Precampañas, un cambio urgente

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Por Luis Javier Valero Flores

Hoy culminan formal y realmente los procesos “internos” de los partidos, es decir, las precampañas, para designar a sus candidatos a los distintos puestos de elección popular de mitad de sexenio.

Ninguno de ellos, legalmente, involucra al total de la sociedad. Todos los partidos, con diversas variantes, algunas de ellas contrarias al espíritu constitucional (por aquello de que deben contribuir al fortalecimiento de la democracia) recurrirán a sus órganos dirigentes para hacer la designación de los candidatos.

Más aún, la mayoría de los candidatos que habrán de participar en la elección constitucional habrán sido precandidatos únicos, no solamente en el PRI, que por obvias razones concita el mayor interés ya que es el partido gobernante y, hasta el momento, el hegemónico en la entidad.

Si el electorado que debe votar, para resolver quienes son sus representantes en la liza constitucional, son únicamente los integrantes de los órganos dirigentes de los partidos, entonces ¿Por qué realizan actividades que de todos modos acaparan la atención del ciudadano común y corriente? ¿No sería lógico que efectuaran actividades que sólo involucraran a los militantes o dirigentes que tienen la responsabilidad y facultad de elegir candidatos?

Es decir ¿Por qué no legislar para que en las precampañas esté prohibida la publicidad política, incluida la colocación de espectaculares, difusión de spots en medios electrónicos de comunicación y el acceso de los precandidatos a los medios?

Porque, si existiera racionalidad política ¿Qué caso tiene que a toda la población se nos informe de tales y cuales características, reuniones y posturas de los precandidatos si al fin y al cabo, en el PRI solamente alrededor de mil consejeros municipales -tanto en Juárez, como en Chihuahua- son los que pueden votar? ¿O qué poco menos de mil 500 militantes del PAN en Chihuahua elegirán a su candidato, y en el caso de los candidatos a diputados sea un promedio de 300 personas las que los podrán designar?

¿O qué alrededor de 50 personas -en el mejor de los casos- del PT designarán a los candidatos de prácticamente todos los municipios y distritos en los que participarán solos, así como en las posiciones en las que participarán en alianza con el PRI, y cuando esto suceda el elector habrá sido -también en el mejor de los casos- el Comité Directivo Estatal del ¡PRI!?

¿Y que, salvo pequeñas diferencias, lo mismo ocurrirá en el resto de los partidos, salvo el PRD que aún espera la resolución judicial que le autorice a aliarse al PRI?

Entonces ¿Para qué someter a toda la población al bombardeo electoral de la precampañas si no está en condiciones, ni facultades, de votar?

Porque si realmente estuvieran interesados los partidos en acortar los tiempos de campaña, entonces lo conducente sería regular de tal manera las precampañas para que realizarlas no implicara más esfuerzo que el de acudir a la instancia partidaria que habría de elegir a los candidatos y hacer que éstos, ahora sí, desplegaran las acciones que la ley les permite.

Porque, además, una cosa es cierta, existe un enorme desinterés de la mayoría de la sociedad chihuahuense en las precampañas. Contribuye a tal estado de ánimo el que las elecciones intermedias despiertan, generalmente, menos interés que las de fin de sexenio.

Este desinterés solo es superado por las de mitad de sexenio federal, cuando solamente se elegía a los diputados federales (Realmente ¿A quién le importan -salvo, claro está, a los círculos sociales más allegados a la élite política- estos legisladores federales?). Ahora, en el caso de Chihuahua, por lo menos a partir del 2015, también se elegirá a los alcaldes, síndicos y diputados locales.

Pero el tema central de hoy radica en que estamos llegando a la conclusión de que, probablemente, la nueva legislación que regula las precampañas puede ser letra muerta. La motivación que dio origen a la legislación sobre ellas fue la de que los principales partidos políticos abrieron a la sociedad sus mecanismos de elección de candidatos. Vivimos, durante unos brevísimos momentos, una especie de orgía electoral cuando los ciudadanos tuvimos la posibilidad de contribuir a la elección de los candidatos de los partidos.

Durante unos cuantos momentos políticos fuimos testigos de las muy amplias concurrencias populares a los centros de votación instalados por los partidos para elegir a sus candidatos. Hasta el PAN y el PRI, tan reacios (por distintas y hasta encontradas razones) a abrir sus procesos internos cayeron en tales “excesos” democráticos. Parecía que la época de la plena competencia electoral abarcaría -¡Por fin!- a las anquilosadas estructuras partidistas.

Hubo voces, no sin razón, que esgrimieron el argumento que tal responsabilidad -la de elegir candidatos- era, debería ser, de la estricta incumbencia de los miembros de los partidos, pero veníamos del sistema del partido casi único y su infinita secuela de fraudes electorales que tal apertura fue motivo de júbilo.

Por supuesto, tal exceso dió pie a los cometidos por los militantes partidistas, al fin y al cabo integrantes de la clase política. Se dieron vuelo cometiendo mil y una tropelías con tal de ganar las elecciones “internas”, además de que, por no haber regulación alguna, el financiamiento de tales actividades no tuvo, ni límites ni control sobre sus orígenes, amén de que la libre contratación de publicidad en los medios masivos de comunicación dio origen a infinidad de demandas de los partidos ante los tribunales electorales alegando la celebración de actos anticipados de campaña e inequidad en el proceso electoral, causado por el enorme derroche económico.

Corrían, literalmente, ríos de dinero en las “precampañas”. Claro, la abundancia de “barbacoas” en las celebradas en los municipios más pequeños hacían muy atractivas las denominadas precampañas y nadie objetaba tales celebraciones.

Y en lugar de perfeccionar los mecanismos de elección, de blindarlos ante los ánimos fraudulentos, todos optaron por la vía que mejor conoce la clase política mexicana, la establecida por el PRI a lo largo de su historia: El “dedazo”, al que ahora, en la exageración, panegiristas del PRI le llaman producto de la “sabiduría política”.

Ya fuera unipersonal o colectivo, porque en lugar del presidente de la república, como se hacía antes en el caso del PRI para designar al candidato a la presidencia y a los gobiernos de los estados, los otros partidos optaron por la designación de candidatos por los órganos dirigentes; en cualquiera de los casos ya no fueron, ni siquiera los ciudadanos ajenos a los partidos, vamos, ni los militantes de los partidos, quienes pudieron ejercer ese derecho, sólo los dirigentes más altos, o los integrantes de los consejos municipales, estatales y nacionales.

De ese modo, nada justifica el despliegue de la parafernalia propagandística, ni de la celebración de fastuosos actos para “ratificar” a los precandidatos, porque en todo caso lo que hacen los partidos es, finalmente, hacer un fraude a la ciudadanía que les reclamó en todos los tonos que debía ponerse un alto a la excesiva duración de las campañas.

Y aparentemente recogieron tal reclamo. Solo para instituir las precampañas, en las que ausente la contienda y el debate les sirven para acceder a los medios de comunicación, en una torcida forma de alargar la duración de las campañas, que en el caso de la legislación chihuahuense, casi igualan a la legislación anterior en este rubro pues se acortó la duración de las campañas a 35 días, pero si le sumamos los 15 de las precampañas, el ahorro proselitista es de solo 10 días.

Así que saldríamos ganando todos, incluso los partidos, si en las precampañas todas las actividades se desarrollaran internamente, sin el uso de los medios masivos de comunicación, como se hace en los países con democracias desarrolladas, en los cuales los partidos y los candidatos -en los países cuya legislación se los permite- solo tienen acceso a ellos en los tiempos de las campañas electorales y nada más.

De ese modo, hasta los militantes saldrían ganando pues podrían conocer a quienes aspiran a representarlos, los aspirantes estarían obligados a tener una sólida vida partidaria y los partidos podrían aspirar a ser eso, unas fuertes estructuras partidarias y no, como sucede en la mayoría de los casos, simples agrupamientos de personas en los cuales unos pocos son los que deciden por todos.

asertodechihuahua@yahoo.com.mx

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