Caballos, mayates y el caso Walmart

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Por Claudio Lomnitz
Los casos de la estatua de Aliyev en Chapultepec y de Florence Cassez han conseguido bastante más espacio en los medios que el de Walmart, que es tanto más grave para el conjunto de la sociedad mexicana.
Repasemos, brevemente, por qué lo de Walmart importa. Se trata, primero, de la compañía más grande del mundo, y la que más empleados tiene en el sector privado en México. Segundo, es una corporación que se acerca peligrosamente a tener poderes de monopolio en el sector de ventas al menudeo en México. Tercero, Walmart tiene la red de venta de armas al menudeo mayor de Estados Unidos. Cuarto, es una compañía cuya política antisindical es ampliamente conocida, a escala mundial. Y, por último, hoy lo sabemos, es una corporación que ha utilizado el cohecho de manera mañosa, sutil y deliberada para vulnerar decisiones tomadas por gobiernos locales, y conseguir así permisos para colocar megatiendas donde se le pegue la gana.
El caso del Walmart en Teotihuacán demuestra que la compañía busca, además, conseguir un dominio simbólico del espacio nacional. Teotihuacán fue, durante sus cerca de 900 años de vida, la urbe más poblada de América. Ninguna ciudad americana la superó hasta inicios del siglo XIX, o sea alrededor de 900 años después de que la ciudad fue abandonada. La influencia teotihuacana se extendió al sur hasta Guatemala y al norte hasta el alto Misisipi, y su cultura fue para las civilizaciones del posclásico mesoamericano lo que los antiguos griegos fueron para Roma: horizonte de aspiración y símbolo de la más alta civilización.
A principios del siglo XX Teotihuacán dio un nuevo giro en el imaginario mexicano. El régimen porfiriano invirtió bastante creatividad en desarrollar una imagen internacional de México, y la restauración de Teotihuacán tuvo un lugar importante en ese esfuerzo (que es, no hay que olvidarlo, una inversión que sigue dando frutos). Con la revolución, Teotihuacán pasó a simbolizar el trabajo del nuevo Estado. El antropólogo Manuel Gamio, considerado por muchos padre de la antropología mexicana, vio en la distancia que había entre la grandeza de la pirámide y la pobreza del pueblo de San Juan Teotihuacan el símbolo del quehacer revolucionario: recobrar la grandeza pretérita, perdida gracias a la degradación colonial y del neo-colonialismo porfiriano.
Así, al proyecto de recuperación arqueológica, el Estado revolucionario agregó la intervención activa en el pueblo (zapatista, por cierto) de San Juan Teotihuacán: hizo repartición agraria, invirtió en escuelas y en proyectos de desarrollo. La pirámide era una prueba, tallada en piedra, del potencial de México. El pueblo mexicano encaraba por fin la tarea de recuperar y cuidar su gran pasado, para de ese modo conseguir igualarlo en grandeza.
La corrupción utilizada por Walmart para construir en Teotihuacán es también una decisión de vulnerar al Estado mexicano, y demostrar un poderío comercial que es capaz de dominar el espacio público, donde y cuando le venga en gana a la corporación. El hecho de que el Estado mexicano no se tiente el corazón para dar todas las concesiones imaginables a Walmart sugiere que su compromiso con el horizonte de aspiraciones de la revolución mexicana no es ya demasiado importante: no parece preocupar que Walmart sea ya casi un monopolio minorista, ni que vulnere derechos sindicales, ni que degrade el patrimonio histórico…
Ni siquiera parece importar que la compañía menudista más grande de México sea también la compañía que más armas al menudeo surta del otro lado de la frontera. ¿Cuántos muertos de Juárez, de Tijuana, o de Tamaulipas han sido asesinados con armas o cartuchos comprados en un carrito de súper, por la esposa de algún narco? Hasta donde sepamos, no hay siquiera una investigación abierta para comenzar a contestar esa pregunta.
Y, no parece haber, tampoco, demasiado escándalo en los medios. Por eso Walmart se muestra mucho más preocupada por la investigación que hace el Congreso de Estados Unidos sobre su política de corrupción en México que la que se hace en México sobre el mismo tema.
Así, la semana pasada, la corporación anunció un nuevo programa donde contratará hasta 100 mil veteranos de las guerras de Irak y de Afganistán –demostrando así su supuesto patriotismo–, para así quizá taparle la boca a uno que otro diputado. ¿Qué preocupación ha demostrado Walmart hacia la guerra que ha ayudado a armar en México? Ninguna.
¿Por qué no hay escándalo en México?
En tiempos de don Porfirio, el criminólogo Carlos Roumagnac hizo un estudio acerca de la sicología criminal y la degeneración en la cárcel de Belem. Entre otras cosas, encontró que casi todos los presos tenían relaciones homosexuales (que en ese tiempo se consideraban seña de degeneración). Pero descubrió, también, que en el interior de la cárcel se condenaba moralmente sólo a los llamados mayates (es decir, los que asumían una posición sexual femenina) y no a los llamados caballos (los de la posición sexual masculina).
Algo parecido (mutatis mutandis) parece ocurrirle a la prensa nacional en la cuestión de Walmart: hay escándalo si se puede demostrar que el PRI o el PRD, el INAH o el gobierno de la ciudad de México recibieron dinero, pero el hecho de que la corporación más grande del mundo se esté comportando como un caballocalenturiento y violador serial es recibido como si aquello fuera lo más natural
Fuente: La Jornada

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