Los rencores obsesivos de FCH

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Por Eduardo Ibarra Aguirre

 

Hasta el último día del mandato que le asignó el Tribunal Electoral en interpretación de las elecciones más reñidas e impugnadas de la historia mexicana, Felipe Calderón empeñó sus mejores esfuerzos para demostrar que Carlos Castillo Peraza, su maestro y amigo del que se distanció y llegó a la ruptura, tenía razón al describirlo como un hombre rencoroso y desconfiado de su propia sombra.

 

En la que fuera la última entrevista concedida a Joaquín López-Dóriga, su entrevistador de cabecera, el madrileño le recordó la noche del 30 de noviembre de 2006 e indagó sobre qué pasó por su cabeza aquel día de tanta tensión política e incertidumbre institucional.

 

Ambos, entrevistado y entrevistador, tergiversaron que segundos antes de la media noche del 30 Vicente Fox realizó una ceremonia de entrega de la banda presidencial con los más íntimos de ambos grupos gobernantes, uno por retirarse y otro por ingresar a las mieles del poder, rodeados y protegidos por altos mandos de las fuerzas armadas. Fue una entrega anticipada por aquello de que Calderón Hinojosa no pudiera colocarse la banda en el Palacio Legislativo de San Lázaro ante el Congreso.

 

Gracias al oficio del veterano reportero y la enorme influencia del Grupo Televisa en el gobierno que por fin concluye, los televidentes se enteraron que la valentía del michoacano de Morelia no tenía limites, que estaba dispuesto a todo para apoderarse de la silla presidencial, incluso a riesgo de mi integridad personal, Joaquín.

 

Integridad, es necesario recordarlo, que siempre estuvo demasiado bien protegida por el Estado Mayor Presidencial y francotiradores apostados en distintos puntos del salón de plenos, con la anuencia de los líderes parlamentarios del Revolucionario Institucional, los mismos que seis años después permiten que el EMP se apodere desde el jueves de la sede de un poder autónomo respecto del Ejecutivo.

 

De tal suerte que los arrebatos de presunción de heroísmo del abogado, economista y administrador público no convencen ni a sus respetables hijos. Igual que como la mayoría de los ciudadanos no tragaron la trampa discursiva y propagandística del general de cinco estrellas muy valiente porque hizo frente al crimen organizado. Lo afrontó por las exigencias de la Casa Blanca de hacerle el trabajo sucio a Estados Unidos, a cambio del reconocimiento de su muy impugnado gobierno, para ganar la legitimidad negada en las urnas y responder a un reclamo generalizado. Los costos son apabullantes. Criminales sin hipérbole.

 

Para hacer frente a la compleja situación de aquellos días, Felipe del Sagrado Corazón de Jesús le exigió a Fox Quesada el mando de las fuerzas armadas antes del 30 de noviembre. No aclaró si lo recibió o no, pero revela la enorme debilidad que desde entonces tiene el primero por las soluciones policiaco-militares a los problemas políticos y sociales, como lo mostró en la capital de Oaxaca y en San Salvador Atenco en 2006, violentos operativos que le consultó el presidente Fox.

 

Lo que dibuja a Calderón de cuerpo entero como tituló su libro Julio Scherer, es que convierte a los que presuntamente despojó de la Presidencia en responsables del clima de odio y dogmatismo que sembraron y, según él, influye hasta nuestros días, empatándolo torpemente con el que cultivan y cosechan las bandas ilícitas.

 

La amnesia del marido de Margarita Zavala es una gota en un mar de pruebas televisivas, radiofónicas e impresas sobre que López Obrador es un peligro para México, en tanto consigna articuladora del panismo de entonces y sus aliados del empresariado para estimular el odio al tabasqueño. Odio que Calderón aún no supera sin el indispensable auxilio del diván.

 

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Fuente: www.forumenlinea.com

 

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