Tomemos un tinto, Gabo

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Por Juan Carlos Monedero/ Público

Andaban estos días en Bogotá celebrando al Gabo. Coincidía con el día de la Dignidad de las víctimas, el 9 de abril, cuando asesinó la oligarquía a Gaitán, que era un pueblo, y empezó una balacera que aún no se ha parado.

En la Candelaria, enfrente del Museo de Botero, decoraba la pared una colección de fotos que caminaba por su vida. No faltaba Fidel Castro mirando las montañas y tampoco el ojo morado que le puso Vargas Llosa a su entonces amigo cuando ya era un excelente escritor pero todavía no era un patético autoritario. Tampoco el exilio en México- porque los poderosos que hoy dicen que lloran al Gabo querían matarlo, como le pasó a Mandela, porque sentía con su pueblo-. A España dijo que no iba a venir más porque tratábamos como a animales a lo suyos y les pedíamos visa pese a que ellos siempre nos recibieron con los brazos abiertos. La Real Academia de la Lengua, esa en la que se orinaba Valle Inclán, no dijo nada y calló con ese silencio cobarde tan de los poderosos. Hoy se rasgará las vestiduras con maneras de histrión

Una foto desmentía a todos los que desde fuera de Colombia quieren inventarle méritos a García Márquez que él nunca quiso para sí: Álvaro Mutis regalándole el Pedro Páramoy diciéndole “Ahí tiene, para que aprenda”. Ese es el origen del realismo mágico. Todo el mundo en Macondo lo sabe. Porque no hay realismo mágico que no cruce el continente. Las cosas que son de todos no tienen por qué ser de alguien. Porque a América Latina le mataron sus indios, les llevaron los negros del África para trabajar en las plantaciones, les obligaron a tener como abuelos y bisabuelos a los blancos sin vergüenza, y de tanto ir y venir para encontrar su ser se quedaron en mitad de todos los caminos. En América Latina, el realismo mágico es parte de la vida cotidiana. “En América Latina, Kafka es un escritor costumbrista”. Los “puro pueblo” no sabe que son seres mágicos, pero lo son. De lo contrario ¿cómo han podido soportar tanto dolor?

El pueblo no llora a García Márquez en los salones oficiales. Ese pueblo celebra a García Márquez entre los buhoneros y bebiendo tinto, que es como llaman al café negro en esas tierras. Sus libros, pirateados, están en todos los puestos inprovisados en las aceras, y ese pueblo de poetas y levitadores pone al lado de las baldosas cada uno de esos años de la soledad del continenente, cada uno de los generales y los coroneles que lloraban por recibir cartas y por no recibirlas, el Bolívar soñador que le tocó a García Márquez en el reparto que se hicieron para novelar a los libertadores, la cándida Eréndida, que dijeron que era puta pero la que era una hija de las mil putas era su abuela que hacía de la necesidad de amor de la nieta un negocio como el que las multinacionales hacen con la hambre del mundo.

Allí, entre ediciones de Salvat de las novelas clásicas y una tradución sin autor del Hamlet, El otoño del patriarca, con las esquinas de la tapa dobladas, como si hubiera viajado en la mochila de algún campesino rebelde muerto en una emboscada y pasado a ser el botín del soldado de dieciocho años que después de matarlo compartió la novela para saberse sin saberlo parte del cadáver. La muerte anunciada no es tan relevante en Colombia, pues cada día la muerte camina esas calles. Y si hay plata puede hasta montarse en el Transmilenio para llegar antes a Ciudad Bolívar que es donde viven los pobres. En Colombia saben que García Márquez escribió la Crónica de una muerte anunciada para que los periodistas perezosos repitieran hasta la saciedad el título y ni así fueran capaces de gastar la novela. Vida y muerte todo el rato ¿Cómo es que que te mueres, Gabo, si es imposible caminar el mercado de las Pulgas de Bogotá sin ver el reflejo de tus libros en cada uno de los descascarillados espejos?

Le dieron el Nobel de literatura, pero fue al revés. Se negó a vestir de pinguino payaso y recibió el premio con su liquilique de lino -como el que llevaba Chávez, su amigo, cuando empezó a reinventarse Venezuela-, dándole al Rey de Suecia la dignidad que nunca tuvo porque aún no le había dado el Nobel de la paz a Obama pero se lo había dado ya a Kissinger (otro que siempre quiso muerto a García Márquez). Nunca renunció a su amistad con Fidel. Ni en los tiempos irreconciliables del fusilamiento de unos desgraciados que creyeron que se montaban en una balsa para marchar a Estados Unidos sin saber que les montaron en una balsa para hacer una guerra en la isla desobediente. García Márquez fue firme: los problemas de América Latina son problemas de los latinoamericanos. Saquen sus sucias manos de nuestra tierra.

Ls librerías oficiales van a vender muchos libros del Nobel desobediente estos días. Pero Colombia sigue su rumbo entre los puestos de los buhoneros. Otro de los que siempre quiso asesinar al Gabo, el Procurador de Colombia Alejandro Ordóñez, ha inhabilitado en una opereta de Macondo al alcalde Gustavo Petro, sin saber que lleva en el bolsillo una espada de Bolívar que le regaló García Márquez para sacar al país de su soledad repetida. Colombia es una novela inacabable regada con aguardiente antioqueño.

Tomemos un tinto, Gabo1

Tomando un tinto en la esquina de la calle de la Fatiga con la séptima, junto a la Plaza de Bolívar, me pidió García Márquez unas monedas vestido de la negrura del pueblo pobre: “perdone el afán, pero es que hoy no almorcé y me rugen las tripas con clamor de trueno”. Unas notas sobresalían de su camisa rota. Alcancé a mirar de soslayo lo que emergía de esos dignos andrajos: “Aureliano Buendía, cansado de esperar en el cielo de los justos, decidiose a caer de nuevo por Macondo. Nada más llegar preguntó por el ayudante del regidor y poniendo sobre la ordenada mesa su espadón le dijo: mire mi hijito…”.

-Claro hermano, tomemos ese tinto. ¿Puedo leer mientras esas notas?

Fuente: Comiendo Tierra

 

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