ explotación de la Naturaleza, es decir, de los ‘recursos naturales’ (naturaleza exterior) y de la ‘fuerza de trabajo’ (naturaleza interior)… Explotación racional, le dicen… La guerra ha sido su “gran laboratorio”, extendido ya a escala planetaria. Grandes ‘inventos’ y ‘adelantos tecnológicos’ han nacido de la preparación para la guerra, o en sus campos de batalla, en la interminable competencia entre potencias por la ‘superioridad’ militar… Es que del poderío bélico depende –en última instancia- la capacidad de apropiarse de la Naturaleza… Medio indispensable de conquista, la guerra ha sido así también el móvil básico de la producción de ‘conocimientos’ y, en definitiva, del ‘confortable’ mundo del ‘progreso’…

Y en verdad, nuestros conocimientos y capacidades tecnológicas se han expandido –como la guerra- sorprendentemente… Han creado el mundo del ‘progreso’ que hoy vivimos; para algunos motivos de admiración; para otros, de espanto… Nos guste o no, vivimos en esta extraña ‘civilización del progreso’, no importa cuán ‘desarrollados’ seamos, si somos ricos o pobres, si hemos podido ‘progresar’ o no… “Todos” (aparentemente todos), conservadores, reformistas y aún revolucionarios, de derechas e izquierdas por igual, todos quieren y creen en el progreso… ‘Todos’ son, en definitiva, progresistas…

Y qué sería el progreso? Cómo definirlo? Más allá de toda complejidad filosófica y científica, esta ‘civilización’ ha producido una fórmula muy elemental, objetiva y práctica, para definirlo y medirlo. Ha ‘decretado’ que el dinero es la unidad de medida real del progreso; su expresión sintética e incuestionable… Los poderosos del mundo se han encargado de hacer de esta noción una creencia dominante; sólidamente asentada aún en el ‘sentimiento popular’… Y, con notable eficacia, ha creado una ‘civilización’ basada en esa creencia…

En gran medida, ‘somos’ una ‘civilización’ en la que creemos y sentimos que vivimos del dinero; que éste ‘no lo es todo’, claro, pero que ‘es lo fundamental’… Hasta hemos llegado a tener la convicción de que no podemos vivir sin dinero, y que, en definitiva, el dinero es la base de la vida y hasta de la propia felicidad… Se trata de una fe que, aunque se niegue en palabras, se profesa con las prácticas… Ese es el credo y la verdad fundamental de esta ‘civilización’. La creencia práctica de que ‘la vida gira en torno al dinero’ crea una realidad en la que, de hecho, se vive (y se muere) por dinero. Por él y para él… Ese es el principal dogma de fe y mandamiento fundamental del credo de esta ‘civilización’…

Por eso, ‘en su nombre y honor’, seguimos sacrificando las fuentes de vida… Persiguiendo el ‘progreso’ recurrimos a la voladura de las montañas, el arrasamiento de los bosques y los mares, la contaminación de los ríos, los suelos y los cielos… Le entregamos nuestros cuerpos y nuestras almas; nuestros subsuelos y nuestros sueños… La biodiversidad entera, en su compleja unidad existencial, es despedazada y triturada de múltiples formas porque, se dice, ‘necesitamos progresar’, ‘salir de la pobreza’, ‘crear empleos’… Aún ahora, que hemos cobrado ‘conciencia’ de la gravedad de la crisis ecológica planetaria, que sabemos ya ‘a ciencia cierta’ que ha sido justamente esa senda del ‘progreso’ la que nos ha legado el calentamiento global y la crisis climática, la alarmante tasa de extinción de especies y la pérdida de biodiversidad, el agotamiento de ‘recursos’, la crisis hídrica y enérgica; y aún así, seguimos creyendo que no podemos renunciar al ‘progreso’… Mayoritariamente, seguimos pensando que, a pesar de todo, ‘debemos’ seguir sacrificando la Naturaleza hasta alcanzar el tan ansiado ‘desarrollo’… Creemos que los únicos ‘cuidados’ que podemos ‘darnos el lujo’ de adoptar, son aquellos que no interrumpan el ritmo de crecimiento; y así sólo inventamos paliativos que tapan los problemas sin resolverlos… Falazmente, se alega que ‘hay que acabar primero con el hambre’ antes que ‘preservar el planeta’, cuando en realidad, el hambre es el principal síntoma y el más grave problema resultante del descomunal desquicio ecológico provocado por esta ‘civilización del progreso’[1].

Es que, en el fondo, esta ‘cultura superior’ ha ido creando cuerpos cada vez más acostumbrados a niveles crecientes de violencia y de explotación… Hemos sido ‘educados’ en esa lógica sacrificial: aceptamos ‘naturalmente’ que progresar es destruir; que el ‘costo’ del crecimiento es la devastación; que el ‘bienestar’ no es ‘para todos’, sólo para esos pocos que se saben ‘sacrificar’ también a sí mismos, para ‘ser competitivos’ y ‘buenos emprendedores’, aquellos que tienen la suficiente ‘abnegación’ para seguir ‘en carrera’ y, por fin, ‘tener éxito en la vida’…

Ese credo tan ‘moderno’ ha sustituido las creencias más viejas y ‘primitivas’ que afirmaban que, en realidad, vivimos de la Madre Tierra… Que no podemos vivir sin Ella, pues porque somos parte de Ella… Que no podemos apropiárnosla, que no podemos comprarla ni venderla, que no podemos ser sus ‘dueños’, pues porque más bien nosotros venimos de Ella y le pertenecemos… Que no podemos ‘explotarla’ ni ejercer violencia contra Ella, pues porque al hacerlo, nos terminamos dañando a nosotros mismos… Que más bien le debemos respeto y cuidado… Mucho cuidado, para que siga proveyéndonos los nutrientes fundamentales que sustentan nuestras vidas…

‘Afortunadamente’, según algunos, ‘por desgracia’, según otros, aquellas viejas creencias no han podido ser completamente arrancadas y hoy empiezan a reverdecer… Justo mismo con la emergencia de una incipiente pero creciente ‘crisis de fe’ en el culto oficial, en momentos en que ‘la fe en el progreso’ ha empezado a perder adeptos… Desde distintos rincones y bajo múltiples formas, muchas veces bajo las propias ruinas heredadas de la religión oficial del Imperio, empiezan a (re)surgir viejas y nuevas comunidades de creyentes que han vuelto sus miradas, sus mentes y corazones, a los principios fundamentales de aquellas ‘creencias primitivas’… Empiezan a andar así nuevos caminos y nuevas prácticas, buscando re-cordar los ritos del Cuidado, del cuidado esencial, de la reciprocidad, la complementariedad y la comensalidad… En distintos lugares de NuestrAmérica, bajo distintas lenguas, le llaman el culto del Buen Con-Vivir…

Nos guste o no, no tenemos tiempo para ‘practicar’ el ‘multiculturalismo’, ni ningún sofisticado escepticismo postmoderno… No podemos ser ajenos ni indiferentes a qué tipo de credo vamos a adherir… No se trata de que haya uno ‘verdadero’ y otro ‘falso’… Se trata, más radicalmente, de que, de uno u otro, depende –si lo tendremos- nuestro futuro común… De esos credos, dependen nuestros cerros… Es decir, nuestras aguaditas; las fuentes esenciales –creo– de nuestras vidas…

* Horacio Machado Aráoz. Colectivo Sumak Kawsay – Asanoa Catamarca, docente de la Universidad Nacional de Catamarca

Fuente: http://alainet.org/active/58181&lang=es

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