Trump pudo salvar al PRI, Peña Nieto lo impidió

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Por Jorge Zepeda Patterson

De haber sido otro, Enrique Peña Nieto habría utilizado al tsunami Donald Trump como una palanca para buscar la reelección de su partido. Lo que acaba de hacer el presidente, responder con dignidad y en nombre de los mexicanos al anuncio del envío de tropas a la frontera por parte de Estados Unidos, tendría que haberlo puesto en práctica desde hace tres años. Para fortuna de Andrés Manuel López Obrador y Ricardo Anaya, el presidente Peña Nieto no supo ver a tiempo la enorme oportunidad que le puso en bandeja la posibilidad de unir a todos los mexicanos: la resistencia ante un barbaján todopoderoso que nos ha convertido en su pluma de vomitar.

Por menos que eso Putin convirtió “la amenaza” del Occidente en el discurso perfecto para legitimar su liderazgo y aglutinar los intereses nacionales en torno a su persona. Hoy ningún líder de las grandes potencias tiene los niveles de aprobación que presume el sátrapa ruso.

En 2001 George Bush chapoteaba en los sótanos de la impopularidad tras una elección de “haiga sido como haiga sido” ante Al Gore y un inicio débil y trastabillante. Parecía condenado a ser uno de los escasos mandatarios estadounidenses que no logran conseguir la reelección al término de sus primeros cuatro años. La tragedia de las torres de Nueva York y la guerra de Irák que se inventó, no solo le permitieron vivir en la Casa Blanca ocho años sino también imponer condiciones y caprichos personales a lo largo de su administración.

Una y otra vez los políticos avispados (o al menos sus asesores) han sabido detectar, o incluso inventar, a enemigos capaces de infundir odio, temor o ambas cosas para galvanizar un apoyo incondicional de los ciudadanos en torno a una causa o una bandera. Para bien o para mal Churchill, Hitler o Mandela lograron imposibles apoyándose en esa premisa. Nunca sabremos lo que habría pasado si en lugar del celestino Videgaray el presidente Peña Nieto hubiera tenido un asesor más astuto. Pero ciertamente pocas cosas pueden inflamar el resentimiento de los mexicano, y por tanto la unificación de sentimientos, como un penalti inexistente que elimine a la selección o un presidente gringo que satanice a la raza.

Los Pinos midió mal a Donald Trump. Por alguna razón Videgaray creyó que sus virtudes de seducción bastarían para transformar el odio del empresario neoyorkino por los latinos en amor desbordante. El mismo error, ha señalado Jorge Volpi, que cometió el emperador azteca Moctezuma quien estaba convencido de que resolvería la amenaza de Hernán Cortés con sonrisas, regalitos y puertas abiertas. El problema con Trump no es solo sus prejuicios y su ignorancia, el tema de fondo es que la agresión a los mexicanos alimenta una narrativa que lo hace un político exitoso. Y la búsqueda de la reelección dentro de dos años no hará sino profundizar la virulencia de sus ataques. Peor aún, se sentirá obligado a cumplir alguna de sus amenazas en el término de sus primeros cuatro años para dar verosimilitud a sus promesas.

Así que no, no se trata de encontrar a través del yerno un espacio de diálogo con la Casa Blanca para mostrar los datos favorables que dan cuenta del aporte de los mexicanos a la economía y a la sociedad estadounidense. No es un asunto de datos. El discurso de odio en contra de México es, además de una fobia personal, una columna vertebral de los planes de Trump para mantenerse en el poder.

Algo que, obviamente Peña Nieto no entendió y, peor para él, fue incapaz de convertirlo a su vez en un recurso a su favor. Esta vez el mandatario mexicano por fin ha respondido al vecino buleador, tras años de abusos. Muy débil, muy tarde. Para nuestra vergüenza, pero también para nuestra fortuna.

@jorgezepedap

www.jorgezepeda.net

Fuente: SinEmbargo

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