A mí no me “urge un muerto”

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Por Epigmenio Ibarra

Demasiados muertos en combate, víctimas de la represión, de un fuego cruzado o un bombardeo he visto, filmado y llorado en mi vida como para tener “urgencia de uno más”. Yo estoy por la vida y por la paz, pero estoy consciente de que la única garantía de las mismas son la justicia y la democracia.

Para nadie es un secreto que me he sumado a las convocatorias de los movimientos de resistencia ciudadana contra una nueva imposición en la Presidencia.

Con mis principios, mis convicciones y mi cámara a cuestas, he seguido los pasos y apoyado, en la medida de lo posible, al Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad y a No más sangre. También a Andrés Manuel López Obrador, a los padres de la Guardería ABC y al movimiento estudiantil #YoSoy132.

Registro y sigo los pasos de aquellos que pretenden que la transición democrática, la alternancia efectiva sea una realidad en México. De los que luchan por la paz y contra la impunidad. De los que han tratado de impedir el retorno de nuestro país al autoritarismo.

He llamado, también, a líderes, dirigencias, partidos o movimientos a deponer protagonismos, a no comprarse el discurso de la fragmentación y a articular esfuerzos y actuar unidos.

Siempre he considerado que la resistencia frente a aquellos que burlan la democracia —y por tanto ponen en riesgo la paz y la vida— es un derecho inalienable y un deber ineludible.

Siempre he creído que la protesta ciudadana masiva, pacífica y contundente, puede servir para defender las aspiraciones de justicia y democracia de nuestro pueblo sin necesidad de que se produzca un nuevo derramamiento de sangre.

Estoy contra la guerra y la violencia. No las justifico, pero antes que juzgarlas a la ligera, busco entender sus causas y explicar sus razones para así conjurarlas. Para nadie es un secreto que desde que Felipe Calderón inició su guerra contra el narco he mantenido una actitud crítica tenaz y severa frente a la misma.

Conozco la guerra y sé que Calderón nos embarcó en una cruzada sin perspectiva alguna de victoria y que ha producido un brutal baño de sangre. Por eso he trabajado activamente para que responda ante la justicia por su criminal ineptitud.

Estoy convencido de que entre los daños colaterales de esta guerra están la democracia, la vida como valor supremo y que el miedo, sembrado por Calderón desde la campaña electoral, e incrementado por la violencia exacerbada, nubla la razón de muchos.

En estas mismas páginas Joaquín López-Dóriga y Carlos Marín me han acusado de manipular políticamente una tragedia. De la “patraña” de Epigmenio escribió Marín mientras que López-Dóriga dijo que a Ricardo Monreal y a mí nos “urgía el muerto”.

Suponen ambos, con mentalidad más policiaca que periodística y actuando en los hechos como coadyuvantes del MP, que tanto Monreal como yo somos “la mano que mece la cuna” detrás de los graves sucesos del primero de diciembre.

Coinciden en la posición del PAN, que acusa a López Obrador de los disturbios y exoneran de tajo al sistema de toda responsabilidad.

Se olvidan que son los gobiernos con sus abusos, con su insensibilidad y torpeza los que terminan por empujar a la acción directa a grupos que, frustrados e impotentes, ya no encuentran otro camino.

La carga ideológica, el fanatismo típico de la derecha, entendibles en los dichos de un partido político que se ha especializado en la guerra sucia y que ha perdido el poder, se hacen presentes en las aseveraciones de ambos periodistas.

Se compran la versión de que todos los movimientos de protesta son resultado de la manipulación aviesa de un poder superior. No todos, sin embargo, en este país obedecemos a un titiritero ni oficiamos como tal.

Se aprovechan ambos de un yerro periodístico de mi parte para montar una campaña que, más allá del linchamiento de un periodista y un legislador, aspira a descalificar el movimiento estudiantil y ciudadano de resistencia frente al PRI y Enrique Peña Nieto.

Con tal propósito, ateniéndose a la “teoría de la conspiración” que tantos crímenes ha propiciado, vinculan dos hechos aislados y establecen una “comunicación secreta” entre Ricardo Monreal en la tribuna y yo en el terreno.

No estuvieron ellos en el escenario de la confrontación. No se expusieron a los tiros directos de granadas de gas lacrimógeno por parte de la Policía Federal. No los rozaron las piedras, los petardos, las balas de goma.

No vieron López-Dóriga ni Marín a Francisco Kuykendall con el cráneo partido por un tiro directo de lanzagranadas de gas, prácticamente sin tono muscular y con la masa encefálica expuesta, tendido en el pavimento.

Tampoco escucharon cómo desde los altavoces colocados en una camioneta se anunciaba a los manifestantes que uno de los heridos graves había fallecido en el traslado al hospital. Al escuchar esto lancé un tuit y seguí cubriendo los enfrentamientos desde la primera línea. Minutos más tarde fui entrevistado por Carmen Aristegui y expliqué cómo había dado por buena la información que se hizo pública en el sonido local.

Inmediatamente después de colgar con Carmen lancé un nuevo tuit de disculpa. No fueron horas. Fueron minutos los que pasaron entre una cosa y otra. La situación era volátil y confusa. Cada vez más peligrosa.

No fue una patraña ni una maniobra. Reporteaba lo que sucedía y los videos que grabé dan fe de cómo y desde dónde lo hacía. También mis tuits que dan cuenta del escalamiento de la confrontación y de mi pesar por cubrir en mi país este tipo de hechos.

Me equivoqué, es cierto, y rectifiqué. Se equivocan López-Dóriga y Marín sin que, por cierto, corrijan todavía sus dichos y acusaciones infundadas.

www.twitter.com/epigmenioibarra 

 

Fuente: Milenio

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