Peña Nieto, un presidente ausente

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Por Martín Moreno

*Rebasado, comienza a sufrir el poder *Hasta Verástegui ocupa su lugar

Un Presidente que viaja, viaja y viaja. Un Presidente que prefiere estar en el extranjero que en su país. Un Presidente que dijo querer ser como López Mateos, y lo está cumpliendo: más en el avión que con los pies en la tierra. Un Presidente que visita países lejanos para asistir a funerales, pero que no ha estado en Ayotzinapa. Un Presidente que se fuga de la realidad mexicana para echarse en brazos de la frivolidad diplomática. Un Presidente ido. Un Presidente ausente.

¿Cómo estará de devaluado y vulgarizado el entorno de Enrique Peña Nieto, que hasta el galán de telenovelas (actor es otra cosa), Eduardo Verástegui – amigo de La Gaviota-, puede sentarse libremente en el sillón destinado exclusivamente para el presidente de la República en el avión presidencial, sin que nadie le diga nada, lo regañe o lo moleste?

Vamos, ni Salinas de Gortari, ni Zedillo, ni Fox o Calderón, como tampoco sus respectivos jefes del Estado Mayor Presidencial (EMP), hubieran permitido que un farandulero se hubiera sentado en el sillón más importante del avión presidencial. Ni pensarlo siquiera.

Pero, hoy por hoy, así anda de extraviada la autoridad del presidente de México que prefiere andar entre las nubes de su frivolidad que enfrentar la realidad nacional. Codearse con sus pares en el mundo que, a sotto voce, hablan del fracaso de su colega mexicano, de sus escándalos de corrupción, de los excesos de su familia – hijos, hermanos, cuñados, y hasta amigos trepados en el avión presidencial-, a costa del erario público. “Pobre México”, dirán algunos.

Un Presidente que ya sufre el poder de manera humillante, rebasado por sus excesos y debilidades, incapaz de ponerle remedio al naufragio de su gobierno y que, por eso, prefiere huir de la agobiante realidad mexicana.

Un Presidente que ya se fue.

Un Presidente ausente.

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¿A qué diablos fue Peña Nieto a Colombia para ser testigo de los acuerdos de paz (bateados por los colombianos el domingo pasado en las urnas), y sentarse en la misma mesa, orondo, mientras en México la violencia reporta ya cifras que arañan los 80 mil muertos durante su gobierno? ¿Acaso no le da vergüenza sonreír ante las cámaras durante un acto de pacificación, mientras en su país hay decenas de muertes violentas a diario?

La asistencia de Peña Nieto a Cartagena de Indias responde a una estrategia de Los Pinos: que el Presidente asista, de manera normal, a todos los foros internacionales que sea posible para enviar el mensaje al extranjero de que en México hay una normalidad política-económica-social y no hay ningún conflicto si el Ejecutivo se ausenta.

Pero en el lance, los asesores del Presidente cometen un error grave: dejan vacíos que son llenados por las fuerzas políticas desatadas e incontenibles por las ansias sucesorias rumbo al 2018. ¿Ejemplo? Allí está la campaña en redes sociales de Osorio Chong que, con autorización o sin autorización de Peña, ya se lanzó para posicionarse como candidato presidencial del PRI. El madruguete es inocultable.

¿A qué diablos fue Peña Nieto a los funerales de Shimon Peres, mientras su gobierno está hundido en la crisis político-diplomática más grave de su historia reciente, tras la agraviante y desafortunada visita de Donald Trump a México? Se necesita cara dura para aparecer en un acto de calibre mundial bajo la etiqueta “promotor de Trump”.

Si Peña fue a Jerusalén para buscarle la cara a Barack Obama y ofrecerle perdón por la visita de Trump a México, fue un error diplomático mayúsculo: aprovechar un funeral y en medio del luto ajeno, intentar ganar así puntos diplomáticos.

Si Peña fue a Jerusalén para arrimar la sardina con Bill Clinton y pedir su intervención para que Hillary perdone la estupidez de traer a Trump a suelo mexicano y darle bienvenida de Estado, fue una humillación mayúscula a la investidura presidencial mexicana. “Oiga don Bill, dígale a su esposa que ya me perdone, ¿no?”, es la frase chabacana que bien podría ajustarse a este – sí, uno más- episodio diplomático desafortunado encabezado por Peña Nieto.

Una pena.

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Alguna vez, siendo candidato presidencial, a Enrique Peña Nieto le preguntaron a qué presidente mexicano admiraba. “A López Mateos”, respondió sin titubear. (López Paseos lo apodaron los mexicanos por su manera frecuente de viajar al extranjero).

Pero el México de López Mateos y el México de Peña Nieto, son diametralmente opuestos. Todos lo sabemos…menos Peña Nieto.

López Mateos – con sus vectores, circunstancias y tiempos-, mantenía un país estable y en crecimiento económico. Podía darse el lujo de salir del país cuantas veces quisiera sin ningún riesgo.

Peña Nieto gobierna un México asolado por la corrupción presidencial y gubernamental; en la línea de advertencia de una inminente crisis económica; ensangrentado por ejecuciones de decenas de miles en una espiral de violencia desenfrenada y desentendida ya por el gobierno; con un secretario de Gobernación armando su campaña electoral de manera abierta y desatendiendo sus labores en la política interna del país; con brotes de insurrección urbana, un profundo malestar social con la actuación de su Presidente (solo 23 de cada 100 aprueban su gestión) y síntomas de ingobernabilidad cada vez más profundos y riesgosos.

¿Qué hace Peña Nieto?

Aplicar el “ojos que no ven, corazón que no siente”: viajar, viajar y viajar.

El revelador reportaje de Aristegui Noticias –sí, otra vez Aristegui-, trabajado por la Unidad de Investigaciones Especiales a cargo de Rafael Cabrera e Irving Huerta, nos muestra que las giras presidenciales han sido una pachanga entre parientes y cuates. Todos a viajar y a divertirse con cargo a los impuestos de los mexicanos. El avión presidencial se convirtió en la carcacha destartalada de los Beverly Ricos, aquellos campiranos que tras descubrir petróleo se volvieron millonarios de la noche a la mañana. Los Beverly Peña despilfarran y gastan y trepan al avión a quienes solo los halagan y nada les critican, en una orgía de felicidad romanesca.

“El presidente de México, Enrique Peña Nieto, echa mano del avión presidencial para viajar con hijos, hermanos, cuñados y hasta amigos a los principales destinos del mundo, como Francia, Turquía, Italia, Rusia o China”, abre el reportaje para dar paso a información tan detallada como indignante, de cómo los viajes presidenciales son aprovechados para la diversión familiar.

Y, por supuesto, con todo y Eduardo Verástegui desparramado en el sillón presidencial sin que nadie lo moleste.

Total, no hay Presidente.

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Hoy, el riesgo de la falta de un buen gobierno no es menor: ayer, el FMI definió que el crecimiento de México para 2016 será tan sólo del 2.1%. Bajísimo. Con un dólar a veinte pesos y nubarrones oscuros en el horizonte financiero.

Y allí están, para preocuparse, las afirmaciones del gobernador del Banco de México, Agustín Carstens, quien no sólo advierte que se nos viene una “tormenta financiera”, sino que, de paso, recomienda comenzar a gastar nuestras reservas. Es un escenario fundamental que el gobierno ha desatendido, con una deuda pública estratosférica, moneda devaluada y aromas de recesión económica.

Esos son los problemas que debería enfrentar Peña Nieto en su país, los que afectan o afectarán a los bolsillos de millones que viven entre la angustia de ver reducido su salario o de perder su trabajo, ya no digamos perder la vida en cualquier territorio del país, con un Estado de México dominado por la violencia, el crimen organizado y los feminicidios, mientras Eruviel Ávila se gasta el presupuesto en publicidad por su Informe de Gobierno.

¿A dónde está programado el próximo viaje del presidente de México?

No importa. A dónde sea. El destino es lo de menos.

Total, lo que Peña Nieto quiere es salir del país y seguir disfrutando, entre las nubes, de su familia y de sus amigos.

TW @_martinmoreno

FB / Martín Moreno

Fuente: SinEmbargo

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