Narcisismo y boicot electoral

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Por Javier Sicilia

¿Cómo definir, en medio del horror y la corrupción que nos rodea, el elenco de individuos que sin pudor alguno se exhiben en la pasarela electoral buscando captar la atención y la preferencia de electores que los miran con profundo desprecio y asco? ¿Cómo definir su presencia en fotografías que los muestran inanes, estúpidos y tan ajenos a la democracia como la vacuidad de sus eslóganes? Hay varias palabras que se escuchan por todas partes y que intentan hacerlo: cínicos, corruptos, irresponsables, impostores. Sin embargo, esos epítetos que los califican moralmente no los definen ni los explican.

La psicología, que sabe escrutar los mitos, ha encontrado no obstante, en el de Narciso –el hijo de la violación de Cefiso, el dios-río, a la náyade Liríope–, la palabra adecuada: narcisismo. Una patología, un trastorno de la personalidad que se caracteriza –dice Javier Cercas, quien acaba de publicar una novela sobre otro tipo de impostor, el “anarquista” Enric Marco– “por la fe ciega y sin motivo en la propia grandeza, por la necesidad compulsiva de admiración y por la falta de empatía”.

Como todo narcisista –no hay impostor que no lo sea–, esos seres que se pretenden candidatos a puestos de representación poseen –hay que mirar los espectaculares y oír los spots radiofónicos con los que al lado del horror comienzan a atosigarnos como una pesadilla de Kafka– un sentido exagerado de su propia importancia. Semejantes a los narcos, practican la exaltación de sí mismos y de sus partidos a toda hora y sin vergüenza alguna con el dinero que le roban a la justicia, a la educación, a la salud, a la democracia misma, y hayan hecho lo que hayan hecho –a veces corrupciones y atrocidades inmensas–, esperan ser reconocidos como individuos superiores, admirados y tratados con la devoción con la que los tratan sus más abyectos lacayos. Cultivan, en medio de su afable arrogancia, la ilusión del éxito y el poder ilimitados. Incapaces de ponerse en los zapatos de los otros –sobre todo de las víctimas a las que ni ellos ni sus partidos han sabido cuidar ni darles justicia–, no dudan en usarlos y explotarlos para el cultivo de su espantosa ilusión.

Por desgracia, carecen de lo que los más logrados narcisistas –como Enric Marco, quien durante 40 años engañó a España entera y a la tradición de la izquierda libertaria– poseen: el poder de seducción. Deseosos de captar seguidores, sedientos de poder y de control, ajenos a cualquier sentimiento de responsabilidad y de culpa, estos seres ya no seducen a nadie. Su única posibilidad de sostener su fantasía radica ya no en la simpatía y en la capacidad de engaño del seductor, sino en el voto indigno, el de la miseria que ellos mismos han provocado, fomentan y usan, el voto que se compra –incluso con el dinero del crimen–, el voto no ciudadano.

La tradición más conocida del mito dice que Narciso era bello y que muere ahogado cuando, al mirarse por primera vez en el espejo de una fuente, quiere poseer su imagen. Ovidio, sin embargo –nos recuerda Cercas–, niega que se haya enamorado de sí. En realidad Narciso se odia y se desprecia. Por eso, cumpliendo la profecía de Tiresias, quien revela a Liríope que su hijo morirá cuando “se conozca a sí mismo”, muere en cuanto se ve. El narcisista que desfila sobre la pasarela electoral, sembrada de cadáveres, violencia y sufrimiento, no puede hacerlo. Ciego para ver en el espejo de la realidad la imagen de su propia vergüenza, el narcisista electoral, a fuerza de autoexaltación y vanagloria, se construye una mentira capaz de esconder para sí la inmundicia de su vida, su mediocridad y sus infidelidades. Necesita, sea como sea, de la aprobación de los demás para mantener su mentira, del mismo modo en que, dice Cercas, “necesita el control y el poder para que nadie tumbe la primorosa fachada que ha levantado ante él…” y nadie más.

El narcisista, como todo el que padece una patología del alma, daña a sus círculos cercanos; más aún el narcisista que, en el orden de la vida política, cree que con su mentira puede enfrentar los graves problemas que padece una nación como México. Allí, el narcisista –lo hemos experimentado de una manera atroz en los dos últimos sexenios, cuando el narcisismo de nuestros gobernantes y sus partidocracias ha ido de la mano con el narcisismo de la delincuencia– siembra su entorno de dolor, injusticia, miseria y muerte.

Hay una manera de detenerlos, de exhibirlos y ponerlos delante de la fealdad que no quieren ver: boicotear –no he dejado de decirlo– el proceso electoral. Ese boicot –debo ampliarlo ahora, después de la polémica con Martí Batres y algunos lectores de Proceso, y de consultar a muchos compañeros y organizaciones sociales– no debe tener un solo espejo, sino múltiples. Todo –la abstención, el voto nulo, el voto en blanco o ir a romper en las casillas la boleta del voto que nos corresponde– debe sumar como un espejo de varias caras donde Narciso pueda por fin ver su fealdad y suicidarse. Sólo así es posible dejar paso a la dignidad ciudadana y al surgimiento de esa verdadera democracia que comenzó ya a operar en los pueblos indios y que continúa en los procesos hacia el Constituyente que el 5 de febrero se echó a andar en el Centro Universitario Cultural de la orden dominica.

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés; detener la guerra; liberar a José Manuel Mireles, a sus autodefensas, a Nestora Salgado, a Mario Luna y a todos los presos políticos; hacer justicia a las víctimas de la violencia; juzgar a gobernadores y funcionarios criminales, y boicotear las elecciones.

Fuente: Proceso

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