Chihuahua gore

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Por Carlos Murillo González

Chihuahua se inaugura en las nuevas luchas de clases posmodernas; esas que se dan cuando uno o varios movimientos sociales surgen a raíz del mal comportamiento del Estado falsamente llamado democrático. El capitalismo sigue existiendo y sigue siendo violento, Marx no estaba equivocado. La violencia anómica (el capitalismo tiende a la anomia) es ya parte integral de la vida cotidiana chihuahuense.

El asesinato del barzonista Ismael Solorio Urrutia y su esposa Manuela Marta Solís en Cuauhtémoc, amenazados previamente junto con otros activistas por oponerse al robo de agua por parte de grupos menonitas y la instalación de una empresa  minera canadiense en Buenaventura, no son solamente el último eslabón de la cadena de violencia gratuita facilitada por el Estado, sino, una práctica rejuvenecida y recurrente en contra de la sociedad, tolerada y/o alentada por el propio gobierno.

La represión capitalista y gubernamental es la misma cosa: el poder político-económico hacen sinergia. La Chihuahua de principios del siglo XXI, priista, neoliberal y conservadora, no es muy ajena a la Chihuahua de principios del siglo XX y de hecho, tiene más en común con el régimen de Porfirio Díaz, que con los ideales revolucionarios de los que derivan. La represión policiaca de la policía de Leyzaola en Ciudad Juárez (criminalización de la sociedad) el alto índice de criminalidad en la ciudad de Chihuahua; los conflictos ejidatarios con la Comisión Federal de Electricidad en el noroeste del estado; el aumento de los feminicidios; la destrucción del Valle de Juárez; la desnutrición tarahumara en la sierra y el ecocidio de la misma…en fin, son muchos y variados los efectos del capitalismo priista neoliberal, por cierto, padre y modelo del panismo actual.

No se trata de ingobernabilidad o Estado fallido, sino de una políticaad hoc a los intereses del mercado. La naturaleza del capitalismo es agresiva, masculina, y violenta; la del Estado, también es masculina, coactiva y coercitiva. Combinadas dan pie a sociedades jerárquicas (clases y estratos sociales) con una cultura patriarcal, individualizante y egoísta, lo cual facilita la gobernanza (divide y vencerás) en lo político-económico (como en el imperialismo estadounidense) llegando a extremos como el terrorismo de Estado (Estado terrorista) cuyos efectos vivimos actualmente en México. El objetivo de  este tipo de regímenes es la dominación.

De las aberraciones de este sistema encontramos, en el caso Chihuahua, por ejemplo, la aparición de grupos de poder, legítimos o no, que luchan entre sí a expensas y a través de la sociedad.  Desde el 2007, pese a la exposición gratuita a una “guerra” que nadie pidió (“guerra contra el narcotráfico”) los grupos de poder permanecen (metapoder) y la sociedad paga sacrificando vidas, salud y prosperidad. ¿Qué sucedió? Un reacomodo de fuerzas, nada más; el sistema permanece por una simple regla económica de oferta y demanda. Pero no sólo es el narco; también están las empresas transnacionales, como las mineras canadienses, famosas por destruir ecosistemas en el mundo; los terratenientes locales, como los menonitas ricos de Cuauhtémoc, con su economía ganadera y agrícola expansiva, derrochadora de recursos naturales, sobre todo de agua; y en lo político, el monopolio del poder por los partidos, particularmente el PRI, con su corporativismo filial y servilismo empresarial.

La sociedad chihuahuense vive reprimida por que su clase gobernante (políticos, empresarios y religiosos) es también una élite reprimida, además de represiva. El Gobierno del estado se ha encargado de la defensa de los intereses de estos grupos con acciones de desprestigio y represión selectiva contra personas y grupos activistas (ecologistas, feministas, derechohumanistas…) con gran permisividad hacia grupos paramilitares (sicarios) la limpieza socialpoliciaco-militar o la protección también selectiva a determinados grupos étnicos, empresariales y religiosos; se trata de que las cosas no cambien. Lo que más temen los gobiernos y empresas neoliberales es a perder sus privilegios, por eso les aterra el malestar de la gente, las protestas y demás expresiones de contrapoder.

Si el estado de anomia fascista* (esa política de permisividad autoritaria o acuerdos entre grupos de poder, incluso en pugna) prevalece en Chihuahua, pese a las protestas locales y la condena nacional e internacional, es por facilidad del Estado, además de su falta de voluntad e incapacidad de respuesta. El caos chihuahuense se refiere a esa forma de dominación económica-política-cultural (capitalismo gore) concepto tomado de Sayak Valencia para definir el placer por la violencia, la sangre y el sufrimiento ajenos, por supuesto, presente en las acciones de intimidación que utilizan estos grupos de poder (incluido el gobierno) desde siempre, pero ahora de manera más que obvia, descarada. A nivel nacional, las reformas laborales a la constitución, tal vez sea el mejor ejemplo de esto (violencia económico-legal).

La Chihuahua gore no puede durar para siempre. El asesinato de Marisela Escobedo, por ejemplo, deja una escuela de protesta familiar ciudadana, activismo muy común en Juárez y cada vez más presente en el resto del estado, donde familiares y amistades se organizan (casi siempre contra el gobierno) cuando alguien ha sido víctima de la injusticia. El asesinato de Ismael Solorio y su esposa, al igual que Marisela y otros muchos activistas chihuahuenses, seguramente calan hondo en las consciencias sensibles del estado, dejando un legado de lucha y resistencia para la posteridad. No se puede tapar el sol con un dedo.

*La anomia (sin reglas, inestable) y el fascismo (orden autoritario/estable) se atraen formando un caos: la anomia no impone, pero tampoco respeta normas; por el contrario, el fascista impone su ley, conquistando y organizando parte de la anomia a su favor y conveniencia; juntos hacen un moebius negativo, un orden caótico (a final de cuentas el fascismo también es anómico). La síntesis puede ser muy peligrosa, los dos son polos negativos. El populismo neoliberal es un buen ejemplo de la dialéctica entre anomia y fascismo.

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